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¿Somos hombres o bestias?


Innumerables han sido las proclamas que se lanzan en el ámbito mundial para buscar el entendimiento y la paz que todos ansiamos. Aún así, se siguen promulgando reglas y creando organizaciones que no están basadas en el verdadero espíritu de los pueblos.
Hacemos alarde de que estamos buscando soluciones, pero no nos esforzamos para que éstas hagan más justas nuestra existencia individual, que propugnen por una mayor justicia social, que norme a profundidad y con convencimiento pleno las relaciones entre las personas y los Estados, y que frenen la escasez de alimentos y le permita al todo humano vivir en paz con todas sus necesidades básicas satisfechas.
El espectáculo que a diario muestra nuestro planeta nos señala la violencia como único camino hacia la consecución de una muy discutida y entredicha paz. Ante los acontecimientos de terrorismo que se han vivido recientemente en Nueva York y los enfrentamientos inhumanos entre judíos y palestinos en el Medio Oriente, y ante la proliferación de organizaciones terroristas cuya razón de existir es la violencia, vemos cuán inútiles son las soluciones puramente materialistas para el caos reinante.
El hombre está demostrando una enorme incapacidad para organizar el mundo y por ello es el responsable principal de lo que está ocurriendo. No se da cuenta que el problema principal por el que atraviesa el mundo es de tipo espiritual y, consecuentemente, la solución también debe ser del mismo orden.
Cualquier solución al problema de organización de nuestro mundo moderno dentro de un orden puramente material está condenada al fracaso, porque la raíz del problema no radica en la naturaleza material de lo que poseemos, sino en el espíritu humano que todavía no ha sido capaz de brindar una fórmula armónica de convivencia en sociedad.
Nos jactamos graciosamente de tener un mundo que llamamos moderno. Moderno podrá ser solamente en estructura externa, producto de un continuo calafateo para preservar su apariencia.
En verdad el hombre no ha cambiado, no se ha remozado y éste se hunde cada día más dentro de una sociedad con vicios ancestrales, porque todavía es poseedor de una mentalidad primitiva y canibalesca. Pareciera que los diez mil años de mundo histórico no han valido de nada para hacerle evolucionar en su forma de pensar, y cada día que pasa se sumerge más en un caos que por minutos aumenta, demostrando que somos seres inadaptados e incapaces de brindar una nueva luz, una nueva esperanza y un nuevo pensamiento al mundo.
A escasos 50 años después de terminada la hecatombe de la Segunda Guerra Mundial y pasado también el período de paz obligante que es consecuencia del cansancio físico y económico de los pueblos involucrados en ella, vemos que hoy está en juego una vez más la suerte de las naciones predominantes, al igual que la de muchas naciones que no encuentran su acomodo intestino para lograr vivir en paz con una mentalidad de bienestar general para todos sus asociados.
Con esa aceptación innoble que raya en la barbarie sobre la importancia que tienen aquellos breves períodos de paz, hoy la humanidad se ve condenada una vez más a llevar permanentemente puesto su chaleco a prueba de balas, demostrando con ello que ésta no puede vivir dentro de una igualdad fraternal y que quien no se defiende se precipita a la ruina.
Siento un profundo respeto por las diversas formas de pensar, especialmente por las creencias religiosas, pero no puedo aceptar la violencia terrorista contra cualquier pueblo, criminal y cobarde por naturaleza, como la manera de imponer nuestros criterios o cobrar venganza contra otros pueblos.

101 años de Panamá América

 
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