Solución para los espalda mojadas
El presidente de El Salvador, Tony Saca, acaba de abrir las fronteras de su país a los trabajadores agrícolas hondureños y nicaragüenses para que vayan a ayudar a levantar las cosechas de algodón, café y azúcar. Se espera el ingreso de al menos 20 mil obreros del agro de las naciones vecinas, que se beneficiarían con la medida. "Lo menos que debemos hacer es abrirles las puertas, somos una sola patria centroamericana. La integración ya está funcionando", dijo el mandatario.
Al margen del filo político que se procura el presidente Saca, cabe destacar su ejemplar sentido pragmático y realista. En verdad, El Salvador no habría podido impedir el ingreso de esos trabajadores cuya migración cíclica obedece al mandato coincidente de la oferta y la demanda. Hay una gran necesidad de esa mano de obra en tiempos de cosecha en El Salvador, la cual coincide con la enorme sobre oferta de desempleados agrícolas entre sus vecinos de Nicaragua y Honduras.
Costa Rica recibe, por su parte, cada año, cerca de un millón de trabajadores del agro de Nicaragua y Panamá; pero a falta de una política migratoria similar opta por la ilegalidad y el "mirar hacia otro lado". Nuestro país suele hacer igual con los vecinos de Colombia, cuya presencia aquí obedece también a necesidades del mercado, particularmente en Darién. Los preferimos escondidos e indocumentados, que regularizar sus status.
Estados Unidos es el caso más dramático. Todos sus estados fronterizos con México dependen, para mantener su prosperidad, de mano de obra barata para ocuparse de las labores agrícolas y otras que no ejecutan los suyos. De hecho, el verano pasado murió cerca de una decena de agricultores mexicanos en California, víctima de un calor sin precedentes.
El presidente Bush no se le ha ocurrido más solución que incrementar las peligrosas patrullas voluntarias de los ciudadanos y agilizar la devolución de los capturados a su país de origen, sin respetar siquiera a las víctimas de las últimas inundaciones en Nueva Orléans. Todo es en vano. Por un lado salen y por otro entran.
La lección de El Salvador es que es preferible regularizar y controlar el natural flujo de extranjeros que ponerle obstáculos. Así se sabe al menos quién entra, quién sale, cuántos son y qué hacen, a más de pagar impuestos y seguro social. De lo contrario, se fomenta la ilegalidad y la explotación más ruin e inhumana.
Al margen del filo político que se procura el presidente Saca, cabe destacar su ejemplar sentido pragmático y realista. En verdad, El Salvador no habría podido impedir el ingreso de esos trabajadores cuya migración cíclica obedece al mandato coincidente de la oferta y la demanda. Hay una gran necesidad de esa mano de obra en tiempos de cosecha en El Salvador, la cual coincide con la enorme sobre oferta de desempleados agrícolas entre sus vecinos de Nicaragua y Honduras.
Costa Rica recibe, por su parte, cada año, cerca de un millón de trabajadores del agro de Nicaragua y Panamá; pero a falta de una política migratoria similar opta por la ilegalidad y el "mirar hacia otro lado". Nuestro país suele hacer igual con los vecinos de Colombia, cuya presencia aquí obedece también a necesidades del mercado, particularmente en Darién. Los preferimos escondidos e indocumentados, que regularizar sus status.
Estados Unidos es el caso más dramático. Todos sus estados fronterizos con México dependen, para mantener su prosperidad, de mano de obra barata para ocuparse de las labores agrícolas y otras que no ejecutan los suyos. De hecho, el verano pasado murió cerca de una decena de agricultores mexicanos en California, víctima de un calor sin precedentes.
El presidente Bush no se le ha ocurrido más solución que incrementar las peligrosas patrullas voluntarias de los ciudadanos y agilizar la devolución de los capturados a su país de origen, sin respetar siquiera a las víctimas de las últimas inundaciones en Nueva Orléans. Todo es en vano. Por un lado salen y por otro entran.
La lección de El Salvador es que es preferible regularizar y controlar el natural flujo de extranjeros que ponerle obstáculos. Así se sabe al menos quién entra, quién sale, cuántos son y qué hacen, a más de pagar impuestos y seguro social. De lo contrario, se fomenta la ilegalidad y la explotación más ruin e inhumana.