Taiwán debe ser reintegrada a la ONU
En el mundo existen aproximadamente 247 países y regiones; de ellos, 190 participan de la Organización de las Naciones Unidas. De los restantes, algunos son territorios de los estados miembros de esa organización. En ese concierto de países y territorios hay un Estado que no forma parte de ningún otro y que sobre su territorio y población no se ejerce control ni jurisdicción por parte de terceros. Ese estado es la República de China en Taiwán.
El laborioso pueblo taiwanés, que es más numeroso que el de las tres cuartas partes de los países que componen la ONU, ha transformado a su país en la decimoséptima economía del mundo, con el decimoquinto mayor volumen de comercio mundial y el tercero en exportación de tecnología informática.
En el curso de los últimos años, Taiwán se ha convertido en un Estado libre y democrático, donde sus gobernantes son elegidos democráticamente y sus dirigentes se han adherido a los valores universales de democracia, libertad y derechos humanos; lo mismo que a la promoción de la cooperación internacional en lo que se refiere a desarrollo económico, social, cultural y asistencia humanitaria. Nadie puede negar que Taiwán es un miembro constructivo en la comunidad internacional, y su experiencia y crecimiento económico contribuyen directa y significativamente a la optimización del trabajo de la ONU para resolver problemas relacionados con conflictos económicos y de protección ambiental, entre otros.
Con esos indicadores, ¿cómo es posible que sea la única población que todavía no está representada en este organismo mundial? Si Taiwán se convirtiera en miembro pleno de la ONU, compartiría la experiencia de su desarrollo económico, así como apoyaría financieramente los planes presupuestarios y otras actividades de este organismo internacional.
Estoy completamente seguro de que la ONU es consciente de la importancia de la posición estratégica de Taiwán no sólo entre los dos lados del Estrecho que lleva su nombre, sino en toda la región de Asia y el Pacífico; por eso, no debe menoscabar esfuerzos para que este "pequeño gigante" participe plenamente en la ONU y contribuya considerablemente en la "diplomacia preventiva" que esta organización ha estado buscando para que las dos chinas interactúen normalmente bajo un marco multilateral, así como también en la conservación de la paz y la seguridad internacionales.
En la lucha contra el SIDA, la tuberculosis y el paludismo, el Gobierno de Taiwan ha expresado su interés de aportar recursos financieros y humanos; no obstante, no ha sido invitado a ninguno de los programas y conferencias sobre estos temas patrocinados por las Naciones Unidas, ni tampoco se ha autorizado a numerosa (o)s investigadora (e)s, científica (o)s y organizaciones no gubernamentales de Taiwán que se ocupan de la lucha contra la epidemia.
En las últimas tres décadas Taiwán ha realizado serios esfuerzos por impulsar los derechos de los niños. Pero al período extraordinario de sesiones de la Asamblea General sobre la Infancia, celebrada en mayo de este año, no fue invitada.
La situación de aislamiento en la que se tiene a Taiwán contradice el principio básico de universalidad de la Carta de las Naciones Unidas y el espíritu de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas se expresa de manera terminante que la misión de las Naciones Unidas es la de "reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas".
Ya es tiempo de que las Naciones Unidas y sus organismos especializados terminen con esas prácticas discriminatorias, arbitrarias y cuestionables de apartar y excluir a Taiwán, negándosele a su pueblo el derecho elemental de participar en las decisiones que incumben a los primordiales intereses sociales, económicos y de seguridad de la humanidad. Taiwán está en la mejor disposición de reintegrarse a las Naciones Unidas y tiene plena capacidad para cumplir con sus deberes y para entregar sus contribuciones a la comunidad internacional, esfuerzos que han sido bien vistos por países amigos, como Panamá, que han dado claras muestras de apoyo y solidaridad; por eso, en el Quincuagésimo Séptimo Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Taiwán debe ser reintegrada.
En fin, se impone la recapacitación del MEF y urge la rectificación de la descabellada medida que tan nefastas consecuencias puede traer. Es más, se impone, también, escuchar las recomendaciones que les han formulado los profesionales panameños involucrados en negocios "off-shore", en vez de seguir directrices de organismos internacionales controlados por potencias extranjeras que no cesan sus ataques en contra de la economía panameña de servicios.
Y me pregunto: ¿Sabrá el Gabinete de la presidenta Mireya Moscoso el exabrupto en que han incurrido los tecnócratas de la Dirección General de Ingresos del MEF? Si no lo saben es tiempo de reconsideran el caso. Si lo saben en toda su magnitud, entonces "perdonémosles porque no saben lo que hacen".
El laborioso pueblo taiwanés, que es más numeroso que el de las tres cuartas partes de los países que componen la ONU, ha transformado a su país en la decimoséptima economía del mundo, con el decimoquinto mayor volumen de comercio mundial y el tercero en exportación de tecnología informática.
En el curso de los últimos años, Taiwán se ha convertido en un Estado libre y democrático, donde sus gobernantes son elegidos democráticamente y sus dirigentes se han adherido a los valores universales de democracia, libertad y derechos humanos; lo mismo que a la promoción de la cooperación internacional en lo que se refiere a desarrollo económico, social, cultural y asistencia humanitaria. Nadie puede negar que Taiwán es un miembro constructivo en la comunidad internacional, y su experiencia y crecimiento económico contribuyen directa y significativamente a la optimización del trabajo de la ONU para resolver problemas relacionados con conflictos económicos y de protección ambiental, entre otros.
Con esos indicadores, ¿cómo es posible que sea la única población que todavía no está representada en este organismo mundial? Si Taiwán se convirtiera en miembro pleno de la ONU, compartiría la experiencia de su desarrollo económico, así como apoyaría financieramente los planes presupuestarios y otras actividades de este organismo internacional.
Estoy completamente seguro de que la ONU es consciente de la importancia de la posición estratégica de Taiwán no sólo entre los dos lados del Estrecho que lleva su nombre, sino en toda la región de Asia y el Pacífico; por eso, no debe menoscabar esfuerzos para que este "pequeño gigante" participe plenamente en la ONU y contribuya considerablemente en la "diplomacia preventiva" que esta organización ha estado buscando para que las dos chinas interactúen normalmente bajo un marco multilateral, así como también en la conservación de la paz y la seguridad internacionales.
En la lucha contra el SIDA, la tuberculosis y el paludismo, el Gobierno de Taiwan ha expresado su interés de aportar recursos financieros y humanos; no obstante, no ha sido invitado a ninguno de los programas y conferencias sobre estos temas patrocinados por las Naciones Unidas, ni tampoco se ha autorizado a numerosa (o)s investigadora (e)s, científica (o)s y organizaciones no gubernamentales de Taiwán que se ocupan de la lucha contra la epidemia.
En las últimas tres décadas Taiwán ha realizado serios esfuerzos por impulsar los derechos de los niños. Pero al período extraordinario de sesiones de la Asamblea General sobre la Infancia, celebrada en mayo de este año, no fue invitada.
La situación de aislamiento en la que se tiene a Taiwán contradice el principio básico de universalidad de la Carta de las Naciones Unidas y el espíritu de la Declaración Universal de los Derechos Humanos. En el preámbulo de la Carta de las Naciones Unidas se expresa de manera terminante que la misión de las Naciones Unidas es la de "reafirmar la fe en los derechos fundamentales del hombre, en la dignidad y el valor de la persona, en la igualdad de derechos de hombres y mujeres y de las naciones grandes y pequeñas".
Ya es tiempo de que las Naciones Unidas y sus organismos especializados terminen con esas prácticas discriminatorias, arbitrarias y cuestionables de apartar y excluir a Taiwán, negándosele a su pueblo el derecho elemental de participar en las decisiones que incumben a los primordiales intereses sociales, económicos y de seguridad de la humanidad. Taiwán está en la mejor disposición de reintegrarse a las Naciones Unidas y tiene plena capacidad para cumplir con sus deberes y para entregar sus contribuciones a la comunidad internacional, esfuerzos que han sido bien vistos por países amigos, como Panamá, que han dado claras muestras de apoyo y solidaridad; por eso, en el Quincuagésimo Séptimo Período de Sesiones de la Asamblea General de las Naciones Unidas, Taiwán debe ser reintegrada.
En fin, se impone la recapacitación del MEF y urge la rectificación de la descabellada medida que tan nefastas consecuencias puede traer. Es más, se impone, también, escuchar las recomendaciones que les han formulado los profesionales panameños involucrados en negocios "off-shore", en vez de seguir directrices de organismos internacionales controlados por potencias extranjeras que no cesan sus ataques en contra de la economía panameña de servicios.
Y me pregunto: ¿Sabrá el Gabinete de la presidenta Mireya Moscoso el exabrupto en que han incurrido los tecnócratas de la Dirección General de Ingresos del MEF? Si no lo saben es tiempo de reconsideran el caso. Si lo saben en toda su magnitud, entonces "perdonémosles porque no saben lo que hacen".