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Sobre política y congresos


Hace una semana celebró el Partido Revolucionario Democrático una reunión de prosélitos a la cual denominaron Congreso Nacional Extraordinario. El acontecimiento parecía interesante por partida doble, habida cuenta el análisis, aportes y actitudes que demanda la delicada situación que afecta al país entero, al igual que la necesaria recomposición de criterios donde hasta ahora se ha sustentado el grupo político más grande de la República de Panamá.
Por tal motivo resultaba indispensable - a mi entender - generar primeramente un consenso sobre cómo contribuir, desde una postura de oposición, a mitigar parte de los graves problemas que aquejan a la nación panameña. Sin embargo, la esencia dentro del discurso que pronunciara el secretario general de dicho colectivo apuntó más hacia una prematura arenga de campaña, en vez de esas reflexiones centradas que ameritan la peligrosa realidad socioeconómica donde nos encontramos hoy.
Con el ánimo de aportar algunas sugerencias, dedicadas tanto al futuro político del nuevo dirigente como a las estructuras de mando dentro del grupo al cual pertenece, esbozaré algunas consideraciones en torno a ciertos planteamientos que se dijeron durante el evento que nos ocupa.
Para comenzar, quiero dejar claro que los partidos necesitan líderes; varios de ellos, activos a tiempo completo y obligados a mantener contacto permanente con las necesidades nacionales para así fortificar ese trabajo de equipo que demandan las organizaciones que ellos representan. En ese sentido concuerdo con esa meta general que pareciera haberse trazado el PRD al decir que "el único instrumento capaz de derrotar a la pobreza y de reducir el desempleo es la inversión en el recurso humano". No obstante, cuando hablaron sobre la educación como instrumento vital para lograr lo antes dicho, se propuso que ella debía ser "transformada desde la base misma, con determinación pero sin dogmatismo, con audacia pero sin improvisaciones".
Fueron, precisamente, las posturas demagógicas y populistas de esa época oscura que empezó el 11 de octubre de 1968 y terminó agriamente la madrugada del 20 de diciembre de 1989 las que echaron por tierra - entre otras cosas - el trabajo pedagógico que hasta entonces habían llevado a cabo muchos hombres y mujeres de la República de Panamá. Producto de esa masificación mediocre dentro de los cánones educativos nacionales es que hemos estado "engañando a nuestros jóvenes con diplomas de bachilleres y títulos universitarios que no pueden procurarles un empleo digno y bien remunerado".
No creo en revanchas, pero sí hay que aprender de los yerros del pasado, por lo tanto, discrepo con la aseveración de que "lo que interesa, más que buscar responsables de lo ocurrido en este período (1981- 1989), es el análisis crítico y saber que todos los panameños hemos asimilado nuestras lecciones". Para comenzar, hay que abarcar el período completo que encierra la cita anterior y poner, en su justa dimensión, las virtudes y defectos que se le puedan achacar a Omar Torrijos Herrera por el omnímodo poder que ejerció durante casi 13 años en la República de Panamá.
Sólo así, y cuando de verdad el Partido Revolucionario Democrático articule su génesis pasada y las aparentes transformaciones que vive su presente, podrán decir con autoridad que "a este país no lo salva ningún falso Mesías, ni políticos de ocasión que desaparecen y reaparecen en cada campaña electoral".
A manera de conclusión, insisto en apelar al desprendimiento y madurez de todos los grupos políticos del país. El egoísmo, el culto a la personalidad y las componendas a trastiendas no tienen cabida como fórmula adecuada para gobernar en los años por venir. Las nuevas conformaciones de alianzas - o en su defecto esa muy necesaria concertación nacional - deberá estructurarse sobre la base de un bienestar equitativo que emane de nuestras riquezas latentes y que beneficie, de una vez por todas, a la población entera de la República de Panamá. rbermudez@cableonda.net

101 años de Panamá América

 
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