Taiwán y la salud mundial
No hay verdad abstracta, la verdad es siempre concreta. Tal principio filosófico tiene una importancia particular para los 23 millones de seres que habitan la República de China, en Taiwán, que han logrado significativos éxitos en el campo de la medicina.
Las mejores muestras de esta verdad concreta en Taiwán se observan en las más de 18 mil instituciones que ofrecen asistencia sanitaria; en la existencia de un médico por cada 649 personas y un dentista por cada 280; en las 30 camas de hospital por cada diez mil habitantes; en el sistema universal de seguro social (el primero en Asia), que cubre al 97% de la población; en el bajo índice de mortalidad materno- infantil (6.9 por cada 10,000), comparable con los de países desarrollados y en la emprendedora industria farmacéutica que explora nuevos medicamentos contra el cáncer, las enfermedades virales y los males cardiovasculares crónicos. Además, Taiwán tiene el mejor programa de planificación familiar de los países en vías de desarrollo.
Desde los años cincuenta, Taiwán erradicó las enfermedades infecciosas como la viruela, la rabia y la malaria. Y desde inicios de la década del ‘80 no se ha registrado ningún caso de polio.
Con respecto a la última epidemia del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SRAS), la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado que Taiwán no es un área de alto riesgo y que no existen evidencias de propagación internacional desde ese país, a diferencia de otros países asiáticos donde éstas sí son manifiestas.
Esta verdad concreta le ha permitido a Taiwán ocupar el segundo lugar entre los países desarrollados y recientemente industrializados, en lo que al ejercicio de la medicina se refiere.
Junto a estas pruebas de verdad concreta existen otras: el fallecimiento inútil de más de un millón de niños al año en todo el mundo, la falta de inmunización contra la polio, la difteria, la tos ferina, el tétano, la viruela, la tuberculosis, la hepatitis B, la fiebre amarilla, los estragos del SIDA, la malaria y la tuberculosis en el continente africano, que acortan la esperanza de vida de muchos de sus pueblos.
Estas manifestaciones de verdad no pueden ser eternas y para combatirlas, Taiwán comparte con otras naciones algunos de sus éxitos y experiencias ofreciendo ayuda médica y humanitaria a más de 80 países en los cinco continentes; organizando foros internacionales, talleres y seminarios sobre salud pública; financiando programas de erradicación de enfermedades infecto-contagiosas; modernizando hospitales.
Sin embargo, Taiwán no puede compartir provechosamente todos sus éxitos y recursos en materia de salud con el resto de la humanidad porque, a partir de 1972, ha sido marginada de la Organización Mundial de la Salud, cuando fue forzada a abandonar esa organización como resultado de la admisión de la República Popular China a la ONU. Desde entonces, también tiene oficialmente negada la información, cooperación, contribuciones y beneficios del sistema global en políticas de salud, así como el intercambio tecnológico y el monitoreo, la prevención y cura de enfermedades epidémicas.
Semejante situación ha socavado, en ciertos momentos, la salud y bienestar de los taiwaneses. Tal como sucedió en 1998 cuando se impidió que expertos de la OMS ayudaran a Taiwán a combatir un mortal brote de enterovirus. Y al año siguiente, al obstaculizarse el embarque de equipamiento médico de emergencia y la asistencia en el rescate que la Cruz Roja Internacional y la Federación de Rusia ofrecían a los damnificados del devastador terremoto que dejó más de 2,400 muertos y 10,000 heridos.
La exclusión de Taiwán de la OMS es una injusticia internacional no sólo para los 23 millones de habitantes de la isla; sino también para todos los que poblamos la Tierra, porque crea un vacío en la prevención y propagación de enfermedades, como la que nos agobia hoy.
Las mejores muestras de esta verdad concreta en Taiwán se observan en las más de 18 mil instituciones que ofrecen asistencia sanitaria; en la existencia de un médico por cada 649 personas y un dentista por cada 280; en las 30 camas de hospital por cada diez mil habitantes; en el sistema universal de seguro social (el primero en Asia), que cubre al 97% de la población; en el bajo índice de mortalidad materno- infantil (6.9 por cada 10,000), comparable con los de países desarrollados y en la emprendedora industria farmacéutica que explora nuevos medicamentos contra el cáncer, las enfermedades virales y los males cardiovasculares crónicos. Además, Taiwán tiene el mejor programa de planificación familiar de los países en vías de desarrollo.
Desde los años cincuenta, Taiwán erradicó las enfermedades infecciosas como la viruela, la rabia y la malaria. Y desde inicios de la década del ‘80 no se ha registrado ningún caso de polio.
Con respecto a la última epidemia del Síndrome Respiratorio Agudo Severo (SRAS), la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado que Taiwán no es un área de alto riesgo y que no existen evidencias de propagación internacional desde ese país, a diferencia de otros países asiáticos donde éstas sí son manifiestas.
Esta verdad concreta le ha permitido a Taiwán ocupar el segundo lugar entre los países desarrollados y recientemente industrializados, en lo que al ejercicio de la medicina se refiere.
Junto a estas pruebas de verdad concreta existen otras: el fallecimiento inútil de más de un millón de niños al año en todo el mundo, la falta de inmunización contra la polio, la difteria, la tos ferina, el tétano, la viruela, la tuberculosis, la hepatitis B, la fiebre amarilla, los estragos del SIDA, la malaria y la tuberculosis en el continente africano, que acortan la esperanza de vida de muchos de sus pueblos.
Estas manifestaciones de verdad no pueden ser eternas y para combatirlas, Taiwán comparte con otras naciones algunos de sus éxitos y experiencias ofreciendo ayuda médica y humanitaria a más de 80 países en los cinco continentes; organizando foros internacionales, talleres y seminarios sobre salud pública; financiando programas de erradicación de enfermedades infecto-contagiosas; modernizando hospitales.
Sin embargo, Taiwán no puede compartir provechosamente todos sus éxitos y recursos en materia de salud con el resto de la humanidad porque, a partir de 1972, ha sido marginada de la Organización Mundial de la Salud, cuando fue forzada a abandonar esa organización como resultado de la admisión de la República Popular China a la ONU. Desde entonces, también tiene oficialmente negada la información, cooperación, contribuciones y beneficios del sistema global en políticas de salud, así como el intercambio tecnológico y el monitoreo, la prevención y cura de enfermedades epidémicas.
Semejante situación ha socavado, en ciertos momentos, la salud y bienestar de los taiwaneses. Tal como sucedió en 1998 cuando se impidió que expertos de la OMS ayudaran a Taiwán a combatir un mortal brote de enterovirus. Y al año siguiente, al obstaculizarse el embarque de equipamiento médico de emergencia y la asistencia en el rescate que la Cruz Roja Internacional y la Federación de Rusia ofrecían a los damnificados del devastador terremoto que dejó más de 2,400 muertos y 10,000 heridos.
La exclusión de Taiwán de la OMS es una injusticia internacional no sólo para los 23 millones de habitantes de la isla; sino también para todos los que poblamos la Tierra, porque crea un vacío en la prevención y propagación de enfermedades, como la que nos agobia hoy.