Sobreviviendo una dictadura
CUANDO CARLOS Guevara Mann me pidió que fuera la oradora de fondo en la Universidad de Nevada en Reno durante la noche de gala latinoamericana, como me preocupa el cariz dictatorial adquirido por la administración de George Bush y Richard Cheney con la excusa de luchar contra el terrorismo, decidí referirme a la dictadura de los militares y sus socios civiles que sufrió el pueblo panameño entre 1968 y 1989. Mi intención era dar una velada voz de alerta.
Ante un numeroso público expliqué que hablaría primero sobre la experiencia de sobrevivir una dictadura y luego sobre lo que sobrevive a una dictadura. Aquí relataré lo que dije sobre la experiencia de sobrevivir una dictadura.
Al preguntar a los presentes qué harían si se enteraran de que se había dado un golpe de estado en Washington, escuché un rumor de sorpresa y espanto.
Expliqué que en Panamá, durante los primeros años de intensa persecución y represión, el terror logró que las protestas se dieran a nivel de individuos o pequeños grupos. Para sobrevivir económicamente o legalmente, la empresa privada y las asociaciones cívicas se abstuvieron de confrontar al gobierno de los golpistas. Inclusive, muchos aprovecharon las oportunidades económicas y políticas que ofrecía el gobierno de fuerza.
Luego hablé de otra reacción. Hubo quienes protestaron contra la dictadura porque su formación ética, moral y política así lo requería. Arriesgaron sus vidas para sobrevivir la dictadura. En cuanto a la guerrilla que irrumpió en diversos lugares del país, observé que la protesta violenta fue protagonizada principalmente por jóvenes del sexo masculino.
Como ejemplo de la protesta pacífica, hablé del pequeño grupo de mujeres que publicó el semanario clandestino "El Grito", confesando que, como muchos en Panamá, yo contribuía información al semanario y lo distribuía.
El Grito nació porque la noche del golpe los militares cerraron los medios de comunicación pública que no los apoyaron, procediendo luego a encubrir sus actos de persecución y corrupción con una avalancha de mentirosa propaganda.
Movilizadas por la indignación, en el mes de noviembre de 1968, unas cuantas mujeres se propusieron emitir un semanario clandestino que llamarían El Grito. De noche, una vez por semana, se reunían para determinar lo que se publicaría en el semanario. Sentadas alrededor de una mesa, desembuchaban de sus sostenes y carteras docenas de papelitos con información que fuentes confiables les habían pasado. A la editora, la finada Carmen de la Lastra--una gran patriota, heroica, inteligente y astuta--recaía la responsabilidad de evaluar la información y armar el semanario.
La misión era muy peligrosa, ya que los militares buscaban afanosamente a quienes publicaban El Grito. Perseguían a los distribuidores, arrestando a personas que encontraran con un ejemplar en su posesión. Inclusive emitieron un decreto que penaba con la expropiación del vehículo a quienes distribuyeran el semanario en su carro. Era hasta peligroso comprar resmas de papel y tinta de mimeógrafo porque los propietarios de las librerías tenían instrucciones de dar los nombres de quienes compraban en grandes cantidades.
En dos ocasiones, las mujeres sufrieron un gran sobresalto porque, en horas de la madrugada, el ruido del mimeógrafo con el cual imprimían las cinco o seis páginas del semanario, evocó sospechas por parte de vecinos. Después del segundo susto, la editora -mejor conocida como "Mamy"- dispuso construir un cuarto secreto para la labor de sacar el semanario. Engañó a unos obreros de manera que, sin saberlo, construyeron un cuarto escondido con una puerta oculta detrás de una pared cubierta por un anaquel repleto de libros.
Publicado y circulado clandestinamente durante los primeros cuatro años de la dictadura, El Grito dio a los militares un enorme dolor de cabeza. No sólo aparecían noticias a nivel nacional sobre su salvaje represión y su corrupción. Además, a los milicos irritaba que ejemplares aparecieran misteriosamente en los escritorios de los ministros y hasta en la Presidencia. Pero por más que trataron, ni Noriega ni sus secuaces fueron capaces de descubrir la identidad de quienes colaboraban en su publicación.
En mi caso, los militares llegaron a sospechar que yo era distribuidora de El Grito en la Zona del Canal (efectivamente, lo era). Alguien me pasó la voz de que me iban a arrestar. Pero como no traté de escapar a la Zona o a Miami (sencillamente puse en el maletero de mi carro una canasta con lo que necesitaría en la cárcel), los perseguidores pensaron que habían sido mal informados y desistieron.
Aquella noche en la Universidad de Nevada en Reno, la historia de las valientes mujeres panameñas evocó enorme interés. No se movía ni una mosca en el auditorio. Igual sucedió cuando relaté que, como los militares interceptaban los teléfonos para detectar a sus enemigos, quienes se oponían a la dictadura hablaban en clave para despistarlos.
Relaté que mi madre, Peggy Janson, me entregaba cincuenta ejemplares de El Grito semanalmente (Noriega puso a cuatro hombres en un auto estacionado frente a su casa para vigilarla). Para avisarme cuando podía pasar a recogerlos, me llamaba por teléfono y hablaba en clave. Por ejemplo, llamaba para invitarme al cumpleaños de la tía Mery, una tía que no existía. Para referirse al semanario -que según los militares era una publicación "subversiva"- hablaba de una marca de whisky muy conocida. Inclusive en caso de arresto, habíamos acordado los cuentos que echaríamos para no delatar a quienes nos habían pasado El Grito.
Ahora cuando ha quedado al descubierto que Bush y Cheney asumen poderes dictatoriales sobre el Congreso mediante la política del "unitary executive", que agentes de seguridad infiltran las manifestaciones contra la ocupación de Irak y que la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) intercepta las comunicaciones de ciudadanos americanos, inclusive de periodistas de reputación intachable, espero que los presentes en el auditorio esa noche hagan bueno uso de lo que relaté sobre las experiencias del pueblo panameño durante la dictadura de los militares y sus socios civiles.
Ante un numeroso público expliqué que hablaría primero sobre la experiencia de sobrevivir una dictadura y luego sobre lo que sobrevive a una dictadura. Aquí relataré lo que dije sobre la experiencia de sobrevivir una dictadura.
Al preguntar a los presentes qué harían si se enteraran de que se había dado un golpe de estado en Washington, escuché un rumor de sorpresa y espanto.
Expliqué que en Panamá, durante los primeros años de intensa persecución y represión, el terror logró que las protestas se dieran a nivel de individuos o pequeños grupos. Para sobrevivir económicamente o legalmente, la empresa privada y las asociaciones cívicas se abstuvieron de confrontar al gobierno de los golpistas. Inclusive, muchos aprovecharon las oportunidades económicas y políticas que ofrecía el gobierno de fuerza.
Luego hablé de otra reacción. Hubo quienes protestaron contra la dictadura porque su formación ética, moral y política así lo requería. Arriesgaron sus vidas para sobrevivir la dictadura. En cuanto a la guerrilla que irrumpió en diversos lugares del país, observé que la protesta violenta fue protagonizada principalmente por jóvenes del sexo masculino.
Como ejemplo de la protesta pacífica, hablé del pequeño grupo de mujeres que publicó el semanario clandestino "El Grito", confesando que, como muchos en Panamá, yo contribuía información al semanario y lo distribuía.
El Grito nació porque la noche del golpe los militares cerraron los medios de comunicación pública que no los apoyaron, procediendo luego a encubrir sus actos de persecución y corrupción con una avalancha de mentirosa propaganda.
Movilizadas por la indignación, en el mes de noviembre de 1968, unas cuantas mujeres se propusieron emitir un semanario clandestino que llamarían El Grito. De noche, una vez por semana, se reunían para determinar lo que se publicaría en el semanario. Sentadas alrededor de una mesa, desembuchaban de sus sostenes y carteras docenas de papelitos con información que fuentes confiables les habían pasado. A la editora, la finada Carmen de la Lastra--una gran patriota, heroica, inteligente y astuta--recaía la responsabilidad de evaluar la información y armar el semanario.
La misión era muy peligrosa, ya que los militares buscaban afanosamente a quienes publicaban El Grito. Perseguían a los distribuidores, arrestando a personas que encontraran con un ejemplar en su posesión. Inclusive emitieron un decreto que penaba con la expropiación del vehículo a quienes distribuyeran el semanario en su carro. Era hasta peligroso comprar resmas de papel y tinta de mimeógrafo porque los propietarios de las librerías tenían instrucciones de dar los nombres de quienes compraban en grandes cantidades.
En dos ocasiones, las mujeres sufrieron un gran sobresalto porque, en horas de la madrugada, el ruido del mimeógrafo con el cual imprimían las cinco o seis páginas del semanario, evocó sospechas por parte de vecinos. Después del segundo susto, la editora -mejor conocida como "Mamy"- dispuso construir un cuarto secreto para la labor de sacar el semanario. Engañó a unos obreros de manera que, sin saberlo, construyeron un cuarto escondido con una puerta oculta detrás de una pared cubierta por un anaquel repleto de libros.
Publicado y circulado clandestinamente durante los primeros cuatro años de la dictadura, El Grito dio a los militares un enorme dolor de cabeza. No sólo aparecían noticias a nivel nacional sobre su salvaje represión y su corrupción. Además, a los milicos irritaba que ejemplares aparecieran misteriosamente en los escritorios de los ministros y hasta en la Presidencia. Pero por más que trataron, ni Noriega ni sus secuaces fueron capaces de descubrir la identidad de quienes colaboraban en su publicación.
En mi caso, los militares llegaron a sospechar que yo era distribuidora de El Grito en la Zona del Canal (efectivamente, lo era). Alguien me pasó la voz de que me iban a arrestar. Pero como no traté de escapar a la Zona o a Miami (sencillamente puse en el maletero de mi carro una canasta con lo que necesitaría en la cárcel), los perseguidores pensaron que habían sido mal informados y desistieron.
Aquella noche en la Universidad de Nevada en Reno, la historia de las valientes mujeres panameñas evocó enorme interés. No se movía ni una mosca en el auditorio. Igual sucedió cuando relaté que, como los militares interceptaban los teléfonos para detectar a sus enemigos, quienes se oponían a la dictadura hablaban en clave para despistarlos.
Relaté que mi madre, Peggy Janson, me entregaba cincuenta ejemplares de El Grito semanalmente (Noriega puso a cuatro hombres en un auto estacionado frente a su casa para vigilarla). Para avisarme cuando podía pasar a recogerlos, me llamaba por teléfono y hablaba en clave. Por ejemplo, llamaba para invitarme al cumpleaños de la tía Mery, una tía que no existía. Para referirse al semanario -que según los militares era una publicación "subversiva"- hablaba de una marca de whisky muy conocida. Inclusive en caso de arresto, habíamos acordado los cuentos que echaríamos para no delatar a quienes nos habían pasado El Grito.
Ahora cuando ha quedado al descubierto que Bush y Cheney asumen poderes dictatoriales sobre el Congreso mediante la política del "unitary executive", que agentes de seguridad infiltran las manifestaciones contra la ocupación de Irak y que la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) intercepta las comunicaciones de ciudadanos americanos, inclusive de periodistas de reputación intachable, espero que los presentes en el auditorio esa noche hagan bueno uso de lo que relaté sobre las experiencias del pueblo panameño durante la dictadura de los militares y sus socios civiles.