Tenemos que reconstruir la sociedad civil
La reacción al trágico tiroteo en el bachillerato de Columbine puede ser resumida en una sola palabra: ¿por qué? Desde entonces venimos oyendo las mismas acusaciones de siempre: armas, películas violentas, videos de juegos sadísticos. Restrinjan o prohíban sus ventas -nos dicen- y dejarán de ocurrir estas tragedias.
El cuento "Holocausto terrestre" de Nathaniel Hawthorne, publicado en 1846, nos presenta a la humanidad tratando de alcanzar la paz lanzando a una inmensa hoguera todos los cañones, fusiles y hasta los libros que tengan que ver con el pasado violento de los hombres. En medio de esa gran conflagración, alguien del público grita que falta algo por quemar: el corazón humano porque si éste no se llega a purificar, todas las maldades surgirán de nuevo.
La lección es clara: la bondad es un fundamento de toda sociedad libre que no puede ser impuesta ni legislada, sino que debe surgir de nosotros mismos. No es posible tratar los síntomas y asumir que la enfermedad ha sido curada, como tampoco se puede restaurar el respeto a la vida prohibiendo las armas y los juegos de video. Por más que suene como una herejía, el gobierno no lo puede hacer todo ni la gente debe contar con ello.
Los próceres de nuestra independencia estaban muy conscientes de los límites del gobierno. Reconocían la necesidad de tener instituciones formales como la legislatura y los tribunales, pero también sabían que la nación necesitaba instituciones informales: la familia, el vecindario, las iglesias, los grupos cívicos, colegios y las organizaciones culturales y de caridad que fomentan el espíritu de bondad y la capacidad de autogobernarse.
Nuestros próceres sabían que si los ciudadanos no se inclinaban hacia lo positivo, nunca podrían haber suficientes leyes, regulaciones, policías, tribunales, multas, prisiones (y hoy tendríamos que añadir trabajadores sociales) para obligarlos a portarse bien. Si la democracia va a funcionar, el regulador principal de nuestro comportamiento no pueden ser las órdenes externas de la ley sino las internas de la conciencia, regidas por normas morales ampliamente aceptadas.
Lamentablemente, el crecimiento del Estado de Bienestar a partir de la administración del presidente Johnson ha debilitado a muchas de estas instituciones no-gubernamentales que comprenden la sociedad civil. Los defensores del intervencionismo social quisieron mejorar las funciones caritativas y de mutua ayuda entre vecinos, introduciendo mecanismos coercitivos del gobierno. Equivocadamente pensaron que la ley podía reemplazar la moral.
Muchas de las actividades que moldean el carácter de la gente y que se llevan a cabo en la familia, el vecindario, la iglesia y en las organizaciones filantrópicas pasaron a ser regidas por la ley. Pero lejos de mejorar a la sociedad, la pesada mano del gobierno a menudo alejó a la gente. Ya no hay que ayudar al vecino que perdió el empleo porque éste recibirá un cheque del gobierno, con dinero de contribuyentes anónimos al impuesto sobre la renta. La ayuda caritativa ha sido reemplazada por la ayuda coercitiva.
Y ¿por qué tratar de ayudar al muchacho problemático del vecindario? Las oscuras corrientes de la cultura juvenil parecen influenciar mucho más su personalidad que la gente que lo rodea. Pero como las escuelas públicas ahora funcionan como agencias de servicio social, éstas se ocuparán de él.
Creer que mayor control en la venta de armas u otro tipo de programa gubernamental va a evitar la repetición la tragedia de Columbine es creer en fantasías. Esta terrible tragedia es consecuencia de una tendencia mucho más preocupante, la desintegración de la sociedad civil. Aceptar esa realidad significa también aceptar nuestra cuota de responsabilidad. Y también significa darnos cuenta que el remedio es que los ciudadanos recuperemos el papel que nos corresponde y que ha sido usurpado por el gobierno.
El cuento "Holocausto terrestre" de Nathaniel Hawthorne, publicado en 1846, nos presenta a la humanidad tratando de alcanzar la paz lanzando a una inmensa hoguera todos los cañones, fusiles y hasta los libros que tengan que ver con el pasado violento de los hombres. En medio de esa gran conflagración, alguien del público grita que falta algo por quemar: el corazón humano porque si éste no se llega a purificar, todas las maldades surgirán de nuevo.
La lección es clara: la bondad es un fundamento de toda sociedad libre que no puede ser impuesta ni legislada, sino que debe surgir de nosotros mismos. No es posible tratar los síntomas y asumir que la enfermedad ha sido curada, como tampoco se puede restaurar el respeto a la vida prohibiendo las armas y los juegos de video. Por más que suene como una herejía, el gobierno no lo puede hacer todo ni la gente debe contar con ello.
Los próceres de nuestra independencia estaban muy conscientes de los límites del gobierno. Reconocían la necesidad de tener instituciones formales como la legislatura y los tribunales, pero también sabían que la nación necesitaba instituciones informales: la familia, el vecindario, las iglesias, los grupos cívicos, colegios y las organizaciones culturales y de caridad que fomentan el espíritu de bondad y la capacidad de autogobernarse.
Nuestros próceres sabían que si los ciudadanos no se inclinaban hacia lo positivo, nunca podrían haber suficientes leyes, regulaciones, policías, tribunales, multas, prisiones (y hoy tendríamos que añadir trabajadores sociales) para obligarlos a portarse bien. Si la democracia va a funcionar, el regulador principal de nuestro comportamiento no pueden ser las órdenes externas de la ley sino las internas de la conciencia, regidas por normas morales ampliamente aceptadas.
Lamentablemente, el crecimiento del Estado de Bienestar a partir de la administración del presidente Johnson ha debilitado a muchas de estas instituciones no-gubernamentales que comprenden la sociedad civil. Los defensores del intervencionismo social quisieron mejorar las funciones caritativas y de mutua ayuda entre vecinos, introduciendo mecanismos coercitivos del gobierno. Equivocadamente pensaron que la ley podía reemplazar la moral.
Muchas de las actividades que moldean el carácter de la gente y que se llevan a cabo en la familia, el vecindario, la iglesia y en las organizaciones filantrópicas pasaron a ser regidas por la ley. Pero lejos de mejorar a la sociedad, la pesada mano del gobierno a menudo alejó a la gente. Ya no hay que ayudar al vecino que perdió el empleo porque éste recibirá un cheque del gobierno, con dinero de contribuyentes anónimos al impuesto sobre la renta. La ayuda caritativa ha sido reemplazada por la ayuda coercitiva.
Y ¿por qué tratar de ayudar al muchacho problemático del vecindario? Las oscuras corrientes de la cultura juvenil parecen influenciar mucho más su personalidad que la gente que lo rodea. Pero como las escuelas públicas ahora funcionan como agencias de servicio social, éstas se ocuparán de él.
Creer que mayor control en la venta de armas u otro tipo de programa gubernamental va a evitar la repetición la tragedia de Columbine es creer en fantasías. Esta terrible tragedia es consecuencia de una tendencia mucho más preocupante, la desintegración de la sociedad civil. Aceptar esa realidad significa también aceptar nuestra cuota de responsabilidad. Y también significa darnos cuenta que el remedio es que los ciudadanos recuperemos el papel que nos corresponde y que ha sido usurpado por el gobierno.