Sobre morales y clonaciones
Según la vigésima segunda edición del Diccionario de la Lengua Española, la moral se define como la "ciencia que trata del bien en general y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia". Además agrega que la misma no está ligada al orden judicial -como tampoco al campo de los sentidos- por ser apreciación del entendimiento y la conciencia en torno al fuero interno o al respeto humano.
Hace pocos días la empresa estadounidense Advanced Cell Technology Inc. (ACT) anunció la posibilidad de crear tejidos humanos para reemplazar, con fines terapéuticos, las partes afectadas en órganos deteriorados por enfermedades, tales como la diabetes, el cáncer y el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), además de algunos accidentes y padecimientos del sistema nervioso, principalmente, los derrames cerebrales, el Parkinson y el Alzheimer.
El procedimiento emplea la tecnología de clonación para cultivar una pequeña cantidad de elementos orgánicos que, posteriormente, podrían usarse como partida para generar células madre. Estas, a su vez, se desarrollarían para recomponer otro tipo de tejidos en el cuerpo humano. La mayor fuente donde obtener estos compuestos celulares se encuentra en la médula ósea de hombres y mujeres.
Para muchos la noticia nos causó alegría, dada la inmensa ventana de oportunidades que dicho logro proporcionará a la humanidad. Para otros, sin embargo, tan trascendental avance se ha convertido en un interminable ejercicio de elucubraciones éticas que -mi modesto entender- pierden de vista el bienestar al que podrán aspirar, en el futuro cercano, millones de seres humanos aquejados por alguna de estas dolencias hoy día.
A pesar de que Robert Lanza, vicepresidente de desarrollo médico y científico de ACT, afirmó que la "intención no es crear seres humanos clonados, sino terapias que salven la vida de personas que padecen una amplia gama de enfermedades humanas", las críticas sobre el asunto no se hicieron esperar.
Los dos principales organismos que han adversado públicamente el descubrimiento que nos ocupa son la Iglesia Católica y -sorprendentemente- el Congreso de los Estados Unidos de América. El Vaticano, de manera predecible, se pronunció en contra de este avance diciendo que "la clonación es un hecho abusivo y moralmente censurable. El hecho de que lo hayan hecho con fines terapéuticos agrava el juicio, ya que no se puede crear un individuo para después suprimirlo en beneficio de otro".
Esta afirmación -postura que recuerda los más oscuros momentos de la intransigencia medieval- fue pronunciado por monseñor Mauro Cozzoli, quien ejerce la cátedra de Teología Moral en la universidad romana de Lateranense. El religioso recordó que "para la Iglesia un embrión, aunque tenga pocas células, tiene el estatus de persona", agregando que el anuncio del laboratorio norteamericano "ofende la verdad de la procreación, que debe realizarse con el encuentro de dos gametos".
No puedo pasar por alto esta actitud, especialmente cuando en ciertas partes del mundo existe una encarnizada lucha a muerte entre hambruna espantosa, explosiones demográficas sin sentido, guerras y confrontaciones religiosas absurdas, enfermedades que se propagan por no aplicar una política de natalidad coherente con las realidades del planeta y la falta de respeto por una genuina dignidad humana -esencia misma de la moral a la que tanto invocan quienes hoy adversan este maravilloso avance- lo que en realidad impide mitigar algo de los problemas que aquejan a millones de niños, hombres y mujeres por doquier.
¿No es, acaso, un hecho más "abusivo y moralmente censurable" -citando las propias palabras de monseñor Cozzoli- apreciar en muchas regiones de Latinoamérica, Asia y Africa las paupérrimas condiciones sociales que inciden directamente en sus moradores negándoles, sistemáticamente, el derecho a una vida mejor por aferrarse a preceptos totalmente ajenos a ésos que demanda la sociedad moderna hoy día? ¡Por favor!
rbermudez@epasa.com
Hace pocos días la empresa estadounidense Advanced Cell Technology Inc. (ACT) anunció la posibilidad de crear tejidos humanos para reemplazar, con fines terapéuticos, las partes afectadas en órganos deteriorados por enfermedades, tales como la diabetes, el cáncer y el síndrome de inmunodeficiencia adquirida (SIDA), además de algunos accidentes y padecimientos del sistema nervioso, principalmente, los derrames cerebrales, el Parkinson y el Alzheimer.
El procedimiento emplea la tecnología de clonación para cultivar una pequeña cantidad de elementos orgánicos que, posteriormente, podrían usarse como partida para generar células madre. Estas, a su vez, se desarrollarían para recomponer otro tipo de tejidos en el cuerpo humano. La mayor fuente donde obtener estos compuestos celulares se encuentra en la médula ósea de hombres y mujeres.
Para muchos la noticia nos causó alegría, dada la inmensa ventana de oportunidades que dicho logro proporcionará a la humanidad. Para otros, sin embargo, tan trascendental avance se ha convertido en un interminable ejercicio de elucubraciones éticas que -mi modesto entender- pierden de vista el bienestar al que podrán aspirar, en el futuro cercano, millones de seres humanos aquejados por alguna de estas dolencias hoy día.
A pesar de que Robert Lanza, vicepresidente de desarrollo médico y científico de ACT, afirmó que la "intención no es crear seres humanos clonados, sino terapias que salven la vida de personas que padecen una amplia gama de enfermedades humanas", las críticas sobre el asunto no se hicieron esperar.
Los dos principales organismos que han adversado públicamente el descubrimiento que nos ocupa son la Iglesia Católica y -sorprendentemente- el Congreso de los Estados Unidos de América. El Vaticano, de manera predecible, se pronunció en contra de este avance diciendo que "la clonación es un hecho abusivo y moralmente censurable. El hecho de que lo hayan hecho con fines terapéuticos agrava el juicio, ya que no se puede crear un individuo para después suprimirlo en beneficio de otro".
Esta afirmación -postura que recuerda los más oscuros momentos de la intransigencia medieval- fue pronunciado por monseñor Mauro Cozzoli, quien ejerce la cátedra de Teología Moral en la universidad romana de Lateranense. El religioso recordó que "para la Iglesia un embrión, aunque tenga pocas células, tiene el estatus de persona", agregando que el anuncio del laboratorio norteamericano "ofende la verdad de la procreación, que debe realizarse con el encuentro de dos gametos".
No puedo pasar por alto esta actitud, especialmente cuando en ciertas partes del mundo existe una encarnizada lucha a muerte entre hambruna espantosa, explosiones demográficas sin sentido, guerras y confrontaciones religiosas absurdas, enfermedades que se propagan por no aplicar una política de natalidad coherente con las realidades del planeta y la falta de respeto por una genuina dignidad humana -esencia misma de la moral a la que tanto invocan quienes hoy adversan este maravilloso avance- lo que en realidad impide mitigar algo de los problemas que aquejan a millones de niños, hombres y mujeres por doquier.
¿No es, acaso, un hecho más "abusivo y moralmente censurable" -citando las propias palabras de monseñor Cozzoli- apreciar en muchas regiones de Latinoamérica, Asia y Africa las paupérrimas condiciones sociales que inciden directamente en sus moradores negándoles, sistemáticamente, el derecho a una vida mejor por aferrarse a preceptos totalmente ajenos a ésos que demanda la sociedad moderna hoy día? ¡Por favor!
rbermudez@epasa.com