Taxis y taxistas
Volvemos sobre el tema. El servicio de taxis en Panamá requiere de una pronta y drástica intervención por parte de las autoridades del Tránsito.
En primer lugar, hay en circulación verdaderas matracas que a más del ruido engorroso que hacen sufrir al pasajero y lo sacuden, dan la impresión de que el auto se va a partir en medio del camino. Esto constituye una pésima imagen, especialmente para nuestros visitantes. Si el pasajero desea bajar uno de los vidrios para recibir algo de brisa porque siente calor, no puede lograrlo; las maniguetas de las puertas traseras han sido desprendidas a propósito para no tener que estar subiéndolos cada vez que anteriores usuarios los bajaron.
En cuanto a la presentación de los conductores, en muchos casos resulta deprimente cómo visten. El trato que el pasajero recibe, excepto una minoría verdaderamente caballerosa y complaciente, deja mucho que desear. Muchos de ellos requieren educación. Abusan del uso del claxon y son raros los que manejan juiciosamente. Ellos se creen los reyes de las vías públicas. Se precipitan en ser los primeros en todo trance. En medio de una carrera y sin consulta alguna, conducen al pasajero hacia una estación de gasolina a abastecerse o se bajan del auto para entrar a un establecimiento comercial, diciéndole descaradamente al pasajero que no tardarán en regresar. Y eso no es nada. Con frecuencia la prensa informa sobre taxistas asaltantes, violadores y transportistas de drogas.
La mayoría de los taxistas desconoce los derechos del usuario y a viajar a satisfacción; lo aturden con una música a excesivo volumen que ensordece y que, en la mayoría de los casos, no es más que ruido con instrumentos con letra cursi y cantantes que inspiran compasión.
Por último, nos dijo uno de nuestros colaboradores, algo que presenció hace unos días. En el preciso momento en que él salía de una de las dependencias de la Caja de Seguro Social, llegaron dos taxis. Una señora salió del primero. De inmediato procedió a ayudar a salir del mismo a un hombre joven, asida de sus dos muñecas. Era un tullido pálido y tembloroso que a duras penas podía sostenerse y arrastraba lentamente los pies. Mientras lo dirigían al edificio y ya en media vía, el conductor del otro taxi sonaba su bocina inclementemente. Quizá hasta una bestia se hubiera detenido a esperar que el enfermo terminara de cruzar la vía.
En primer lugar, hay en circulación verdaderas matracas que a más del ruido engorroso que hacen sufrir al pasajero y lo sacuden, dan la impresión de que el auto se va a partir en medio del camino. Esto constituye una pésima imagen, especialmente para nuestros visitantes. Si el pasajero desea bajar uno de los vidrios para recibir algo de brisa porque siente calor, no puede lograrlo; las maniguetas de las puertas traseras han sido desprendidas a propósito para no tener que estar subiéndolos cada vez que anteriores usuarios los bajaron.
En cuanto a la presentación de los conductores, en muchos casos resulta deprimente cómo visten. El trato que el pasajero recibe, excepto una minoría verdaderamente caballerosa y complaciente, deja mucho que desear. Muchos de ellos requieren educación. Abusan del uso del claxon y son raros los que manejan juiciosamente. Ellos se creen los reyes de las vías públicas. Se precipitan en ser los primeros en todo trance. En medio de una carrera y sin consulta alguna, conducen al pasajero hacia una estación de gasolina a abastecerse o se bajan del auto para entrar a un establecimiento comercial, diciéndole descaradamente al pasajero que no tardarán en regresar. Y eso no es nada. Con frecuencia la prensa informa sobre taxistas asaltantes, violadores y transportistas de drogas.
La mayoría de los taxistas desconoce los derechos del usuario y a viajar a satisfacción; lo aturden con una música a excesivo volumen que ensordece y que, en la mayoría de los casos, no es más que ruido con instrumentos con letra cursi y cantantes que inspiran compasión.
Por último, nos dijo uno de nuestros colaboradores, algo que presenció hace unos días. En el preciso momento en que él salía de una de las dependencias de la Caja de Seguro Social, llegaron dos taxis. Una señora salió del primero. De inmediato procedió a ayudar a salir del mismo a un hombre joven, asida de sus dos muñecas. Era un tullido pálido y tembloroso que a duras penas podía sostenerse y arrastraba lentamente los pies. Mientras lo dirigían al edificio y ya en media vía, el conductor del otro taxi sonaba su bocina inclementemente. Quizá hasta una bestia se hubiera detenido a esperar que el enfermo terminara de cruzar la vía.