Sobre menores delincuentes
De nueva cuenta está en el tapete el tema de los menores de edad que transgreden las normas penales. Algunos son de la opinión que deben ser penalmente responsables (como si fuesen adultos) y, por tales, sancionados con todo el peso de la Ley. Otros consideran que deben recibir un tratamiento especial, por su misma condición de menor. Quizás lo que no hemos descubierto es que, hilando delgado, las posiciones adoptadas bien pueden complementarse para resolver este asunto.
Nadie debe negar que nuestra sociedad está hundida en un huracán de violencia. Violencia que sopla de todos lados con una fuerza hasta ahora desconocida. Y esa fuerza de la violencia ha creado una cultura de violencia. Basta tan sólo con repasar los medios de comunicación para percatarnos de ello. Estamos conscientes de esta realidad y de la urgencia de cambiarla, lo que no sabemos es cómo.
Comencemos por afirmar que la solución al problema de la violencia debe ser integral. Cuando digo integral deseo expresar que no se limita a imponer mayores sanciones al menor que delinque. La cuestión no es tan fácil. Soy de aquellos que abogan por un aumento en la pena para los menores que cometen delitos graves como, por ejemplo, homicidio doloso, secuestro, robo, violación carnal, tráfico de drogas, etc. Pero la solución no sólo está en el aumento de la pena.
De nada nos sirve aplicar penas más severas si no contamos con una política penitenciaria cuya ejecución sea real y efectiva y cuyo objetivo sea la rehabilitación e inserción del menor en la sociedad. Pero tampoco ese es el límite de la solución. No lo es porque nos debemos preguntar a qué sociedad vamos a integrar al menor que delinquió, ¿cumplió su pena y se rehabilitó?. ¿A ésta, a la que en gran medida orilló al joven a actuar indebidamente, a la sociedad con cara pintada cuya culta es la violencia?
Si somos serios sabemos que así no se resuelve la cuestión. Ni siquiera es un paliativo del problema.
Acordamos entonces que debemos también combatir esa cultura de violencia. Para esto se requiere solucionar los gravísimos problemas que generan esa violencia y que agobian hoy nuestra sociedad como, por ejemplo, los existentes en los renglones de la educación, la salud, el trabajo, la vivienda, etc.
222 ...la solución al problema de la violencia debe ser integral. Cuando digo integral deseo expresar que no se limita a imponer mayores sanciones al menor que delinque.
Contamos con una deficiente educación pública, con altos grados de desnutrición infantil, con grandes masas de desempleados, con inmensos déficit de viviendas populares y aún no sabemos las razones de la violencia. Ciegos. Ciegos y, además, ilusos. Por más que sancionemos, por más que rehabilitemos, si volvemos a insertarlos en esta sociedad, vuelven a delinquir. Si esta es la génesis del problema, si la desesperanza es el origen de la cultura de violencia, ¿qué estamos haciendo para solucionarlo?.
Sin embargo, no creo en la tesis de que la sociedad es enteramente culpable de que delinquen los menores. Si así fuera, esas mismas razones servirían para achacarle la culpa a la sociedad de todos los problemas que tenemos y, por cierto, nadie fuera responsable de sus actos y menos de sus crímenes. No es así. Existen factores endógenos que de una u otra manera condicionan conductas violentas o delictivas.
Los factores endógenos, cuyo estudio es de suprema importancia, hacen que no podamos aspirar a suprimir la violencia de nuestra sociedad. Esos factores íntimos, por así llamarlos, que condicionan la violencia y el crimen no los podemos cambiar. Los otros, los que mencioné arriba, que tienen que ver con las condiciones socioeconómicas, sí podemos (y debemos) cambiarlos para bien de todos. Por este camino podemos reducir al mínimo realistas donde participen todos los que tienen poder y voluntad para cambiar.
Me preocupa que se esté invirtiendo tiempo y dinero en la discusión a medias de un tema harto complejo como éste. El aumento de la pena en seco, es decir, sin tomar en cuenta los otros que he apuntado, no resuelve absolutamente nada.
Nadie debe negar que nuestra sociedad está hundida en un huracán de violencia. Violencia que sopla de todos lados con una fuerza hasta ahora desconocida. Y esa fuerza de la violencia ha creado una cultura de violencia. Basta tan sólo con repasar los medios de comunicación para percatarnos de ello. Estamos conscientes de esta realidad y de la urgencia de cambiarla, lo que no sabemos es cómo.
Comencemos por afirmar que la solución al problema de la violencia debe ser integral. Cuando digo integral deseo expresar que no se limita a imponer mayores sanciones al menor que delinque. La cuestión no es tan fácil. Soy de aquellos que abogan por un aumento en la pena para los menores que cometen delitos graves como, por ejemplo, homicidio doloso, secuestro, robo, violación carnal, tráfico de drogas, etc. Pero la solución no sólo está en el aumento de la pena.
De nada nos sirve aplicar penas más severas si no contamos con una política penitenciaria cuya ejecución sea real y efectiva y cuyo objetivo sea la rehabilitación e inserción del menor en la sociedad. Pero tampoco ese es el límite de la solución. No lo es porque nos debemos preguntar a qué sociedad vamos a integrar al menor que delinquió, ¿cumplió su pena y se rehabilitó?. ¿A ésta, a la que en gran medida orilló al joven a actuar indebidamente, a la sociedad con cara pintada cuya culta es la violencia?
Si somos serios sabemos que así no se resuelve la cuestión. Ni siquiera es un paliativo del problema.
Acordamos entonces que debemos también combatir esa cultura de violencia. Para esto se requiere solucionar los gravísimos problemas que generan esa violencia y que agobian hoy nuestra sociedad como, por ejemplo, los existentes en los renglones de la educación, la salud, el trabajo, la vivienda, etc.
222 ...la solución al problema de la violencia debe ser integral. Cuando digo integral deseo expresar que no se limita a imponer mayores sanciones al menor que delinque.
Contamos con una deficiente educación pública, con altos grados de desnutrición infantil, con grandes masas de desempleados, con inmensos déficit de viviendas populares y aún no sabemos las razones de la violencia. Ciegos. Ciegos y, además, ilusos. Por más que sancionemos, por más que rehabilitemos, si volvemos a insertarlos en esta sociedad, vuelven a delinquir. Si esta es la génesis del problema, si la desesperanza es el origen de la cultura de violencia, ¿qué estamos haciendo para solucionarlo?.
Sin embargo, no creo en la tesis de que la sociedad es enteramente culpable de que delinquen los menores. Si así fuera, esas mismas razones servirían para achacarle la culpa a la sociedad de todos los problemas que tenemos y, por cierto, nadie fuera responsable de sus actos y menos de sus crímenes. No es así. Existen factores endógenos que de una u otra manera condicionan conductas violentas o delictivas.
Los factores endógenos, cuyo estudio es de suprema importancia, hacen que no podamos aspirar a suprimir la violencia de nuestra sociedad. Esos factores íntimos, por así llamarlos, que condicionan la violencia y el crimen no los podemos cambiar. Los otros, los que mencioné arriba, que tienen que ver con las condiciones socioeconómicas, sí podemos (y debemos) cambiarlos para bien de todos. Por este camino podemos reducir al mínimo realistas donde participen todos los que tienen poder y voluntad para cambiar.
Me preocupa que se esté invirtiendo tiempo y dinero en la discusión a medias de un tema harto complejo como éste. El aumento de la pena en seco, es decir, sin tomar en cuenta los otros que he apuntado, no resuelve absolutamente nada.