Somos diferentes, somos iguales
DIEZ AÑOS después de la Conferencia de Pekín donde 189 países firmaron una declaración para luchar contra la discriminación y la desigualdad entre géneros, mujeres y niñas siguen sufriendo graves atropellos a sus derechos. Dos tercios de los analfabetos del planeta son mujeres y niñas, medio millón de mujeres mueren cada año durante el embarazo y el parto, hay más mujeres infectadas de SIDA, las mujeres sólo poseen el 10% de los recursos mundiales cuando aportan dos terceras partes de las horas de trabajo y el 70% vive en condiciones de pobreza. Nacer mujer supone un mayor riesgo de discriminación y marginación.
En Pekín, los gobiernos se comprometieron a avanzar en sus legislaciones para luchar contra la desigualdad, promover la participación de las mujeres en los asuntos públicos, apoyar el acceso de las mujeres a trabajos bien remunerados y a puestos de toma de decisiones, asegurar la educación de las niñas, promover una educación no sexista, aplicar medidas para prevenir y eliminar la violencia doméstica, etc. Pero, aún queda mucho camino. Hasta el día 11 de marzo, los 189 países de la Conferencia de Pekín se reunirán en Nueva York para valorar lo que se ha hecho y lo que aún queda por hacer para garantizar los derechos de la mujer. Aún existen leyes discriminatorias en muchos países, como las de "obediencia de la esposa" vigente en Sudán y Yemen, o el código penal de Nigeria que permite al marido usar la violencia para castigar a la mujer. La ONU también denuncia que las mujeres y niñas siguen siendo las mayores víctimas del tráfico de personas y la prostitución.
Todas estas medidas legales no servirán de nada si no van acompañadas de otras que ayuden a cambiar las actitudes y los roles tradicionales de la mujer. Cuando se establece que el trabajo más importante de la mujer es la reproducción, la mujer deja de tener acceso a una serie de recursos que son los que le permiten ser independientes. Es difícil que las mujeres reclamen sus derechos si desconocen cuáles son. La educación debe estar basada en valores para eliminar los prejuicios y estereotipos relativos a los sexos, ha de ser una educación crítica y transformadora.
La vida de una niña que consigue acudir al colegio es muy diferente a la de aquellas que no son escolarizadas. Las niñas que reciben educación se casan más tarde, tienen menos hijos, proporcionan mejor atención y alimentación a su familia y solicitan atención médica. Con ello, se abre el camino para una mejora de la comunidad ya que así se reduce el índice de mortalidad infantil, se controla el índice demográfico, mejora la nutrición y la salud de la población y, todo ello, repercute en el desarrollo de la comunidad y su progreso económico. En los países desarrollados, las mujeres tienen un mayor índice de desempleo y los sueldos por un mismo trabajo son menores. La desigualdad supone un alto coste. Estudios de Naciones Unidas han puesto de manifiesto que si a las mujeres se las ofrece el mismo apoyo que a los hombres, éstas incrementan en un 20% el rendimiento de los cultivos. También, que si en Latinomérica se eliminasen las desigualdades en el mercado laboral, el producto interior bruto aumentaría un 5%. Mujeres y hombres, a pesar de nuestras diferencias, somos iguales y debemos luchar por tener los mismos derechos y obligaciones.
(amunoz@solidarios.org.es)
En Pekín, los gobiernos se comprometieron a avanzar en sus legislaciones para luchar contra la desigualdad, promover la participación de las mujeres en los asuntos públicos, apoyar el acceso de las mujeres a trabajos bien remunerados y a puestos de toma de decisiones, asegurar la educación de las niñas, promover una educación no sexista, aplicar medidas para prevenir y eliminar la violencia doméstica, etc. Pero, aún queda mucho camino. Hasta el día 11 de marzo, los 189 países de la Conferencia de Pekín se reunirán en Nueva York para valorar lo que se ha hecho y lo que aún queda por hacer para garantizar los derechos de la mujer. Aún existen leyes discriminatorias en muchos países, como las de "obediencia de la esposa" vigente en Sudán y Yemen, o el código penal de Nigeria que permite al marido usar la violencia para castigar a la mujer. La ONU también denuncia que las mujeres y niñas siguen siendo las mayores víctimas del tráfico de personas y la prostitución.
Todas estas medidas legales no servirán de nada si no van acompañadas de otras que ayuden a cambiar las actitudes y los roles tradicionales de la mujer. Cuando se establece que el trabajo más importante de la mujer es la reproducción, la mujer deja de tener acceso a una serie de recursos que son los que le permiten ser independientes. Es difícil que las mujeres reclamen sus derechos si desconocen cuáles son. La educación debe estar basada en valores para eliminar los prejuicios y estereotipos relativos a los sexos, ha de ser una educación crítica y transformadora.
La vida de una niña que consigue acudir al colegio es muy diferente a la de aquellas que no son escolarizadas. Las niñas que reciben educación se casan más tarde, tienen menos hijos, proporcionan mejor atención y alimentación a su familia y solicitan atención médica. Con ello, se abre el camino para una mejora de la comunidad ya que así se reduce el índice de mortalidad infantil, se controla el índice demográfico, mejora la nutrición y la salud de la población y, todo ello, repercute en el desarrollo de la comunidad y su progreso económico. En los países desarrollados, las mujeres tienen un mayor índice de desempleo y los sueldos por un mismo trabajo son menores. La desigualdad supone un alto coste. Estudios de Naciones Unidas han puesto de manifiesto que si a las mujeres se las ofrece el mismo apoyo que a los hombres, éstas incrementan en un 20% el rendimiento de los cultivos. También, que si en Latinomérica se eliminasen las desigualdades en el mercado laboral, el producto interior bruto aumentaría un 5%. Mujeres y hombres, a pesar de nuestras diferencias, somos iguales y debemos luchar por tener los mismos derechos y obligaciones.
(amunoz@solidarios.org.es)