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Subsidio a la pobreza: ¿justicia o paternalismo?


El gobierno de Martín Torrijos repetirá este año la entrega de B/. 35 mensuales a familias que padecen pobreza extrema. Hasta allí es justicia pura e indiscutible. Es gente que, de otro modo, condena a sus hijos - sobre todo a los pequeños- a una total falta de oportunidades; porque la desnutrición deja limitaciones insuperables, al desarrollo físico y mental.
Si lo vemos bien, no es nada nuevo. En los países desarrollados de la Unión Europea, Inglaterra y Estados Unidos, para no hablar de uno en vías de desarrollo como el Brasil, del presidente Lula Da Silva con su plan "hambre cero", existen subsidios similares, en algunos casos para los desempleados y en otros para los sin casa o los que nada tienen. Todos, no obstante, comparten diversas formas de abuso por parte de los usuarios del sistema. Éste aún no es el caso panameño, pero debemos prevenirlo a tiempo, porque con los años se hace difícil que gobierno alguno en el futuro lo pueda suprimir, porque se hace hábito, una costumbre y un derecho adquirido.
Sabemos que actualmente se toman medidas para vincular la entrega del subsidio a alguna suerte de capacitación en algún oficio o tarea de auto sustento y, casi siempre, a la obligación de enviar los niños a la escuela; similar a los $150 dólares mensuales por cada niño en clases, establecido por el presidente Hugo Chávez en Venezuela. En los tiempos de Omar Torrijos, por los años 70, existieron también subsidios variables, que se repartían bajo la fiscalización del Ministerio de Trabajo y Bienestar Social, a condición de que la respectiva familia se dedicara a alguna suerte de auto empleo, tal como la venta de frituras, y sacara a sus niños de las calles, enviándolos a la escuela. Hubo también otras variantes, como el "Plan de Urgencia" de la época del presidente Demetrio Basilio Lakas; las becas escolares, con su matiz claramente partidista; y hasta la compra politiquera de dirigencias populares, del tipo de los movimientos de desempleados en Colón.
Sin claras reglas de temporalidad y el fortalecimiento de los controles para capacitar a los beneficiarios en cómo preverse ellos mismos el sustento y prevenir su uso proselitista, el subsidio puede dejar de ser instrumento de justicia para convertirse en paternalismo pernicioso y politiquero, que fomenta la inacción y la pereza. Y a la larga, se convertirá en privilegio de unos pocos, desde el momento que los usuarios permanentes del sistema priven a otros necesitados de la oportunidad de contar con ese empuje provisional para salir adelante.

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