Supervisión financiera
El caso reciente de la empresa Estrellamar, ilustra la necesidad de revisar la situación que existe en nuestras estructuras de supervisión de entidades financieras, entendiéndose como tales: los bancos, las financieras, las aseguradoras, las cooperativas, las casas de cambio, las corredoras y bolsas de valores, las agencias de transferencias de fondos y similares.
Existe en nuestro país un fenómeno que podemos describir como la "atomización de la supervisión financiera", o sea, que cada entidad financiera responde a un ente regulador distinto, ubicado en distintos lugares del engranaje estatal, con distintas exigencias en cuanto a los requisitos para obtención de licencias para operar, y salvo en el caso de escasas excepciones, sin la capacidad y recursos para hacer cumplir los requisitos legales aplicables a su esfera de operación reguladora.
Esta situación trae como resultado la dilución del esfuerzo de regulación y supervisión integral del sector financiero, particularmente la banca. La situación se agrava ante los procesos de globalización, "desregulación", consolidación y uso creciente de tecnología en el sector. Estas tendencias, presentes aquí y en todos los centros financieros, eliminan barreras entre las distintas entidades financieras, haciendo más difícil de definirlas y obviamente, complicando las acciones de supervisión; lo cual crea la necesidad de una mayor unificación de esfuerzos, mayor capacidad profesional y técnica de los funcionarios y una creciente comunicación e interacción con similares entes extranjeros.
Todo lo anterior apunta a la urgente necesidad de mayor integración de la reglamentación y supervisión de todo los componentes del sector financiero en Panamá.
En mis años de banquero en Panamá, cuando se discutía el entonces anteproyecto de Ley Bancaria, propuse la creación de una Superintendencia de Bancos e Instituciones Financieras. Dicho ente contaría con una estructura orgánica a manera de intendencias especializadas por componente del sector financiero, con la posible excepción del área bursátil, la que pudiera contar con una superintendencia de valores.
En aquel entonces, se me criticó internamente en el gremio, pues en esa ocasión no se veía con buenos ojos la creación de una gran "Todapoderosa Superintendencia". Quizás ahora que los bancos han tomado experiencia de vivir bajo el nuevo concepto de supervisión bancaria con todas sus implicaciones podríamos retomar el tema. Sucesos como los de Estrellamar ameritan esta consideración.
Existe en nuestro país un fenómeno que podemos describir como la "atomización de la supervisión financiera", o sea, que cada entidad financiera responde a un ente regulador distinto, ubicado en distintos lugares del engranaje estatal, con distintas exigencias en cuanto a los requisitos para obtención de licencias para operar, y salvo en el caso de escasas excepciones, sin la capacidad y recursos para hacer cumplir los requisitos legales aplicables a su esfera de operación reguladora.
Esta situación trae como resultado la dilución del esfuerzo de regulación y supervisión integral del sector financiero, particularmente la banca. La situación se agrava ante los procesos de globalización, "desregulación", consolidación y uso creciente de tecnología en el sector. Estas tendencias, presentes aquí y en todos los centros financieros, eliminan barreras entre las distintas entidades financieras, haciendo más difícil de definirlas y obviamente, complicando las acciones de supervisión; lo cual crea la necesidad de una mayor unificación de esfuerzos, mayor capacidad profesional y técnica de los funcionarios y una creciente comunicación e interacción con similares entes extranjeros.
Todo lo anterior apunta a la urgente necesidad de mayor integración de la reglamentación y supervisión de todo los componentes del sector financiero en Panamá.
En mis años de banquero en Panamá, cuando se discutía el entonces anteproyecto de Ley Bancaria, propuse la creación de una Superintendencia de Bancos e Instituciones Financieras. Dicho ente contaría con una estructura orgánica a manera de intendencias especializadas por componente del sector financiero, con la posible excepción del área bursátil, la que pudiera contar con una superintendencia de valores.
En aquel entonces, se me criticó internamente en el gremio, pues en esa ocasión no se veía con buenos ojos la creación de una gran "Todapoderosa Superintendencia". Quizás ahora que los bancos han tomado experiencia de vivir bajo el nuevo concepto de supervisión bancaria con todas sus implicaciones podríamos retomar el tema. Sucesos como los de Estrellamar ameritan esta consideración.