Sudáfrica
Querido Director,
Estará usted de acuerdo en que España ha sido un justo vencedor del Mundial de Fútbol. Ya le contaré. A partir de ahora miles de periodistas y no periodistas opinarán y pontificarán sobre los equipos, los goles, los jugadores, los árbitros, la seguridad, el clima e incluso, el balón. Pero es necesario reflexionar sobre el país que ha acogido este gran evento deportivo: La Unión Sudafricana, con 1.2 millones de Km2 y 50 millones de habitantes, fundamentalmente de raza negra aunque existen unas importantes minorías de blancos, indo-pakistaníes y habitantes de islas del Índico (Madagascar y Ceylán). El país es rico en minerales, siendo el mayor productor de oro del mundo, es una gran potencia agrícola-ganadera, sus pesquerías son inagotables y qué quiere que le cuente de su posición estratégica, con una ciudad, la del Cabo, que da nombre, al cabo de Buena Esperanza, durante siglos, la mayor ruta comercial del mundo.
Durante décadas del Siglo XX y hasta 1990 imperaba en el país el sistema de Apartheid, que consistía en que todos los puestos políticos, empresariales y educacionales estaban en manos de los blancos, que además vivían en barrios apartados, iban a sus propios clubes, escuelas, universidades, etc. Este sistema de apartheid fue compartido hasta 15 años antes por Rhodesia. Sudáfrica no fue nunca colonia británica, aunque los ingleses intervinieron varias veces durante el Siglo XIX y XX. Sus primeros pobladores blancos fueron de origen holandés e históricamente se les llamó los Boers, fueron los que iniciaron el apartheid. Durante esas décadas de discriminación racial, Inglaterra y el mundo Occidental miraban para otro lado porque Sudáfrica era un gran y cómodo socio comercial. Hay que hacer constar que el desarrollo económico y el altísimo nivel de vida de la población blanca se reflejaron parcialmente en la negra, hasta el punto de que tenían la renta per cápita y los servicios más completos de África.
Cayó el apartheid y Nelson Mandela subió al poder. Cientos de miles de blancos vendieron o abandonaron sus propiedades y huyeron a Europa. Mandela proclamaba: “Soy el Presidente de todos”, “Nosotros no traemos odio”, “La libertad es para todos los sudafricanos” y así otros 10 o 12 slogans que mal que bien convencieron a una parte de empresarios y profesionales blancos para permanecer en el país. Después vino Jacob Zuma, mucho más extremista, polígamo y amigo del genocida Mugabe, dictador de Zimbabue, (antigua Rhodesia). Las granjas de los blancos fueron incendiadas y 3,000 de ellos asesinados. Uno de cada 8 negros padece el sida, en los grandes hospitales de Johannesburgo (donde el Dr. Barnard realizó el primer trasplante de corazón de la historia) están llenos de ratas. Y según cifras oficiales, se producen cada día: 50 asesinatos, 100 violaciones, 500 robos y 700 allanamientos de morada. Zuma ha nombrado sucesor a Julius Malema, formado en la Venezuela de Chávez y que ha sido ya procesado por fraude electoral, corrupción y cohecho. Ha anunciado que prohibirá la presencia de corresponsales extranjeros en el país.
¿Qué ha hecho la Izquierda Caviar del mundo? Primero apoyar, después disculpar y ahora callar ante todas estas barbaridades e injusticias. Sus políticos son ricos y para este mundial acopiaron grandes recursos financieros de las transnacionales. ¿Por qué razón, por ser blanco, debo tener miedo en cualquier ciudad de Sudáfrica? ¿Por qué mi embajada tiene que recomendarme una serie de precauciones impropias del mundo civilizado?
Atentamente,