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Somos discapacitados, ¿pero a cuántos les importa?


DESDE hacen algunos meses se ha venido hablando y escribiendo mucho sobre ayudas a los discapacitados y cuánto se está haciendo por ellos. En realidad sólo estamos hablando de la ayuda a un pequeño porcentaje de discapacitados, siendo ellos los niños excepcionales o especiales, y excluyendo a todos los otros cuya discapacidad proviene de otra causa. Pero me parece que el enfoque inicial a cualquier solución que se le busque a los problemas de ellos y de todos los discapacitados debe empezar por el comienzo, anteponiendo la yunta a la carreta y no al revés, como se ha estado haciendo.
Lo primero que debemos proponer son las medidas necesarias para facilitarle a todos los discapcitados la posibilidad de movilizarse con facilidad ya sea solos o ayudados por alguien. Empezando porque los arquitectos e ingenieros deben estar obligados a diseñar y construir las residencias y edificios privados y públicos con la mentalidad de que esos sitios serán o podrán ser visitados o vividos por discapacitados que se moverán dentro de ellos y usarán sus facilidades básicas. Que dichas construcciones deben tener las facilidades necesarias y adecuadas para el acceso y uso de los discapacitados. Que dichas construcciones deben tener las facilidades y accesos adecuados para que los discapacitados puedan llegar a ellas desde la calle.
Las autoridades deben velar porque las aceras estén en condiciones tales que permitan el uso seguro y fácil del transporte necesario para discapacitados, llámense ellos bastones, andaderas, muletas o sillas de ruedas; porque las aceras tengan las necesarias y adecuadas rampas que eviten el actual escalón entre las mismas y la calle permitiendo la posibilidad y facilidad del uso de los instrumentos de movilidad de los discapacitados. Las autoridades deben velar porque hayan facilidades en los medios masivos de transporte público para poder transportar a discapacitados, y entrenamiento y educación para los operarios de dichos transportes para la atención y cortesía para con los discapacitados. Así mismo deben velar para que los operarios de taxis le den prioridad al transporte de los discapacitados que así lo soliciten.
Las autoridades deben dar el ejemplo y adecuar el acceso y las facilidades de las oficinas y locales públicos para el uso de los discapacitados ya que, en su mayoría, no los tienen. Las áreas públicas de estacionamiento deben tener sitios de aparcamiento apropiados, con las medidas adecuadas y en cantidades adecuadas para el uso de los discapacitados. Las autoridades deben obligar, como está establecido, que los sitios privados de atención al público tengan las facilidades para su uso y acceso para discapacitados. Las autoridades deben extender las identificaciones y permisos necesarios para distinguir a los discapacitados, y castigar ejemplarmente y sin contemplaciones a todos aquellos violadores que se aprovechan, para su propia comodidad y beneficio, de las facilidades para ellos.
La mayoría de las cosas mencionadas aquí está establecida y regulada en las leyes del país y en acuerdos internacionales suscritos por el Estado panameño, pero parecen ser letra muerta. Nadie las aplica y mucho menos se interesan por hacerlo. Vuelvo y repito: lo poco que hacen es poner la carreta delante de la yunta lo que torna improductivo hasta el más mínimo esfuerzo.
Es muy loable hablar sobre los discapacitados; ello tiene un valor social y político. Pero otra cosa es sentirlo en carne viva y verlo en otros. Si realmente hay un interés en ayudar a los discapacitados, que se comience por donde se debe. Es muy interesante ver la integración o inclusión, como quieran llamarlo, de los niños excepcionales o especiales en las escuelas. Sin embargo, no oigo decir nada de cómo se encuentran las facilidades escolares física y pedagógicamente, ni cómo se transportan y qué facilidades se les brinda a dichos niños para ir hacia esos centros, ni tampoco que tipo de ayuda reciben los padres y familiares íntimos de los mismos en cuanto a su entrenamiento para el trato necesario para contribuir a la integración educativa, familiar y social de ellos, tan necesarios en ese delicado mundo.
Tampoco escucho ni veo esfuerzos para que el resto de los discapacitados nos sintamos confiados en que hay una luz al final del tunel. Después de un año de creada, no veo la actitud ni el interés para resolver rápidamente problemas de fácil solución por parte de las autoridades de la oficina adscrita a la Presidencia para estos menesteres. De nuestros discapacitados, los de mejor suerte, tenemos cómo atenuar nuestros obstáculos; pero ¿quién vela y ayuda a la mayoría que no tiene esos paliativos?

101 años de Panamá América

 
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