Tercer período de Fujimori
Si se recuerda el autogolpe de Fujimori en 1992, que le abrió el camino para disolver el Parlamento y nombrar a otro a su gusto y conveniencia, no debe sorprender que regrese ahora por sus fueros, sin hacerse de paso de mayores problemas para corroborar su designación como el líder más autoritario de América del Sur, según Human Rights Watch.
En apariencia, el mandatario peruano, como cualquier autócrata, padece una obsesión continuista de cepa mesiánica, que lo lleva a considerarse como el salvador de su país. Tal vez los resultados del primer período de 1990-1995 influyeron en el mesianismo de Fujimori. Bajó la inflación que había escalado niveles astronómicos con el gobierno de Alan García. Privatizó empresas estatales deficitarias. Desbarató a las bandas terroristas Sendero Luminoso y Túpac Amaru.
Sin embargo, en el dos mil, las cifras están en su contra. Perú sufre una recesión aniquilante. La inflación es muy baja porque casi no hay consumo. Las empresas privadas hacen malabares para no cerrar. La mitad del fondo de privatizaciones se ha evaporado en compras de armamentos. Y lo que es más grave, los periodistas independientes sufren persecución y acoso, se le arrebató un canal de TV y la nacionalidad peruana a un empresario disidente, y los servicios militares de inteligencia son acusados de graves atropellos contra los derechos humanos.
El cuadro de descalabro económico y moral del régimen lleva a algunos observadores a plantear que Fujimori y sus asesores más cercanos van a la reelección como una estrategia defensiva, esto es para evitar que otro gobierno los investigue y eventualmente los lleve a los tribunales. Cualquiera que sea el fin del reeleccionismo por un tercer mandato, se suceden las protestas dentro y fuera del país dado que el presidente- candidato está usando recursos estatales en su campaña y todo parece conducir a la realización de comicios de dudosos resultados por su control del organismo electoral, el poder judicial, la prensa amarillista subsidiada y la carencia de garantías a los adversarios.
En apariencia, el mandatario peruano, como cualquier autócrata, padece una obsesión continuista de cepa mesiánica, que lo lleva a considerarse como el salvador de su país. Tal vez los resultados del primer período de 1990-1995 influyeron en el mesianismo de Fujimori. Bajó la inflación que había escalado niveles astronómicos con el gobierno de Alan García. Privatizó empresas estatales deficitarias. Desbarató a las bandas terroristas Sendero Luminoso y Túpac Amaru.
Sin embargo, en el dos mil, las cifras están en su contra. Perú sufre una recesión aniquilante. La inflación es muy baja porque casi no hay consumo. Las empresas privadas hacen malabares para no cerrar. La mitad del fondo de privatizaciones se ha evaporado en compras de armamentos. Y lo que es más grave, los periodistas independientes sufren persecución y acoso, se le arrebató un canal de TV y la nacionalidad peruana a un empresario disidente, y los servicios militares de inteligencia son acusados de graves atropellos contra los derechos humanos.
El cuadro de descalabro económico y moral del régimen lleva a algunos observadores a plantear que Fujimori y sus asesores más cercanos van a la reelección como una estrategia defensiva, esto es para evitar que otro gobierno los investigue y eventualmente los lleve a los tribunales. Cualquiera que sea el fin del reeleccionismo por un tercer mandato, se suceden las protestas dentro y fuera del país dado que el presidente- candidato está usando recursos estatales en su campaña y todo parece conducir a la realización de comicios de dudosos resultados por su control del organismo electoral, el poder judicial, la prensa amarillista subsidiada y la carencia de garantías a los adversarios.