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Sueños acuáticos


¿Quién no ha sido fascinado por el agua? Desde niño me trastornaron las mareas... Podría llamarse El Acuario del Mundo, o de Dos Mundos Oceánicos, porque son el Atlántico y el Pacífico los que besan más de mil kilómetros de nuestras arenosas playas y también anegan manglares de hirsutas raíces marrones y penetran en los fangosos estuarios de nuestros ríos formidables.
Anoche soñé que ese sueño no era; no era un sueño, era realidad... y vi como dos límpidos, infinitos estanques, sinuosamente yuxtapuestos; uno con aguas permanentes, casi invariables; otro con linfas imperceptiblemente ascendentes y descendentes en una noche; pacíficas.
Y entré en un túnel transparentísimo, de cuarzo líquido cuajado, o de acrílico hiper-resistente, y sus paredes, en parte planas, se transformaban al punto -como en la televisión- en curvadas y abovedadas, topológicas. Y a lado y otro percibí bosques de corales y jugueteo de algas, anémonas y actinias ondulantes y miríadas de pececillos porcenalizados que de pronto se inmovilizaban como un solo espécimen; luego se deshacían asustados por un ruido súbito, como de un chapotazo de orca o cetáceo feroz. Y vi cómo los niños de todo el orbe seguían a gigantescos guías apayasados que los pastoreaban en racimos díscolos y parlanchines.
En el grueso cristal, entre los dos estanques, divides unas estrellas de mar acantonadas que daban frenéticos manotazos que se "estrellaban" (inútiles) mientras seguían impávidos los corales del estanque invariable, casi adheridos a su tabique cuárcico.
Cuando un furtivo, descomunal escualo se dirigía hacia nosotros con impensables intenciones, aduje que se había roto la malla de monel inoxidable. Busqué en vano el andamiaje que sostenía suspendidos en el agua los alambicados, grandiosos túneles y los imaginé de titanio amalgamado, igualmente sinuosos e invisibles, o disimulados habilidosamente como raíces acuáticas camufladas o camuflantes.
Al fin, ya con el sol resplandeciente por todos los contornos, vi unos buzos con tanquecillos de oxígeno y negros y anaranjados atuendos, que restregaban los cristales con un líquido detergente -que digo- un líquido glauco que resbalaba en goterones y caía en el fondo; era un nutriente fertilizante -quiero decir- ecológico submarino, que millones de algas microscópicos devoraban y a cambio generaban infinitas esférulas diminutas de oxígeno, que ascendían a la superficie.
¡"Tiens"! -me dije- aquí debe estar la mano invisible del Smithsonian. No me equivocaba, pues en eso observé a mi ex vecino norteamericano, especialista en una subespecialidad de corales, que impartía instrucciones a otro grupo de buzos que cerraban tras ellos unas portezuelas herméticas, como de submarinos, pero con bruñidos contornos de oro precioso.
Arrastrado por inverosímiles rebaños de parvulillos blancos, negros, bronceados y amarillos, me vi flotando entre la bulliciosa marea infantiloide, hasta un extraño atrio, cual inmensa pompa de jabón atornasolada, espacioso como una catedral y con encendidos lampadarios de lapis lazuli, que emitían una luz suavemente sicodélica, y un gran telón iridiscente. Era un auditorio donde se proyectaban escenas científicas de la multiforme flora y fauna marinas y los trucos y magias tecnológicos, la singular armazón y los seguros sellos submarinos de esos dos mundos oceánicos que acarician a Panamá.
Del otro lado de la pompa fabulosa, en una enhiesta roca, un coronado vikingo Neptuno, con su imperioso tridente, regía las aguas... y una pléyade de esbeltas sirenas entonaba sus coros corintios y abisales.
¿Qué genialidad humana hacia flotar los amplísimos, tentaculares túneles y ramificados sub-túneles, casi invisibles? Comprendí, obnubilado por Morfeo, que para los acrobáticos delfines y los pasmosos tiburones amenazantes, al fin se había fabricado un zoológico de bullentes chicuelos humanoides y hermanados, de todos los confines de la tierra que circunda sus moradas, y de unos estrafalarios payasos, grandes como Atlantes y bonachones y pacíficos como palomas de paz.

101 años de Panamá América

 
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