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Sobreviviendo a la pobreza


El viento apenas soplaba. El sol hacía de las suyas a media mañana y la indígena Dominga Gutiérrez junto a dos de sus cinco hijos decidieron tomar aire puro en el portal. Se sentaron a esperar que la tarde les trajera buenas noticias. No tenían mejor opción. Las paredes y el techo de zinc de la choza que les sirve de casa, literalmente hervían y para entonces sus pieles empezaban a calcinarse.
Aquel cuadro desgarraba el corazón más fuerte. No hay puertas y en un reducido espacio de unos cuatro metros de ancho por tres de largo se conjuga todo de lo que disponen para vivir. Ana Gabriela, su niña de dos años, recibió a El Panamá América con la más angelical sonrisa. Dominga prefirió dar la espalda. Parecía no llevarse bien con la cámara fotográfica y la grabadora. Pero accedió a hablar.
Contemplaba el horizonte, que desde su morada se divisa sin dificultad. Los trillos pedregosos que sirven de camino a los indígenas de la comarca Ngöbe Buglé son parte del paisaje que se posa tras la vivienda, si se decide llamarle de algún modo.
A orillas de la vía que conduce al corregimiento de Guayabito, en una de las elevaciones que anteceden al imponente Cerro Tólica, estaba Dominga. El frente despejado, un cartón grande en uno de los extremos del piso de tierra. Un par de piezas de ropa guindadas en las "paredes", un fogón humeando y los restos de lo que alguna vez fueron juguetes... allí viven.
Rubiel, el varón de cuatro años, buscaba en qué entretenerse, mientras su hermana observaba el lente sin reservas. Para el mediodía faltaban un par de horas, pero Dominga, como buena madre, alistaba desde ya el menú. No había mucho de dónde escoger: arroz con guandú, sólo arroz, eso almorzarían.
Dominga vivía en Tolé. Hace cinco años se mudó a las montañas de la comarca, luego que su hermano fuera traído hasta acá por la fuerza del amor. En Chiriquí la situación, no obstante, no era muy diferente. Pobreza y desolación.

101 años de Panamá América

 
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