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Sobre la verdad y la mentira


El culto de la verdad. En el desarrollo de las relaciones entre los hombres y mujeres es indispensable la presencia de una firme confianza y la confianza sólo puede basarse en la verdad. La mentira es baldón que mancha la dignidad del hombre y la mujer. Cuando la mentira ocupa un lugar en esas relaciones entre los hombres y mujeres, la confianza se debilita y puede llegar a desaparecer definitivamente. El mentiroso o la mentirosa se desacredita y se expone a que se dude de todo cuanto afirme, aún cuando diga una verdad. La mentira justifica la desconfianza y empuja a quien la cultiva a la simulación y al delito. Una verdad que nos perjudica es menos dañosa que una mentira que nos encubre.
No es necesario hacer aquí el panegírico de la verdad, ni recordar las innumerables anécdotas que circulan por ahí donde el que dice la verdad tarde o temprano recibe su premio y el que miente es a su turno castigado. La verdad, la necesidad de que el mundo se mueva por senderos donde no existen mentiras, es algo mucho más serio que un anecdotario. La verdad siempre resplandece y ella acrecienta el crédito humano. Debe ser cultivada en el trato personal, en la relación de los pueblos, en las tratativas de los gobiernos y en todas las manifestaciones de la vinculación intersocial, si queremos salvo la propia dignidad.
Esto que decimos, o sea la necesidad de actuar siempre conforme a la verdad, vale tanto para el comprometido mutuo entre dos seres como es el caso de las relaciones comerciales e incluso entre diversos individuos, empresas comerciales entre países. El que debe vender algo promete un determinado grado de calidad, y debe guardarse muy bien de engañar a su cliente so pena de caer en el descrédito. Fácil es pensar (por ejemplo) cuánto es el daño que puede hacerse a la economía y el progreso de un país cuando los artículos que sus comerciantes venden al extranjero no responden totalmente a lo prometido, o sea cuando se ha faltado a la verdad y se ha llevado a que se pierda la confianza. La confianza entre las partes engendra a su vez el crédito; pero éste no se alcanza y se guarda, porque el crédito es algo que debe defenderse y ganarse todos los días y en todos los actos.
La mentira es el arma de los incapaces de afrontar una responsabilidad, de cumplir una obligación, de sufrir una sanción o de asumir una postura viril. Y quien cultiva el engaño no tardará en hacer de ese vicio un hábito denigrante que le acarreará el descrédito y el menosprecio público. La mentira rebaja a quien la profiere y agravia a quien va dirigida. Es el instrumento de los irresponsables, de los cobardes y de los que carecen de la entereza para confesar sus yerros y asumir sus culpas. Y algo más, quien miente se burla de la confianza ajena y deteriora su propia integridad moral. Para un buen comportamiento, sintámonos amigos de la verdad y tratemos de salvarnos de ese mal epidémico de la mentira que debilita el valor del concepto personal y salpica de agravio al culto de la vinculación.

101 años de Panamá América

 
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