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Teletones y sociedad civil


Cada año, la teletón repite tres lecciones, que no aprendemos: 1. Que se puede aumentar los impuestos del homo económicus donante; 2, que las donaciones de las empresas, del homo politicus donante y las actuaciones de la farándula, son recuperadas con publicidad gratuita antes y durante la teletón; y 3, que no hay retornos económicos, para los trabajadores voluntarios, (el homo faber), ni el donante común (el simple homo civicus), ya que no pueden deducir sus donaciones de los impuestos.
La teletón creada por Jerry Lewis (1966), e implantada durante la dictadura chilena (1978), para solucionar las nobles causas de la feroz dictadura y alegrar el escalofríante ambiente con donaciones recuperables en publicidad, fue adoptada por mimetismo en Panamá (1984), maratón que continúa propagándose con farándula y animadores, diferenciándose, Francia e Italia que destinan las donaciones a investigaciones específicas, porque osan incluir atracciones más interesantes (escritores, actores e intelectuales) e influyentes formadores de opinión "independientes", porque tienen público cautivo.
Si a la sociedad civil le preocupasen realmente los problemas que podría resolver la teletón, nos interesaríamos en elaborar otra estrategia menos cuestionable como: identificación de problemáticas, prioridades, deducciones y proporciones con que se distribuirían las donaciones, esquema que sería más eficiente y, sobre todo, más equitativo. ¿Por qué no aplicarlo?, porque estamos resignados a que sea una organización la que decide voluntariamente realizar -en nombre de todos-, la frenética pesca televisiva de récord.
Muchos apoyamos las campañas benéficas de las organizaciones de la sociedad civil (iglesias, sindicatos, fundaciones, clubes cívicos, etc.), ya que ellas, contrario a las entidades públicas, tienen mayor aceptación cuando provocan emociones colectivas. En el caso de la teletón, ésta sabe transformar el impredecible éxito de colectar una determinada suma, en una aventura colectiva riesgosa, machacando la subjetividad de la comunidad, para que se sienta responsable de su éxito o fracaso.
Como toda sociedad civil, la nuestra es una "amalgama" de organizaciones sin fines de lucro (defienden intereses y/o ejecutan proyectos, facultadas a recibir recursos públicos vía deducciones fiscales); aquí, sólo describiremos dos relieves del paisaje de las 30,000 inscritas en el Registro Público, ¡436 obtuvieron la personería jurídica en 2006! 789 ong`s han registrado los sectores de trabajo en el MEF: 1. Las de mayor visibilidad defienden intereses o ejecutan obras benéficas, siendo las más aguerridas, aquellas que protegen los intereses dominantes del homo economicus asociado en gremios etc., por lo que no gozan de una opinión pública solidaria; y 2. la mayoría de las organizaciones languidecen, algunas ejecutan proyectos en favor del homo civicus, pocas presionan al Estado y al mercado por el bien común; sobreviven de donaciones deducibles de impuestos, recursos internacionales y financiamientos públicos según la amistad o clientelismo con los gobiernos de turno.
Aun si el concepto de sociedad civil, es ambiguo, es un "espacio" para interactuar del simple homo civicus con el Estado y el mercado, dicho gráficamente por la Real Academia, es "... la sociedad de los ciudadanos... ", concepto que debemos a Hegel, Marx y Groucho, que renació en los años 70 en Europa Central (contra el totalitarismo soviético) y en el tercer mundo, (para acelerar los procesos democráticos); en 1990 emerge, la sociedad civil "mundial" -con una heterogeneidad de visiones: conservadora, reformista, revolucionaria y anarquista-, a pulso con el advenimiento del nuevo "orden" mundial: la globalización, -para imponer el pensamiento y mercado único-, cuyo nombre correcto no abreviado, es "globalización neoliberal".
Nuestra sociedad civil está plagada de ilusiones y contradicciones: sus organizaciones, mientras persiguen una hipotética igualdad de oportunidades (poder de influencia, credibilidad, etc.), sólo logran comprobar, que la mayoría de las desigualdades de condiciones son difícilmente superables, mientras que, la mayoría no practica lo que predica: en el plano interno, se gobiernan con débiles principios democráticos y de autocrítica, rechazan la crítica externa, mientras lanzan punzantes críticas al entorno, etc. -vicios también practicados por todas las iglesias de todos los credos -, suelen ser presididas, por seres de poder, quienes se aferran al cargo; pero en el ámbito internacional, difícilmente logran acreditarse en Naciones Unidas, organismos multilaterales, para participar en reuniones, etc. y captar fondos para programas de emergencia.
Las anémicas agendas de la mayoría de las organizaciones de la sociedad civil interesadas en el bien común, podrían incluir tareas para estimular la participación ciudadana, visto los impactos negativos de la inercia de las mayorías en la realidad sectorial-nacional, como un reto histórico, para superar simultáneamente el letargo y escasa efectividad que les aqueja.
marta.rodriguez@voila.fr

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