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Sordos y ciegos


Los pueblos inmaduros, víctimas de su propia ignorancia y enceguecidos por su candor, resultan fácil presa de los demagogos de patio que les endulzan los oídos con cualquier arenga barata, para mal de toda la comunidad nacional. En estos medios de bajo nivel político, como buena cantidad de los países latinoamericanos, entre los que se encuentra, como bien sabemos, Panamá, es muy difícil marchar por el camino de la solución de los problemas nacionales. La mayoría no comprende en dónde está el sendero de un porvenir de superaciones y siempre trilla por el atajo de su desprevenida desdicha.
En estos medios pululan los especímenes logreros, quienes sólo necesitan pulsar las cuerdas elementales del engaño popular, para brillar como dioses del Olimpo de marionetas que se creen genios, sin comprender el aforismo estulto y realista: en el país de los ciegos, el tuerto es rey. Es increíble esta ínsula barataria tropical, dominada por Sanchos de pacotilla, porque el que nos pinta Cervantes en su inmortal novela, era un socarrón práctico pero inteligente, en su nivel de apelaciones al refranero nutrido de experiencia y sabiduría populares.
Dejando el tono figurado anterior, para trasladarnos al campo de la realidad panameña, resulta que nuestro medio político de los años 40 a esta parte no ha cambiado mucho, sino en la profundización de sus hábitos más negativos. Hay personas que quieren ser optimistas... candorosos y no los criticamos, pero tales optimismos no nos han ayudado en nada. Desde hace muchos lustros que hacen décadas, quienes poseen instrumentos eficaces de análisis se percatan de que nuestras fallas colectivas no son de hoy, ni de ayer, sino de muy vieja data, y que con el tiempo han venido ahondándose, sin que la sociedad istmeña hubiera generado fuerzas sociales internas de rectificación para sus propios males. Nuestro medio político (clase política, dicen algunos), para limitarnos a una de sus esferas, lo que hace es ahondar la chapucería y servir al becerro de oro. Y ellos monopolizan, sin ninguna esperanza, las maquinarias politiqueras (los partidos), que por último han alcanzado la partidocracia más cruda.
Dejamos constancia de que en la historia panameña del siglo XX no han faltado las voces profundas de verdaderos maestros y maestras que debimos aprovechar en la planificación estatal, como Eusebio A. Morales, Martín Sosa, José D. Moscote, Harmodio Arias, Octavio Méndez Pereira, José Isaac Fábrega, Ricardo J. Alfaro, Diógenes de la Rosa, Esther Neira de Calvo, Sara Sotillo, Raimundo Ortega Vieto, Víctor Cruz Urrutia, José D. Crespo, Georgina Jiménez de López, Publio A. Vásquez, Ernesto de la Guardia Jr. Ricardo J. Bermúdez, y tantos otros y otras, que han vivido en la segunda mitad del siglo XX, quienes habrían sido eficaces consultores, pero que factores negativos impidieron concretar importantes contribuciones para el bienestar panameño. Más desde cuando el Estado Nacional se transformó en ariete de dolosos aprovechamientos, los panameños valiosos fueron postergados de la escena gubernativa, con gran prejuicio para el país.
A última hora, hemos descubierto la receta fenomenal para todo: "mano dura", como si todos los problemas graves que tenemos, pudieran resolverse con específicos infantiles y frasecitas más o menos ingeniosas de alegría para la feria. Así, no queremos darnos cuenta de que nuestros males son profundos y tienen vieja edad, ya enquistados en toda la columna vertebral del cuerpo societario. Si no atacamos sus causas profundas, nada haremos con recetas superficiales y sinapismos demagógicos, sean cuales fueren. Desde luego que al llegar a este señalamiento, el más ingenuo de los panameños nos preguntaría: "¿Y en dónde están los capitanes y los soldados para esa ofensiva salvadora? Y no encontramos ninguna otra fórmula que la de tener confianza en nuestro pueblo que, tarde o temprano, pondrá las cosas en su lugar, para la solución real y efectiva de sus propios problemas, lo que no es nuestro problema en este artículo.
En ese punto juega un papel determinante el combate a la corrupción, principalmente los arreglos poco claros entre el gobierno y el sector privado. A mayor corrupción, más desigualdad. Es un mal contra el cual hay que luchar en forma colectiva.
Al mismo tiempo, la creación de empleos tiene una importancia estratégica frente a los desafíos del delito y el crimen organizado. La generación de empleos pasa por la inversión en infraestructuras, el incremento del turismo y el auge de la industria de la construcción. También tiene que ver con el apoyo a la pequeña y mediana empresa y la innovación tecnológica. Detrás de todo está la educación, la formación de capital humano y el ingreso a la economía del conocimiento. Entrar en la era digital y al diálogo globalizado con la modernidad, requiere planificación y esfuerzo.
Panamá debe incorporarse a la vanguardia de la productividad global y abrir las puertas a la alta tecnología, a la sociedad del conocimiento.
La inversión en los niños de uno a tres años, es otro de los desafíos para enfrentar la pobreza y el hambre. Los niños que reciben mayor atención a una edad temprana tienen más posibilidades de crecer en forma saludable, de desarrollar plenamente sus capacidades de pensar y hablar, lo mismo que sus aptitudes emocionales y sociales.
Para combatir el hambre y la pobreza, el gobierno debe generar confianza entre todos los sectores sociales, los actores políticos y construir capital social. El éxito de las políticas públicas no está en efímeros resultados comunicacionales sino en resolver los problemas de la población, en estimular los valores de la gente, el sentido de comunidad, de ciudadanía.
El país demanda un gobierno que mantenga una sintonía fina con la gente y que cumpla su compromiso de dotar a la población de trabajo, comida, agua, salud, educación, casa, jubilación asegurada, un mejor futuro y dignidad.

101 años de Panamá América

 
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