Sobre la conducta de un ex presidente
Me duele leer noticias relacionadas con el enriquecimiento indebido. Más aún, cuando están vinculadas con ciudadanos que tuvieron en su momento nexos de suma importancia con la Patria. Claro está, que en cuanto a las acusaciones que se les imputan vale esperar su descargo. Hasta que no prueben su justificación, las acusaciones deben manejarse con cautela y las investigaciones no deben quedar en acefalía. Si de ellos hubiere culpabilidad, que la justicia haga lo suyo y que sirva de ejemplo para el presidente y para los futuros jefes de mi país.
Cuando se juzga la conducta de un ex presidente/a por un escándalo, se dice que, si fue capaz de hacerlo una vez, algo de eso habrá quedado en él/ella. Aunque demuestre lo contrario. En las realidades fundamentales, los errores se pagan muy caros. Sólo hay que observar la actitud en cuanto a justicia y cuyo ejemplo debemos imitar de la hermana Costa Rica.
La excusa de "bueno", o "no pasa nada", que impera en mi país empeora la situación porque supone refugiarse en la indiferencia, y es entonces cuando uno descubre las discrepancias que hay entre el acierto y el fracaso. Otra idea errónea es que la política constituye un pretexto para tolerar algunas cosas, sin que importe su impacto en los demás. Se trata de tener licencia para hacer caso omiso de las obligaciones, para absorber sin consideración, o para buscar la comodidad sin responsabilidad. He aquí un ejemplo claro de "inversión de valores".
Estos hechos tienen una gran similitud con el acontecer que nos roba la tranquilidad. ¿Bajo qué clase de sentimientos algunos ex gobernantes de mi país, actuaron? En otras palabras, ¿el presente y el futuro de cada uno de ellos dependen de sus acciones y decisiones, o de las nuestras? Tal vez conozcan el camino correcto, pero no quieren tomarlo. Nadie debe permitir que los errores de otros destruyan el presente y nublen nuestro futuro, y que comprometan y socaven nuestra dignidad.
Lo que sí me parece fuera de lo real, es que los que cometen estas aberraciones -relacionadas con lo ilícito- sean tan ignorantes en creer que en ningún momento el peso de la justicia se encargará de ellos. Porque hay que ser bien ignorante y deshonesto, para cometer algún delito que lesione a la Patria, en un país de apenas 2.8 millones de habitantes y donde nadie pasa desapercibido.
Según Kant, "el político honesto es el político moral, que rechaza el pragmatismo cínico y no cae en la moral ingenua; que considera la política como una herramienta para alcanzar el bien común y mantener la paz social. Es aquél que sabe que las diferencias deben resolverse por las vías de la negociación, la tolerancia y el compromiso". Cuando se aceptan valores contradictorios a lo que advierte Kant, se vive en un estado de incoherencia y no es compatible con la estabilidad psíquica, emocional y moral de la persona. Esto es debido a la existencia de procesos de aprendizaje individual y social, y su adaptación a la conducta del ser humano.
Las injusticias sociales siguen el ritmo de la vida diaria y que nada sucede; que el ansia de lucro ciega a los poderosos; que la miseria humana endurece y sigue su curso como que si nada pasara; que los dirigentes actuales se mofan a diestra y siniestra de sus propios congéneres, sin dejar a un lado la razón principal de la ruina humana en una sociedad de consumo que les aniquila su dimensión espiritual, si alguna vez la han tenido. De modo similar, la ambigüedad, la componenda, el cinismo, la hipocresía y el engaño, son hábitos o costumbres comunes y arraigados en algunos cuantos.
La ciencia que llamamos Etica (de ethos, costumbre o no, de hacer el bien) investiga lo que es bueno hacer; de modo que, haciéndolo alcancemos la perfección posible. Ahora bien, lo que parece ético para unos, para otros puede parecer un absurdo. Muchas veces la respuesta está en nuestro sentido común. Lo importante es discernir si el bien beneficia, perfecciona, mejora y satisface nuestras necesidades y la de los demás.
Si observamos el comportamiento humano en nuestro Panamá de hoy, salta a la vista la gran disonancia entre ética y política. La política es la solución de los problemas sociales. Es el arte de organizar la sociedad de tal modo que las personas alcancen en ella una vida de complacencia. Los niños y jóvenes necesitan del buen ejemplo para aprender y darse cuenta de que, a pesar de la deshonestidad, se puede ser justo, honesto y leal. Por esto y más, se necesitan presidentes que sean verdaderos ejemplos de honestidad, superación y entrega. Si no es así, que no se arriesguen a ocupar la primera magistratura de la nación y menos la de un organismo internacional.
Cuando se juzga la conducta de un ex presidente/a por un escándalo, se dice que, si fue capaz de hacerlo una vez, algo de eso habrá quedado en él/ella. Aunque demuestre lo contrario. En las realidades fundamentales, los errores se pagan muy caros. Sólo hay que observar la actitud en cuanto a justicia y cuyo ejemplo debemos imitar de la hermana Costa Rica.
La excusa de "bueno", o "no pasa nada", que impera en mi país empeora la situación porque supone refugiarse en la indiferencia, y es entonces cuando uno descubre las discrepancias que hay entre el acierto y el fracaso. Otra idea errónea es que la política constituye un pretexto para tolerar algunas cosas, sin que importe su impacto en los demás. Se trata de tener licencia para hacer caso omiso de las obligaciones, para absorber sin consideración, o para buscar la comodidad sin responsabilidad. He aquí un ejemplo claro de "inversión de valores".
Estos hechos tienen una gran similitud con el acontecer que nos roba la tranquilidad. ¿Bajo qué clase de sentimientos algunos ex gobernantes de mi país, actuaron? En otras palabras, ¿el presente y el futuro de cada uno de ellos dependen de sus acciones y decisiones, o de las nuestras? Tal vez conozcan el camino correcto, pero no quieren tomarlo. Nadie debe permitir que los errores de otros destruyan el presente y nublen nuestro futuro, y que comprometan y socaven nuestra dignidad.
Lo que sí me parece fuera de lo real, es que los que cometen estas aberraciones -relacionadas con lo ilícito- sean tan ignorantes en creer que en ningún momento el peso de la justicia se encargará de ellos. Porque hay que ser bien ignorante y deshonesto, para cometer algún delito que lesione a la Patria, en un país de apenas 2.8 millones de habitantes y donde nadie pasa desapercibido.
Según Kant, "el político honesto es el político moral, que rechaza el pragmatismo cínico y no cae en la moral ingenua; que considera la política como una herramienta para alcanzar el bien común y mantener la paz social. Es aquél que sabe que las diferencias deben resolverse por las vías de la negociación, la tolerancia y el compromiso". Cuando se aceptan valores contradictorios a lo que advierte Kant, se vive en un estado de incoherencia y no es compatible con la estabilidad psíquica, emocional y moral de la persona. Esto es debido a la existencia de procesos de aprendizaje individual y social, y su adaptación a la conducta del ser humano.
Las injusticias sociales siguen el ritmo de la vida diaria y que nada sucede; que el ansia de lucro ciega a los poderosos; que la miseria humana endurece y sigue su curso como que si nada pasara; que los dirigentes actuales se mofan a diestra y siniestra de sus propios congéneres, sin dejar a un lado la razón principal de la ruina humana en una sociedad de consumo que les aniquila su dimensión espiritual, si alguna vez la han tenido. De modo similar, la ambigüedad, la componenda, el cinismo, la hipocresía y el engaño, son hábitos o costumbres comunes y arraigados en algunos cuantos.
La ciencia que llamamos Etica (de ethos, costumbre o no, de hacer el bien) investiga lo que es bueno hacer; de modo que, haciéndolo alcancemos la perfección posible. Ahora bien, lo que parece ético para unos, para otros puede parecer un absurdo. Muchas veces la respuesta está en nuestro sentido común. Lo importante es discernir si el bien beneficia, perfecciona, mejora y satisface nuestras necesidades y la de los demás.
Si observamos el comportamiento humano en nuestro Panamá de hoy, salta a la vista la gran disonancia entre ética y política. La política es la solución de los problemas sociales. Es el arte de organizar la sociedad de tal modo que las personas alcancen en ella una vida de complacencia. Los niños y jóvenes necesitan del buen ejemplo para aprender y darse cuenta de que, a pesar de la deshonestidad, se puede ser justo, honesto y leal. Por esto y más, se necesitan presidentes que sean verdaderos ejemplos de honestidad, superación y entrega. Si no es así, que no se arriesguen a ocupar la primera magistratura de la nación y menos la de un organismo internacional.