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Tarea del ministro de Educación


Entre los muchos problemas que tiene que afrontar la administración de un gobierno democrático, como el nuestro, se destacan aquellos que atañen directamente a la educación del pueblo. Es por ello que la persona a quien el presidente de la República confíe la cartera de Educación, debe reunir no sólo títulos que lo acrediten como un profesional en una determinada disciplina, sino experiencia docente y administrativa probada, sobre todo en los niveles de enseñanza básica y media, así como suficiente dominio en el conocimiento de la historia de la Educación Nacional, para que no resulte ser un "aprendiz" o un "improvisado" más de los tantos que han transitado como tal, en la rectoría del Ministerio de Educación.
Existe, pues, una realidad primordial en todo esto: la actitud y la mentalidad del ministro de Educación ante los muchos y complejos problemas propios del sistema educativo nacional. A nuestro juicio, el ministro de Educación debe estar bien enterado de los asuntos educativos nacionales -desde los problemas de orden económico hasta de los de carácter técnicos y administrativos- para que pueda disponer de una actitud científica altamente pedagógica que le permita observar las cosas con objetividad y proceder como un verdadero ejecutivo en función docente, eminentemente educativa. Hemos dicho que debe estar bien enterado de los problemas educativos, para que no caiga en la rutina que fácilmente somete a los ministros del ramo, la influencia negativa de los tentáculos invisibles de un pulpo mágico que vegeta en el Ministerio de Educación, y que todavía, a pesar de los años de brega y de esfuerzos por el mejoramiento integral de la educación, sigue imponiéndose en la rectoría máxima de la Educación Nacional.
Recomendamos al ministro -quien quiera que fuere- sobre todo a aquél que no haya ejercido como maestro en zonas rurales, acostumbrarse a realizar visitas periódicas, bien planificadas, a los distintos lugares de la República, a las escuelas enclavadas en zonas de difícil acceso, para que conozca la realidad de la educación en los lugares más apartados del Istmo; para que observe en el terreno de las realidades, cómo y en qué condiciones trabaja el maestro y el profesor rural en Panamá; que sepa dónde se necesitan edificio escolares, según las condiciones de la zona y del lugar, y cuál ha de ser la participación de la comunidad local en su construcción y conservación; que pueda conversar con el maestro y con el profesor en forma franca y amistosa para estimularlo por la gran labor que se realiza --no con pocos sacrificios-- en aquellas zonas apartadas de nuestra geografía.
En el Ministerio de Educación ha de encontrar el ministro de turno, en las distintas Direcciones, Departamentos y Secciones de la planta principal, así como en las Direcciones Regionales o Provinciales y en algunos colegios y escuelas, muchos funcionarios y docentes dados a la rutina; y otros que, por la edad avanzada y por la salud resentida, ya no pueden rendir más de lo que han podido hacer (estos casos merecen la separación que justifica una jubilación ganada); encontrará también los "consejeros y/o consultores" más caracterizados por ostentar influencia personal, que por servir como es debido; encontrará los eternos lamentos de quienes sólo aspiran a aumento de salario, a veces sin créditos y sin fundamento en el trabajo rendido; encontrará en fin, un ministerio que requiere reorganización, pero una reorganización que sea funcional en la medida que redunde en beneficio de la enseñanza y la cultura panameña. No puede ni debe ser para acomodar a los nuevos "amigos" o a sus parientes. Ha de ser, repetimos, funcional, dinámica y nacional. La Nación panameña necesita ministros de Educación, que asuman una nueva mentalidad, cada uno en su oportunidad y en su momento, con espíritu de hacer cosas mejores (no demostraciones efectistas), de producir y hacer producir educación. ¡Ciudadanas y ciudadanos panameños: el Canal es nuestro y debemos mejorarlo!
(*)Especialista en Planificación y Administración de la Educación.
Respeto enormemente la honestidad intelectual del Dr. Stanley Heckadon, con quien compartí toda una jornada de información en Punta Galeta, pero creo que con otros estudios de organizaciones o empresas dedicadas específicamente a evaluar impactos ambientales, el Dr. Heckadon se sentiría más respaldado y quizá comparta conmigo que en todo estudio científico la autoridad personal posee un valor importante pero relativo. Con el respeto debido a quienes han opinado que el impacto ambiental en la cuenca del Canal es bajo, hasta donde he obtenido información, se me hace muy difícil y prematuro por las consecuencias que acarrea, admitir tal afirmación sin disponer de otros estudios más precisos y exhaustivos.
Por último, si el gobierno lo estima conveniente -porque si se quiere, sí se puede- este referendo debiera ser postergado el tiempo suficiente para poder analizar el problema con ojos de patólogo, con la evidencia en la mano y no quedarnos sólo con los "diagnósticos presuntivos" de una distinguida junta médica.
(*)Antropología Cultural. Marvin Harris, Alianza Editorial, 7ª reimpresión, 2005.

101 años de Panamá América

 
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