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Supermadres de nuestro tiempo


Este día hemos de dedicar algunas líneas a la supermadre de nuestro tiempo, la que por imperativo de las exigencias económicas del hogar se vio inicialmente impulsada a sumar sus manos a las de su marido en procura del sustento diario y, luego, por atender el llamado de su propia realización personal o por vocación. En uno y otro caso, ha sido un proceso lento y progresivo a través de los siglos. Y el mismo ha sido parte fundamental de la evolución y lucha de las mujeres por la igualdad de derechos y oportunidades.
Los hombres y la sociedad prestaron férrea resistencia al principio, pero la revolución industrial, ávida de mano de obra masiva y barata empezó a requerir la participación de mujeres y niños. Todavía en cultivos intensivos como la recolección de café y caña de azúcar, se da ese fenómeno, por más que proteste la UNICEF.
La incorporación plena de las mujeres al trabajo remunerado es pues un hecho consolidado desde el siglo XIX. Y todas las constituciones y legislaciones modernas consagran el derecho al trabajo en igualdad de condiciones y sin distinción de sexo. Hay, sin embargo, países que tienen esa asignatura pendiente, como en el caso de algunos islámicos. Es cuestión de tiempo para que ellos también se sumen al proceso y la comunidad internacional debe seguir presionando en ese sentido.
Hoy, en nuestro país y en el mundo, un creciente número de mujeres invade las universidades, incluyendo carreras tradicionalmente copada de hombres. Y, en Panamá, la mayoría de los egresados y los mejores rendimientos académicos es de mujeres. Las puertas del éxito profesional están abiertas para ellas, en un inmenso par en par, muchas veces con ventaja.
No obstante los logros y satisfacciones, el precio que paga la mujer contemporánea es tremendo. Su jornada diaria es de ocho a diez horas, incluyendo el tiempo de desplazamiento. Cuando llega a casa, la esperan los hijos, las tareas escolares, el pase de revista al hogar y, cuando no, las labores domésticas, sin contar las citas médicas, la atención de reparaciones en casa, la provisión de alimentos, gas, pago de cuentas, clases especiales de fin de semana, aquello es de no terminar. Muchas veces ha de combinar todas esas responsabilidades con un toque de genialidad económica, multiplicando el pago de la quincena para que alcance.
Y para colmo, muchas veces tiene que hacerlo sola, sin auxilio de marido o compañero, porque éste no existe o está ausente. Ese es un cuadro normal en tiempos de crisis social pero, que tiene negativas secuelas. A diario ha de ser maga y gozar del don de la ubicuidad, para estar en todas partes; y es la guía de los niños desde sus primeros años. La ausencia paterna no es buena, por más que a veces sea excusable. La supermadre de nuestro tiempo requiere, a más de merecido reconocimiento, de mayor apoyo, desde becas de estudio, guarderías, subsidios, seguro, etc. Ella se lo merece y se lo ha ganado a puro pulmón.

101 años de Panamá América

 
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