Televisión y la alteración cultural
A mediados del mes de Septiembre de 1999, las tres televisoras comerciales del país firmaron con el gobierno nacional una resolución que los obliga a autorregularse y a clasificar su programación de acuerdo al tipo de público televidente. El objetivo del acuerdo era de proteger a la infancia y a la juventud panameña de un mal tratamiento de temas como el consumo de drogas, la violencia, el sexo explícito, la discriminación racial o de género, sin violentar los principios de libertad de expresión ni de difusión; aunque tal norma no contempla sanción alguna hacia las televisoras por el incumplimiento del mismo. (Ver El Panamá América del 19/9/99).
A más de nueve meses de su firma, las televisoras locales continúan con la transmisión de imágenes y mensajes que atentan contra la buena educación, la salud mental y la moral de nuestra sociedad y en particular de nuestra juventud.
Uno de los mayores transmisores de actitudes, de imágenes, de ideas y de futuro para el común de las personas, son los medios de comunicación de masas - mayormente, la televisión, que ha asistido en alterar completamente nuestras vidas.
Nuestro mundo es un lugar tan complejo, sin embargo, la televisión es capaz de solucionar la mayoría de los problemas más difíciles en treinta minutos o en una hora con sus mensajes simplistas e ingenuas que apelan en demasía a la salida más fácil, con una filosofía escapista. El remedio o la solución a muchos de nuestros males o enfermedades, pueden encontrarse en comerciales de treinta segundos; y muchos problemas sicólogos graves y el estrés de la vida moderna, son ahora condensados en programas de treinta minutos, manejadas por anfitriones indocumentados de programas hablados en la televisión y la radio.
Nuestra juventud se encuentra arrinconada con respuestas negativas fáciles, como tomar drogas, tomar alcohol, comer en demasía, adquirir artefactos materiales innecesarios, sexo fácil, etc. Los únicos mensajes que la mayoría de nosotros escuchamos en la televisión son aquellos que anuncian la llegada de lujos materiales, dinero o placer.
Vivimos en una cultura de derroche, orientada hacia la acumulación de propiedad. Una cultura que respeta, protege, elogia y recompensa a las personas con poder; y ese poder es generalmente definido como el dominio sobre personas, recursos, ideas y propiedad. Luego, nos encontramos dominados por aquellas personas que saben manejar mejor el poder.
La televisión, sin duda, es un importante recurso de poder. La lucha por el poder, como norma y meta última, tiende a deshumanizarnos. Una cultura erigida en base al dominio sobre personas y cosas, va en contra de relaciones armoniosas y enfrenta a las personas por el control del uno sobre el otro. Porque aquellos que controlan los medios para satisfacer las necesidades humanas, al mismo tiempo controlan a los humanos con esas necesidades; y la televisión es una fuerza poderosa en la conformación y guía de nuestras vidas, que parece tan natural seguir sus directrices, aún en nuestro detrimento.
La televisión nos puede proveer con conocimientos culturales y tecnológicos, o puede convertirse en un arma de poder, de destrucción y dependencia. Para los poderes que controlan las televisoras, el hombre y la mujer son simples comodidades - objetos del que se pueda disponer a sus antojos, y esto ha traído en consecuencia, un énfasis obsesivo en lo sexual; una apelación comercial sistemática en lo sensual através del empaquetamiento y venta del cuerpo humano - mayormente, el de las mujeres. Esta proliferación pornográfica, el intercambio sexual por seguridad económica, el ser definido en términos de nuestros órganos y no de forma integral y cooperar complaciente y en silencio en nuestra propia difamación, es reflexivo de una "patología social y sexual". El hogar es un refugio de un mundo hostil. Cuando una persona regresa a su hogar, espera encontrar paz, protección y apoyo, y la televisión debe respetar ese deseo.
Los dueños de las televisoras deben tomar nota y evitar contribuir en producir familias disfuncionales. Hay que comenzar a introducir a nuestra juventud a la belleza de los libros y las palabras, limitando su acceso a programas de televisión estériles. Hacer menos, hablar de la muerte en su forma más duradera - la lenta, pero eficiente erosión de la mente. Estoy muy preocupado por la actual y la siguiente generación de panameños. Permitir que continúen en su estado actual dice mucho de nuestra labor tutelar.
A más de nueve meses de su firma, las televisoras locales continúan con la transmisión de imágenes y mensajes que atentan contra la buena educación, la salud mental y la moral de nuestra sociedad y en particular de nuestra juventud.
Uno de los mayores transmisores de actitudes, de imágenes, de ideas y de futuro para el común de las personas, son los medios de comunicación de masas - mayormente, la televisión, que ha asistido en alterar completamente nuestras vidas.
Nuestro mundo es un lugar tan complejo, sin embargo, la televisión es capaz de solucionar la mayoría de los problemas más difíciles en treinta minutos o en una hora con sus mensajes simplistas e ingenuas que apelan en demasía a la salida más fácil, con una filosofía escapista. El remedio o la solución a muchos de nuestros males o enfermedades, pueden encontrarse en comerciales de treinta segundos; y muchos problemas sicólogos graves y el estrés de la vida moderna, son ahora condensados en programas de treinta minutos, manejadas por anfitriones indocumentados de programas hablados en la televisión y la radio.
Nuestra juventud se encuentra arrinconada con respuestas negativas fáciles, como tomar drogas, tomar alcohol, comer en demasía, adquirir artefactos materiales innecesarios, sexo fácil, etc. Los únicos mensajes que la mayoría de nosotros escuchamos en la televisión son aquellos que anuncian la llegada de lujos materiales, dinero o placer.
Vivimos en una cultura de derroche, orientada hacia la acumulación de propiedad. Una cultura que respeta, protege, elogia y recompensa a las personas con poder; y ese poder es generalmente definido como el dominio sobre personas, recursos, ideas y propiedad. Luego, nos encontramos dominados por aquellas personas que saben manejar mejor el poder.
La televisión, sin duda, es un importante recurso de poder. La lucha por el poder, como norma y meta última, tiende a deshumanizarnos. Una cultura erigida en base al dominio sobre personas y cosas, va en contra de relaciones armoniosas y enfrenta a las personas por el control del uno sobre el otro. Porque aquellos que controlan los medios para satisfacer las necesidades humanas, al mismo tiempo controlan a los humanos con esas necesidades; y la televisión es una fuerza poderosa en la conformación y guía de nuestras vidas, que parece tan natural seguir sus directrices, aún en nuestro detrimento.
La televisión nos puede proveer con conocimientos culturales y tecnológicos, o puede convertirse en un arma de poder, de destrucción y dependencia. Para los poderes que controlan las televisoras, el hombre y la mujer son simples comodidades - objetos del que se pueda disponer a sus antojos, y esto ha traído en consecuencia, un énfasis obsesivo en lo sexual; una apelación comercial sistemática en lo sensual através del empaquetamiento y venta del cuerpo humano - mayormente, el de las mujeres. Esta proliferación pornográfica, el intercambio sexual por seguridad económica, el ser definido en términos de nuestros órganos y no de forma integral y cooperar complaciente y en silencio en nuestra propia difamación, es reflexivo de una "patología social y sexual". El hogar es un refugio de un mundo hostil. Cuando una persona regresa a su hogar, espera encontrar paz, protección y apoyo, y la televisión debe respetar ese deseo.
Los dueños de las televisoras deben tomar nota y evitar contribuir en producir familias disfuncionales. Hay que comenzar a introducir a nuestra juventud a la belleza de los libros y las palabras, limitando su acceso a programas de televisión estériles. Hacer menos, hablar de la muerte en su forma más duradera - la lenta, pero eficiente erosión de la mente. Estoy muy preocupado por la actual y la siguiente generación de panameños. Permitir que continúen en su estado actual dice mucho de nuestra labor tutelar.