Sucursal de Colombia
En la última década, poco a poco, nuestro país se vino transformando en una suerte de sucursal de Colombia, en el peor de los aspectos: el relacionado con el narcotráfico. Las igualdades nunca son totales, porque cada país tiene sus peculiaridades propias, pero sí pueden llegar al parecido, en importantes ángulos.
Liquidado el régimen norieguista, a consecuencia de la absurda e innecesaria invasión militar norteamericana, el control policíaco del narcotráfico desapareció, y el vacío comenzaron a llenarlo los dueños colombianos del negocio. En menor escala y con más desorden, sus capos y sus agentes locales se dedicaron a restablecer el servicio de tránsito que les prestaba la narcodictadura, pero con ciertas diferencias. Panamá volvió a abrirse como lugar de consumo, en escala sólo determinada por los capos. Comenzaron a darse las eliminaciones físicas de “disidentes” en el negocio; con señales conocidas de las venganzas usuales. Es decir, crecimos limitadamente a lo interno, en la materia. Pero nos hicimos lugar muy grato para la presencia y manejo de los pequeños capos. En adición, los problemas del narcotráfico continuaron incrementándose entre nosotros; cada vez más gravemente. Porque se avecindaron aquí los expertos colombianos de segunda fila en ese comercio. En cualquier restaurante, en cualquier sitio público comenzó a ocurrir un homicidio al estilo narco, una vendeta de sicarios en la empresa y en sus sanciones.
Al mismo tiempo, la criminalidad interna sube también sus perfiles. La delincuencia juvenil es la más propicia al progreso en crímenes, asaltos de bancos, ataques personales, robos, secuestros, etc.
Y no se observa que ningún centro estatal o privado piense en el problema y proponga, si no soluciones, al menos aminoraciones. Sólo se dan medidas rutinarias e ineficaces: batidas, incautaciones de drogas o de armas y acciones por el estilo. Nada que se dirija a la prevención o a la erradicación. Y el daño social sigue su curso progresivo. Es otra de las esferas colectivas en que nos visita con toda tranquilidad el fracaso, porque nuestra sociedad carece de fuerzas internas de reacción o de rectificación de sus propios problemas, o que se hacen propios.
Mientras tanto, disponemos de todos los resortes habituales, que desde luego siguen empantanados, precisamente porque son los habituales, porque están desfasados, porque el delito cambia, aumenta, se renueva en sus métodos. La idea genial de los últimos tiempos ha sido la de aumentar los rigores de las escalas penológicas, o de edad, para los menores, a fin de hacerles más fácil la primaria, la secundaria, la universitaria y hasta el doctorado en las prisiones, porque su tiempo de permanencia en ellas se prolonga y es mayor entonces el aprendizaje, dada la monstruosidad de las ergástulas penales panameñas. El problema de la lucha estatal o social contra el delito se encuentra plenamente detenido y la sociedad padece sin capacidad de defensa.
En situaciones como las que estamos sufriendo, y ya casi que nos convertimos en sucursal de ciertos males del narcotráfico colombiano, no surgen las medidas que puedan ser eficaces, porque en tal campo debía darse la ecuación de que a grandes males, grandes remedios. Pero... ¿a quién o a quiénes corresponde la iniciativa? Todo el mundo lo sabe, mas ese reducto sigue aletargado, haciéndole el juego a la impunidad, la que llega al momento en que cae en la complicidad. En una situación global como la panameña esas medidas “modernas” de que los condenados se rehabilitan por medio del trabajo externo, permitido dentro del caos de la vida nacional, parece que tienen resultados concretos, porque para tales medidas excepcionales sí hay mano abierta, máxime cuando las cárceles están atiborradas. Y todos quedamos sobrecogidos de espanto, y nada más.
Es indiscutiblemente alarmante que la sociedad panameña y el Estado nacional marchen a la deriva, por los cuatro costados de la existencia individual o social, como si se tratara de un nirvana, de una ataraxia irresponsables, de un sueño de opio, del cual despertaremos cuando todo esté marchando hacia la tragedia general irremediable. Algunos se consuelan jugando a la política, o viendo el béisbol panameño o extranjero, y con muchas otras bellezas semejantes. No se nos diga que estamos predicando el alarmismo inmotivado, que no somos optimistas, principalmente ahora que la economía corre por los suelos, porque es la realidad de terribles presagios y ya concreciones, a los que no decidimos enfrentarnos, haciendo las del avestruz.
Al fin, por este camino franco, el título que usamos hoy en el presente artículo, bien podría ser el telón que caerá sobre el drama inadvertido, porque estamos entregados a una autoceguera ilímite, dentro de la cual vivimos como en el mejor de los mundos posibles.
Nuestra alea jacta est (la suerte está echada) nos sorprenderá sin que nos demos cuenta. Y será lo mejor, porque entonces nos hundiremos o nos salvará la inconsciencia. Empleamos el verbo salvará, para reconciliarnos con lo positivo, con lo optimista.
Liquidado el régimen norieguista, a consecuencia de la absurda e innecesaria invasión militar norteamericana, el control policíaco del narcotráfico desapareció, y el vacío comenzaron a llenarlo los dueños colombianos del negocio. En menor escala y con más desorden, sus capos y sus agentes locales se dedicaron a restablecer el servicio de tránsito que les prestaba la narcodictadura, pero con ciertas diferencias. Panamá volvió a abrirse como lugar de consumo, en escala sólo determinada por los capos. Comenzaron a darse las eliminaciones físicas de “disidentes” en el negocio; con señales conocidas de las venganzas usuales. Es decir, crecimos limitadamente a lo interno, en la materia. Pero nos hicimos lugar muy grato para la presencia y manejo de los pequeños capos. En adición, los problemas del narcotráfico continuaron incrementándose entre nosotros; cada vez más gravemente. Porque se avecindaron aquí los expertos colombianos de segunda fila en ese comercio. En cualquier restaurante, en cualquier sitio público comenzó a ocurrir un homicidio al estilo narco, una vendeta de sicarios en la empresa y en sus sanciones.
Al mismo tiempo, la criminalidad interna sube también sus perfiles. La delincuencia juvenil es la más propicia al progreso en crímenes, asaltos de bancos, ataques personales, robos, secuestros, etc.
Y no se observa que ningún centro estatal o privado piense en el problema y proponga, si no soluciones, al menos aminoraciones. Sólo se dan medidas rutinarias e ineficaces: batidas, incautaciones de drogas o de armas y acciones por el estilo. Nada que se dirija a la prevención o a la erradicación. Y el daño social sigue su curso progresivo. Es otra de las esferas colectivas en que nos visita con toda tranquilidad el fracaso, porque nuestra sociedad carece de fuerzas internas de reacción o de rectificación de sus propios problemas, o que se hacen propios.
Mientras tanto, disponemos de todos los resortes habituales, que desde luego siguen empantanados, precisamente porque son los habituales, porque están desfasados, porque el delito cambia, aumenta, se renueva en sus métodos. La idea genial de los últimos tiempos ha sido la de aumentar los rigores de las escalas penológicas, o de edad, para los menores, a fin de hacerles más fácil la primaria, la secundaria, la universitaria y hasta el doctorado en las prisiones, porque su tiempo de permanencia en ellas se prolonga y es mayor entonces el aprendizaje, dada la monstruosidad de las ergástulas penales panameñas. El problema de la lucha estatal o social contra el delito se encuentra plenamente detenido y la sociedad padece sin capacidad de defensa.
En situaciones como las que estamos sufriendo, y ya casi que nos convertimos en sucursal de ciertos males del narcotráfico colombiano, no surgen las medidas que puedan ser eficaces, porque en tal campo debía darse la ecuación de que a grandes males, grandes remedios. Pero... ¿a quién o a quiénes corresponde la iniciativa? Todo el mundo lo sabe, mas ese reducto sigue aletargado, haciéndole el juego a la impunidad, la que llega al momento en que cae en la complicidad. En una situación global como la panameña esas medidas “modernas” de que los condenados se rehabilitan por medio del trabajo externo, permitido dentro del caos de la vida nacional, parece que tienen resultados concretos, porque para tales medidas excepcionales sí hay mano abierta, máxime cuando las cárceles están atiborradas. Y todos quedamos sobrecogidos de espanto, y nada más.
Es indiscutiblemente alarmante que la sociedad panameña y el Estado nacional marchen a la deriva, por los cuatro costados de la existencia individual o social, como si se tratara de un nirvana, de una ataraxia irresponsables, de un sueño de opio, del cual despertaremos cuando todo esté marchando hacia la tragedia general irremediable. Algunos se consuelan jugando a la política, o viendo el béisbol panameño o extranjero, y con muchas otras bellezas semejantes. No se nos diga que estamos predicando el alarmismo inmotivado, que no somos optimistas, principalmente ahora que la economía corre por los suelos, porque es la realidad de terribles presagios y ya concreciones, a los que no decidimos enfrentarnos, haciendo las del avestruz.
Al fin, por este camino franco, el título que usamos hoy en el presente artículo, bien podría ser el telón que caerá sobre el drama inadvertido, porque estamos entregados a una autoceguera ilímite, dentro de la cual vivimos como en el mejor de los mundos posibles.
Nuestra alea jacta est (la suerte está echada) nos sorprenderá sin que nos demos cuenta. Y será lo mejor, porque entonces nos hundiremos o nos salvará la inconsciencia. Empleamos el verbo salvará, para reconciliarnos con lo positivo, con lo optimista.