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Sueño y fotografías


Este es el relato de un sueño y unas fotografías.
Eran dos hombres. El uno, completamente apolítico y el otro, político consagrado. El primero, modesto a pesar de su sólida cultura. Afable, comprensivo y sereno, jamás se dieron en él ni la triste esquivez de los cobardes ni la ruidosa acción de los audaces. Jamás persiguió cargo público alguno, si bien se mantenía a tono con la situación política del país. Un buen día lo buscaron para hacerlo, y lo hicieron Presidente de la República.
El otro estaba dedicado vehementemente a la política. Esta era su primer amor y muchas veces hasta el único. No podía perderse de reunión alguna del partido, y menos aún, de las jiras para mantener contacto con sus correligionarios y hacerse presente en la redacción de todas sus proclamas, siempre calurosamente "en defensa del pueblo y de los más postulados de la patria". No dejaba entrever a nadie, y mucho menos a sus propios correligionarios, su secreto deseo de que algún día se convirtiera en la opción de su partido como candidato presidencial.
Altivo y orgulloso, era ajeno a la consulta. Insincero y de sobrada desconfianza, carecía de la paciencia de Job. No sabía distinguir qué compañías eran sanas y cuáles las indeseables, ni que desprestigiar a otros no es fórmula adecuada para ganar adeptos.
Ciego y sordo consumado, no le impresionaba un incesante relampagueo acompañado de un tren de truenos que presagiaban tormenta. Jamás advirtió que la vigencia de la mayoría de los políticos es, tras larga y mortificante espera, como las olas del mar que logran retumbantemente alcanzar y cubrir las arenas de la orilla, y de inmediato, desvanecidas y deshechas, en rumorosa retirada, se alejan y se pierden.
Si a pesar de todo esto, algún día se le hubiera presentado a ese señor lo que pudiera haber sido su momento estelar, no había podido aprovecharlo, pues entonces, en cumplimiento de su contradictoria personalidad, se encontraría sumido en un profundo y aletargado trance de indolencia.

101 años de Panamá América

 
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