default

Subdesarrollo: Hip'e9rboles, espejismos y realidades


EN PANAMÁ, estamos acostumbrados a la hipérbole. Algunos por ingenuidad y otros, por deliberado acto de diversionismo, nos doran píldoras y nos pintan panoramas que no tienen nada que ver con la realidad. Me resulta muy curiosa esa ola de alabanzas a nuestro pujante desarrollo inmobiliario (una burbuja especulativa financiada por dinero "raro") o a los miles de nuevos microempresarios que han parido los dos últimos gobiernos (esa masa incrementada de desempleados, tratando de sobrevivir por cuenta propia en los semáforos) o a los grandes logros de nuestra inventiva nacional (que ya nos tiene a punto de superar el atraso y de entrar al socorrido y mal llamado "primer mundo" montados en un cohete, tan ficticio como la imaginación de algunos burócratas y "escribidores de tirabuzón").
Así, abro las páginas de algunos de nuestros diarios y leo glosas llenas de loas exageradas para cualquier supuesto logro gubernamental que, por muy meritorio que pueda parecer a primera vista, en realidad no puede ser medido seriamente en contra de simples metas socioeconómicas que debimos haber cumplido como Nación, desde hace mucho tiempo (por ejemplo, las llamadas Metas del Milenio de la ONU). Y, no digamos, cotejar nuestras cifras reales con los mínimos comparativos regionales o globales, en materia de desarrollo tecnológico o académico. Es el consuelo autocomplaciente de los "Dr. Feelgood´s" de alquiler. En el mejor de los casos, son simples rugidos de ratón mitómano. En el peor de los casos, se trata de puras pamplinas malintencionadas que buscan desviar nuestra atención sobre la verdadera magnitud de nuestros problemas, sobre las causas reales de los mismos y sobre las maneras en que tenemos que comenzar a enfrentarlos ya. Simples cantos de sirena, intentando inducir el autismo masivo en la ciudadanía.
Como menciona la psicóloga argentina Perla Pilwiski: "Una vida tejida con una trama de mentiras y ocultamientos equivale a una vida no saludable, con consecuencias psíquicas y somáticas, porque implica sostener ideales de bienestar a costa de un profundo miedo y una gran desconfianza en la propia capacidad para enfrentar las cosas". Llevemos esto, de la escala de la vida individual al colectivo social. Esos que nos mienten, ya sea por su propia ceguera ante la realidad o porque cumplen ese servicio pagado de maquillarnos las cosas, no nos hacen ningún favor, sino todo lo contrario.
En el tema del subdesarrollo económico o de nuestra gravísima brecha social, es fundamental decir la verdad y hablar desde ahí con pleno conocimiento de causas, en base a criterios serios y hechos concretos y no blandir argumentos subjetivos o meras opiniones arrogantes, pero totalmente ignorantes. Lo mismo respecto a nuestra escasa competitividad como nación, a nuestra catatonia productiva o sobre nuestro colapsado y miserable sistema educativo. Ya lo sentenció Juan Pablo II: escribir en los medios implica ejercer la responsabilidad de la verdad. Y mentir para neutralizar nuestra conciencia y nuestra capacidad de reaccionar, es un doble crimen moral.
Tristemente, algunos de nuestros diarios están llenos de esos globos y de esas pajas, elevadas al rango de "verdad de a puño". Por ejemplo, la siquitrillada cantaleta del "vaso medio vacío" versus "el vaso medio lleno", que es, en verdad, una simplificación ramplona e insultante a nuestra inteligencia, inventada por los mismos de siempre: los que se toman el agua y dejan a los demás con sed. Esta manera alegre de pintar (o desdibujar) los elementos de nuestra realidad cotidiana, es sencillamente una tomadura de pelo más. Y muy cruel, por cierto.
Nadie se atreve a llamar a la miseria por su nombre (preferimos llamarla pobreza extrema). Nadie se atreve a examinar las causas reales de la misma, en medio de tanta aparente abundancia para algunos, según las estadísticas. Nadie habla de quiénes son los que mandan en este país y se están haciendo cada segundo más ricos, a costa de la miseria de muchos. Mucho menos se ventilan cómo se mueven los hilos del poder, de los negociados, de los contratos, etc., en los entornos politiqueros. De cómo se cocinan realmente los frijoles, como dice el refrán. Nadie se atreve a señalar responsables ni a exigir cuentas y castigos de manera seria, más allá de algunos "chivos expiatorios", en el "show" efímero de los noticieros.
Para que no pensemos en esas cosas, nos acostumbran a crónicas y a páginas de opinión, repletas de polémicas baladíes. De repente, nuestra atención y nuestra conciencia son diluidas por los escándalos de la crónica roja; por filípicas contra las huelgas estudiantiles y los tranques del tráfico; por comentarios folklóricos sobre ciertos escándalos de los políticos; por críticas chuscas a la ideología del SUNTRACS o de los marcianos; por cuestionamientos ofensivos a las creencias religiosas de las personas; por chismes venenosos sobre la vida sexual de alguna gente; por la tirria a la ideología de ciertos presidentes extranjeros satanizados (y que no tienen nada que ver con nosotros); por los éxitos nacionales en la investigación de las alas de la cucaracha o de la inmortalidad del cangrejo... En fin, por toda clase de yerbas aromáticas, criollas o importadas, menos sobre aquello realmente relevante.
Nuestro discurso cotidiano se ha ido empobreciéndose paulatinamente. Ya no rebatimos ideas, fundadas en modelos conceptuales serios o en base a propuestas de acción real, que busquen conocer y transformar la realidad... El discurso público de muchos columnistas y "formadores de opinión" es, hoy, una amalgama mediocre de lugares comunes, perogrulladas, prejuicios repetitivos, leyendas urbanas, mitos y fábulas, por no decir bochinches y engaños, presentados como verdades. Y de eso ya estamos repletos y saturados.
Pero la realidad supera, eventualmente, al peso real de tanta charlatanería. Y como no se puede tapar el sol con un dedo por siempre, más temprano que tarde los humos de tanto engaño se diluyen y se esfuman. Como dice la mexicana Lina Chapa Colunga: "Siempre la realidad rebasa por mucho el discurso demagogo y político de alguno que pretende hacer creer que ven a los demás como objeto de sus preocupaciones sinceras, cuando en realidad los ven como simples borregos manipulables...". Esa dura lección (aprender a diferenciar la verdad de la mentira y a separar el grano bueno del abrojo) se aprende a las buenas o a las malas, pero se aprende, tarde o temprano.
El doctor cubano cerró su charla con broche de oro. Describió las necesidades del ser humano, desde las más llanas hasta las más altas, estas últimas las calificó como espirituales. Lo espiritual, agregó, trasciende lo personal, y se define por asumir como propias las necesidades de otros.
¿Qué pasa cuando no hay espiritualidad? Se es tremendamente egoísta, cruel, irresponsable, y desleal; en pocas palabras, se pierde la responsabilidad humana. "Cuánto se denigra la humanidad cuando hay un consumo masivo de alcohol o droga", afirmó.
La humanidad se siente sólo cuando estamos sobrios, de lo contrario, se pierden nuestras facultades.
Las drogas que modifican nuestro comportamiento neutralizan la zona cerebral que controla la conducta y desinhibe el "monstruo" que llevamos dentro. El efecto de la droga, cualquiera que ésta sea, implica una degradación moral en quien la consume.
González diferenció un adicto de un tomador social así: Si pasa de lo social a lo habitual, si se convierte en un estilo de vida o embriaguez fortuita, o si transforma severamente la conducta haciéndose esclavo del trago.
La confrontación del adicto y los tratamientos de rehabilitación son la mejor medicina para liberarse del círculo vicioso.
Es una lástima que veamos hogares desgarrarse a causa de estos vicios. Es trágico que la sociedad tolere patrocinios y publicidad de alcohol sin la debida orientación de campañas formadoras de criterio.
Mucho es el trabajo que queda pendiente en las instituciones gubernamentales, pero más ardua es la labor social que exija de nuestros gobernantes políticas acertadas para contrarrestar el consumo de alcohol, cocaína, marihuana, y cigarrillo.

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América