Tema de Estado: Colombia
APROVECHO LA lejanía del país, para dedicarle algunos pensamientos a un tema que desde hace rato me interesa y preocupa: la situación de Colombia y sus efectos en Panamá.
Como es sabido, aprecio bien al vecino país. Aprendí en mis años de Cancillería a entenderlo bastante bien gracias a imperecederas amistades que mantengo con igual aprecio en el tiempo. Sus diarios, sus editoriales, artículos de opinión y su profundo pensar político, siempre son materia de estudio y de interesantes intercambios de opiniones desde Panamá.
Hace años he dicho y reitero hoy, que después de EE.UU., Colombia es el segundo país con importancia política para Panamá, tanto en su agenda como en su relación. Lo que pasa allá, bueno o malo, tiende a desbordarse hacia acá. Lo estamos viendo hoy, como lo hemos visto en el tiempo. Además, es un proceso de integración casi natural y sin forcejeos.
Cuando hace unos años se produjo el trágico incidente en la frontera del Darién, creo que fue en un lugar llamado La Miel, pensé que había llegado el momento en que Panamá, con el beneplácito por supuesto del gobierno colombiano, tomara y liderara junto a los que quisieran acompañarnos, una jornada internacional en busca de propiciar una salida negociada y pacífica a la crisis violenta que los afecta y que trasciende, en diversa manera, la frontera. Pensé en una iniciativa denominada "Amigos de Colombia", que buscara entendimientos internos desde afuera. Los gobiernos Samper y Pastrana se mostraron reacios a abrir el tema, a internacionalizarlo, si se quiere decir así, a pesar de internacional ser los efectos del mismo. Llegado el presidente Uribe, la cosa tomó otro giro y en foros internacionales él mismo abrió el compás, antes cerrado como asunto interno de los colombianos, razón que también respeto y comprendo.
La idea pensada era que, siendo Panamá un país vecino, desmilitarizado y pagando las consecuencias de la violencia interna de Colombia en variadas formas, desde el problema de inmigración ilegal, hasta el del tráfico de drogas y armas, podía proponer iniciar una gestión internacional que buscara el fin de la tensa situación. ¿Qué buscaba mi idea? Sencillamente, inmunizarnos del problema, teniendo acceso en una mesa internacional a todos los actores del conflicto, actuando de buena fe como amigables componedores. De esta manera, las incursiones violentas que se veían venir con más frecuencia-por suerte no ha sido así-, podían ser minimizadas, habida cuenta nuestro papel en la solución del conflicto. Siempre he pensado y creído en los mecanismos que nos da, sobre todo a los países pequeños y, en el caso panameño, desmilitarizados, las herramientas de la negociación y del diálogo bien entendidos y aplicados ambos, para solucionar todo tipo de conflictos. ¿Qué otra herramienta nos queda? ¿La lucha? Es estúpido tan siquiera ensayar el análisis.
En septiembre del año pasado, a propósito del cambio de gobierno, conocí y conversé con un cercano asesor del presidente Uribe quien, de manera fortuita, me fue presentado por un común amigo colombiano que andaba en los menesteres del cambio de mando panameño. Le hablé en extenso del tema, además, disfrutando al máximo la conversación con un bogotano. Algo me hizo entender que la búsqueda de la solución podía ir en dos órdenes: por la vía militar, minimizando las fuerzas y por la vía política, ampliando los contactos. Esto, claro está, es de mi propia cosecha. Total, y con razón, por qué habría el ilustre conocido dedicarme a mí semejante importancia. Comprendí sí, que Uribe no dejaría la presidencia de Colombia sin haber, por lo menos, reducido, sino acabado con el problema. El tiempo va dando la razón.
Sumo a lo anterior, que jamás he hablado de esto con representantes de nuestros gobiernos, el anterior y el actual, ni lo busco tampoco, pero toco el tema de manera pública porque sigo considerando que el asunto es apropiado abordarlo y airearlo en la medida de lo posible. Ahora veo que el canciller Lewis ha planteado una idea similar o por lo menos de repetir, en alguna forma, el proceso de Contadora, pero en la versión de beneficio para la paz en Colombia. Eso es lo que creo que se ha dicho, idea que es favorable y la reconozco. La iniciativa bien llevada a cabo, nos distingue en el foro internacional y, de pronto, también nos resuelve un problema complejo que sigue afectándonos como nación vecina. Parecerá ambiciosa... quizás lo es, pero se puede intentar, siempre que el gobierno colombiano la vea con buenos ojos y le de su bendición, de lo contrario, no avanzará de ser otra buena conversación de café o un infructuoso esfuerzo por notoriedad internacional, lo cual dudo, ya que la prudencia indica que una cosa como ésta no se lanza sin paracaídas.
El estar lejos hoy de Panamá y por buenas semanas más, me permite tener el tiempo que nuestra realidad interna y política me secuestra casi que a diario, en un país en donde lo accesorio parece decidir la suerte de lo principal, y con el beneplácito tácito o expreso de grandes mayorías, que es lo peor. No faltarán quienes, de manera despistada, piensen que estoy buscando acercamientos, como Presidente de un partido de oposición, con el gobierno. Me anticipo a desmentirlas, pero me ratifico en el criterio de que va siendo hora de que iniciemos un proceso profundo de pensar en cosas de connotación nacional, que las hay y muchas, y que como el tema de Colombia, deben ser reales Temas de Estado.
Como es sabido, aprecio bien al vecino país. Aprendí en mis años de Cancillería a entenderlo bastante bien gracias a imperecederas amistades que mantengo con igual aprecio en el tiempo. Sus diarios, sus editoriales, artículos de opinión y su profundo pensar político, siempre son materia de estudio y de interesantes intercambios de opiniones desde Panamá.
Hace años he dicho y reitero hoy, que después de EE.UU., Colombia es el segundo país con importancia política para Panamá, tanto en su agenda como en su relación. Lo que pasa allá, bueno o malo, tiende a desbordarse hacia acá. Lo estamos viendo hoy, como lo hemos visto en el tiempo. Además, es un proceso de integración casi natural y sin forcejeos.
Cuando hace unos años se produjo el trágico incidente en la frontera del Darién, creo que fue en un lugar llamado La Miel, pensé que había llegado el momento en que Panamá, con el beneplácito por supuesto del gobierno colombiano, tomara y liderara junto a los que quisieran acompañarnos, una jornada internacional en busca de propiciar una salida negociada y pacífica a la crisis violenta que los afecta y que trasciende, en diversa manera, la frontera. Pensé en una iniciativa denominada "Amigos de Colombia", que buscara entendimientos internos desde afuera. Los gobiernos Samper y Pastrana se mostraron reacios a abrir el tema, a internacionalizarlo, si se quiere decir así, a pesar de internacional ser los efectos del mismo. Llegado el presidente Uribe, la cosa tomó otro giro y en foros internacionales él mismo abrió el compás, antes cerrado como asunto interno de los colombianos, razón que también respeto y comprendo.
La idea pensada era que, siendo Panamá un país vecino, desmilitarizado y pagando las consecuencias de la violencia interna de Colombia en variadas formas, desde el problema de inmigración ilegal, hasta el del tráfico de drogas y armas, podía proponer iniciar una gestión internacional que buscara el fin de la tensa situación. ¿Qué buscaba mi idea? Sencillamente, inmunizarnos del problema, teniendo acceso en una mesa internacional a todos los actores del conflicto, actuando de buena fe como amigables componedores. De esta manera, las incursiones violentas que se veían venir con más frecuencia-por suerte no ha sido así-, podían ser minimizadas, habida cuenta nuestro papel en la solución del conflicto. Siempre he pensado y creído en los mecanismos que nos da, sobre todo a los países pequeños y, en el caso panameño, desmilitarizados, las herramientas de la negociación y del diálogo bien entendidos y aplicados ambos, para solucionar todo tipo de conflictos. ¿Qué otra herramienta nos queda? ¿La lucha? Es estúpido tan siquiera ensayar el análisis.
En septiembre del año pasado, a propósito del cambio de gobierno, conocí y conversé con un cercano asesor del presidente Uribe quien, de manera fortuita, me fue presentado por un común amigo colombiano que andaba en los menesteres del cambio de mando panameño. Le hablé en extenso del tema, además, disfrutando al máximo la conversación con un bogotano. Algo me hizo entender que la búsqueda de la solución podía ir en dos órdenes: por la vía militar, minimizando las fuerzas y por la vía política, ampliando los contactos. Esto, claro está, es de mi propia cosecha. Total, y con razón, por qué habría el ilustre conocido dedicarme a mí semejante importancia. Comprendí sí, que Uribe no dejaría la presidencia de Colombia sin haber, por lo menos, reducido, sino acabado con el problema. El tiempo va dando la razón.
Sumo a lo anterior, que jamás he hablado de esto con representantes de nuestros gobiernos, el anterior y el actual, ni lo busco tampoco, pero toco el tema de manera pública porque sigo considerando que el asunto es apropiado abordarlo y airearlo en la medida de lo posible. Ahora veo que el canciller Lewis ha planteado una idea similar o por lo menos de repetir, en alguna forma, el proceso de Contadora, pero en la versión de beneficio para la paz en Colombia. Eso es lo que creo que se ha dicho, idea que es favorable y la reconozco. La iniciativa bien llevada a cabo, nos distingue en el foro internacional y, de pronto, también nos resuelve un problema complejo que sigue afectándonos como nación vecina. Parecerá ambiciosa... quizás lo es, pero se puede intentar, siempre que el gobierno colombiano la vea con buenos ojos y le de su bendición, de lo contrario, no avanzará de ser otra buena conversación de café o un infructuoso esfuerzo por notoriedad internacional, lo cual dudo, ya que la prudencia indica que una cosa como ésta no se lanza sin paracaídas.
El estar lejos hoy de Panamá y por buenas semanas más, me permite tener el tiempo que nuestra realidad interna y política me secuestra casi que a diario, en un país en donde lo accesorio parece decidir la suerte de lo principal, y con el beneplácito tácito o expreso de grandes mayorías, que es lo peor. No faltarán quienes, de manera despistada, piensen que estoy buscando acercamientos, como Presidente de un partido de oposición, con el gobierno. Me anticipo a desmentirlas, pero me ratifico en el criterio de que va siendo hora de que iniciemos un proceso profundo de pensar en cosas de connotación nacional, que las hay y muchas, y que como el tema de Colombia, deben ser reales Temas de Estado.