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Superficialidad y racionalidad


A GENERAR sistemas! Ese sería el reto que los hombres y mujeres comprometidos con la dignidad de la nación tendríamos que aceptar. Basta ya de tanta superficialidad en todo aquello que comunicamos. Se ha dicho, con sobrada razón, que el siglo XX no generó sistemas y que el siglo XIX se caracterizó por ser un permanente afluente de sistemas. Algunos estudiosos de eso que se llama epistemología -ciencia de las ciencias- han afirmado que la aparición de los sistemas en el decimonono fue merced a la Revolución Industrial acaecida en el siglo XVIII, misma que vino a producir cambios de paradigmas en la diversidad del saber. En consecuencia, el siglo 20 fue una época de repeticiones y peor aún, de caos, de conflagraciones mundiales, de hambre, de enfermedades, de enormes tragedias. Los hombres de ese siglo vivimos dependientes del saber dado, lo que permite, en consecuencia, configurarlo como un siglo de datos (datum- lo dado). ¿Será posible que continuemos en el siglo XXI dependientes de lo "dado" sin entrar a mayores ponderaciones críticas y objetivas que permitan enrumbar a la nación panameña por mejores derroteros en el plano de la economía, la educación, la política, del trabajo, la justicia, siendo que ella demanda, de modo inminente, la aparición de un sistema coherente y orgánico, perfilado por una filosofía redencionista de la dignidad humana y por la plena vigencia de las garantías que son insitas al debido proceso-, etc.? Estamos pasando de lo sublime a lo ridículo en este suelo. A diario somos invitados a ser meros contempladores de un circo que emula de modo, casi perfecto, al antiguo circo romano -pan y vino y bastaba-.
Los que nos hemos preocupados por estudiar un poquito la naturaleza de las cosas, de advertir en la presencia del fenómeno el noúmeno kantiano; los que hemos sido rebeldes a la exigencia gnoseológica de que tenemos que quedarnos paralizados ante la ya superada distinción entre forma y fondo y que hemos tratado de ingresar en la dialéctica de una lógica material que nos impone el deber ético y moral de no cruzar los brazos para luego repetir como papagayos lo que otros dicen, de modo altisonante, para granjearse el aplauso de una concurrencia que está ya cansada de tanta ofensa que se vierte, a diario, en un lenguaje de violencia, de asalto a la razón, de permanente secuestro de la logicidad de las cosas; somos los que hemos podido comprender que la grandiosidad del genio humano está en su capacidad de razonar, de ser autocríticos, críticos y científicos. ¡Qué pena que a nuestros pueblos, los delincuentes que han asaltado la racionalidad panameña, hayan también tratado de quitarles el único patrimonio que permite a nuestra irredenta América sobrevivir: su dignidad¡
¿Quién ha dicho que es posible vivir sin dignidad? No, no es posible siquiera imaginarlo. Ya Martí lo había preconizado: "Mejor es morir con dignidad que vivir sin ella". Y eso es lo que están haciendo los mensajeros del anunciado Apocalipsis panameño: Nada está bien, todo está mal. No hay nadie bueno, nadie es bueno. Abajo lo que está arriba y arriba lo que está abajo. Al positivismo, negativismo. A los dignos indignidad. A los buenos los malos. A lo ético lo antiético. Y así, conflictivamente, se la pasan nuestros "líderes de opinión" viviendo de las propias mentiras que con apariencia de verdades ellos mismos no terminan aún de creer o de asimilar.
Estamos debatiéndonos en la crítica por la crítica; la contradicción por la mera contradicción y nos hemos castrado de toda eventual posibilidad de sugerir propuestas para bien de la Patria. La clase política, en nuestro medio, aún no ha dado inicio al cumplimiento de una tarea de vieja data: ¿Qué es lo que se puede hacer por Panamá? Algunos han tratado, demagógicamente y hasta de modo irónico, tratar de resolverla, pero lo han hecho de modo indolente, negligente y han salido a la palestra pública a mentir, a ofertar todo tipo de sortilegios, de propuestas baratas y populistas dando buena fe del viejo adagio que reza "pan para hoy hambre para mañana".
El país, nuestra gente, no merece que se la trata como hasta ahora se ha venido haciendo: con mentiras que trascienden al nivel de la perversión, de la tortura física y mental. No sólo se sojuzga a una nación con látigo y cárcel, también hay otras maneras sofisticadas de hacerlo: ignorando sus clamores, soslayando sus pedidos e ignorando todo tipo de desiderátum. Eso de decirle al pueblo, sin mayor explicación, que el Gobierno está en la obligación de dispensarle trabajo a nuestro pueblo y montarse a galope levantando tanto polvorín en la corrida para hacer politiquería es, verdaderamente, cruel. La empresa privada tiene que generar empleos, esa es su responsabilidad y el gobierno tiene la correlativa obligación de crear o propiciar el escenario para que ello se produzca dentro de una economía connotada por la libre competencia en el mercado y por la libre oferta y demanda. Que el Siglo XXI sea en Panamá un siglo de concretas realizaciones y posibilidades de lo bueno, lo noble, lo justo, lo equitativo y lo correcto. Que impere la justicia por encima de toda arbitrariedad y que el reto a aceptar tenga la respuesta esperada: que seamos capaces de generar ideas para construir, al decir de Emerson, para la eternidad.
(stekrakri@hotmail.com)

101 años de Panamá América

 
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