Supervisión del cambio
Entre la larga lista de temas que componen una agenda de reforma al sistema educativo, debería ocupar el primer lugar la implementación de un cambio radical en el sistema de supervisión y de rendición de cuentas. Vale muy poco iniciar cualquier modificación como la que ahora se intenta llevar adelante si no va acompañada del proceso de seguimiento, supervisión, control y evaluación de resultados, porque se trata de un programa piloto. No hacerlo sería como pretender que todos los componentes del complicado mundo educativo están motivados, bien intencionados, y que cumplirán a cabalidad con sus responsabilidades sin el vigilante ojo que acompañe durante todo el camino. Hay que constatar que se cumple con los currículos aprobados mediante auténticas auditorías educativas. Esa supervisión independiente, eficiente y capaz no ha existido en el pasado, y no existe ni a nivel local ni regional. Hay que comenzar con nombrar supervisores en cantidades suficientes, escogidos por su formación académica y administrativa, y no como resultado de un concurso de puntos acumulados por asistencia a seminarios. Se requiere sacar la supervisión de la burocracia ministerial, obligar a que esta misión sea de dedicación exclusiva, aumentar el número de supervisores, y brindarles todo el apoyo que requieren para que puedan realizar su trabajo. Deben contar con un nivel académico de maestría, salario apropiado, capacitación continua, que puedan cumplir con estándares rigurosos, que apliquen pruebas para medir logros, y que rinda cuentas. Si esto no se lleva adelante, podemos vaticinar que cualquier cambio curricular va destinado al fracaso, no por problemas de diseño sino porque no habrá ninguna garantía de su aplicación adecuada.