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Socialismo sexual: una obsesión


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Colaboración

Santiago de Chile (AIPE)- El socialismo es expropiador y represivo. Antes apuntaba a quitar la propiedad, aunque hubiera muertos, en ilusión de tener igualdad y desarrollo. Ahora sube los impuestos y regula mercados y actividades empresariales. Antes miraba la libertad como el privilegio de unos pocos que había que limitar para alcanzar la sociedad de trabajadores o la dictadura del proletariado. Ahora habla de libertad y democracia -que antes despreciaba-, pero hace crecer el Estado, los programas oficiales, los inspectores y los controles, reduciendo el espacio de las personas. Prohíbe con pretextos ambientales, de salud u otros, e inventa superintendencias para todo.
A cada actividad o grupo de individuos se destinará un organismo público o un contralor. Jóvenes, mujeres, viejos, cultura, educación, indios, trabajo, salud, consumo, drogas, remedios, deporte y ahora el amor, como se decía antes, o el sexo, como ahora.
Así como somos idiotas para comprar, trabajar, medicinarnos o educarnos, también lo somos para el sexo y la familia. No sabemos y nos deben enseñar. Pronto surgirá el ministerio del sexo con sus inspectores que nos vigilarán y nos pondrán notas y multas como amantes.
Ya partió la educación sexual en los colegios y, por supuesto, aumentaron los embarazos precoces y los abortos. Se aprende con rapidez y parece que es más fácil que las matemáticas. Nosotros perdimos la oportunidad, aunque se puede ir a un postgrado para la tercera edad.
Parece que el sexo, además de entretenido, no es para preservar la especie. Es un juego o deporte que es necesario promover. Sexo hoy, mañana, toda la semana.
El socialismo sexual es una obsesión más que una revolución. Educación oficial, esterilización a la mala, píldora del día después y de antes, divorcio fácil, aborto con disimulo, preservativos, promoción pornográfica, igualdad de "géneros" y exhibición pública de nuevos sexos y tecnologías.
¿Se tratará de una generación reprimida que necesita ley para realizarse? ¿Será normal pensar en el sexo todo el día y convertirlo en lo central de un gobierno?
Un amigo integrista me decía que se trata de terminar con la familia y, por ahí, con el capitalismo y su superestructura, opio del pueblo, el cristianismo. Sexo libre, y luego la dialéctica histórica haría el resto. Otro fascistón sostenía que, como según los ecologistas sobran unos dos mil millones de personas en el planeta, se trataría de eliminarlos. El capitalismo y el mercado, con su éxito, financiaron el aumento de la población, y ésta sigue inventando progreso. No más; ahora sabemos qué hacer.
Los economistas liberales modernos, como Julian Simon, han mostrado que el factor de producción más valioso son las personas. Variadas estadísticas indican un claro aumento de la pobreza, el crimen, la drogadicción y los malos rendimientos educacionales entre los jóvenes con padres con problemas. El Estado no debe meterse en asuntos personales y familiares, y menos en el sexo. No somos tontos ni esclavos, aunque lo parezcamos. El estatismo rara vez sirve de algo, y la evidencia reiterada es que en temas familiares y sexuales sólo muestra malos resultados. (c)

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* Profesor de economía, Universidad Finis Terrae, fue presidente del Banco Central de Chile.

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