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Tasa de aseo en las playas


La Procuradora de la Administración, Alma Montenegro de Fletcher, con muy buen juicio, ha opinado en términos favorables sobre la iniciativa de la gobernadora de la provincia de Panamá, Irlena Brown, de fijar una tasa de aseo por el uso de las playas. En verdad es lo menos que podía hacerse con el muladar en que las pobres quedan convertidas después de cada paseo en buses.
Da tristeza ver cómo la arena queda cubierta de basura de todo tipo, incluyendo objetos peligrosos, como fragmentos de vidrio. Pero no sólo es eso, es contaminación que mata la flora y la fauna marina y atenta contra todo el ecosistema. De todo hay: bolsas plásticas, platos y cubiertos desechables, pañales, latas de cervezas, botellas plásticas y de vidrio; espinas, toallas sanitarias, desechos de alimentos, latas de sardinas e inmundicia por doquier.
Frente al problema, que afecta también las riberas de ríos y lagos, hay correctivos que pueden implementarse. Uno de ellos es precisamente el que nos ocupa, esto es el cobro de una tasa de aseo para limpiar parte de todo aquello, puesto que es imposible físicamente asear estas áreas por completo. Para hacerlo, sería menester contar con aspiradoras y limpiadoras mecánicas como las que cada noche asean las arenas de Río de Janeiro y Miami, por mencionar algunas.
Pero hay que regular la cantidad de buses y visitantes, porque no todas las playas tienen la misma capacidad; y hay que emplazar vigilancia suficiente, que cuide de la conducta y la vida de los usuarios. Y todo eso cuesta. En ciertos lugares, incluso, hay que imponer severas restricciones y reservarlas para uso estrictamente turístico o residencial.
Proponemos por eso, clasificar las playas por categorías, de modo que cada una de ellas refleje la densidad máxima permitida y la tasa de aseo que corresponda, al igual que el tipo de servicio que las autoridades municipales deben brindar (aseo, vigilancia, etc.). La misma clasificación A, B y C, permitiría definir el destino para su adecuado uso, por ejemplo: público en general (A), residencial (B) y turístico (C). Eso es aprovechar los recursos naturales con inteligencia, al tiempo que se vela por su conservación y se les saca máximo provecho.
Es el “capital golondrina”, que viene en grandes cantidades, se queda un rato ganando con la tasa de interés y la fluctuante tasa de cambio, y se va a otro lado donde le garanticen más fortuna, dejando una secuela social indescriptible. ¡Lo más triste es que no produce, ni crea puestos de trabajo!
Un reporte de la UNCTAD (Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo) estima que el 95% (del capital en intercambios internacionales) se usa actualmente para la especulación. Quiere decir que sólo un 5% se destina al comercio e inversión.
¿Crisis financieras? Sólo la magnitud de dinero alcanzada por los mercados cambiarios (más de 300 mil millones de dólares anuales) me hace dudar de que realmente existan “crisis” financieras. Para tener una idea de esa cantidad, si se apilasen billetes de 10 dólares hasta llegar a esa cifra ¿Qué altura tendría la columna? ¡Señores, de la Tierra a la Luna! ¿Cómo regularlo? Organizaciones sociales, económicas y políticas agrupadas en el Foro Social Mundial estiman que con un impuesto insignificante de 0.1% se podría recoger 100 mil millones de dólares, una cifra superior a la necesaria para costear el financiamiento del acceso universal a los servicios sociales de base (80 mil millones de dólares suplementarios por año).
Es apenas una propuesta para solventar los grandes y graves problemas que afectan a la humanidad.
La Naciones Unidas calculan que se necesitan varios años para reducir la pobreza siquiera a la mitad, con el impuesto se podría hacer en un solo año. Hace falta voluntad política, actitud de los inversionistas o, en su defecto, un movimiento ciudadano de “resistencia intelectual y espiritual”, capaz de elaborar las bases para un nuevo mundo. Otro mundo es posible. ¿Usted qué cree?

101 años de Panamá América

 
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