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Terrorismo, derechos humanos e ideología


Los derechos humanos son un conjunto de disposiciones de carácter jurídico, plasmados en las leyes y constituciones de casi todos los países del orbe, y que encarnan valores culturales, políticos y morales considerados como de validez universal para la buena y feliz convivencia de los seres humanos. Estos valores y normas, a su vez, se consideran que responden por sí mismos al sentido común y a la experiencia práctica cotidiana de toda sociedad o conglomerado humano. Buscan la paz y estabilidad de todos los pueblos del mundo teniendo su impulso histórico real y efectivo en las revoluciones americana de 1776 y francesa de 1789.
Estos grandes movimientos políticos respondieron a una época, pero que por su gran significación se proyectaron a nivel de casi todo el planeta y ejercen, hoy, un gran peso en la normativa jurídica y en las reglas básicas de convivencia de casi todos los pueblos.
Fue con la Declaración Universal de Derechos Humanos de la ONU, el 10 de diciembre de 1948, que cobra formalidad y valor político un catálogo fundamental de reconocimiento de derechos básicos para cualquier ser humano, habitante de este planeta. Empieza así la universalización de principios generales de convivencia entre todos los pueblos.
222 El terrorismo es una actividad política que usa como sustento ideológico la pobreza y la opresión en diversas formas según el grupo que tome su bandera.
A pesar de todo este proceso de propagación y legitimación de los derechos humanos fundamentales hay algunos puntos controversiales en el sentido de que no es preciso definir con exactitud cuál principio o valor es susceptible de ser categorizado como derecho humano universal; y qué nación puede hacer excepción en cuanto a aceptar como norma de su vida social un principio que pudiera contrariar sus propios esquemas culturales. Estos son aspectos cada vez más relacionados a resistencias políticas de gobernantes que desean mantener algún grado de control absoluto sobre sus pueblos anteponiendo principios de jerarquía moral y jurídica inferior a los plasmados en la Carta Fundamental de la ONU. La relativización por razones culturales de acoger o no como aplicables a su respectivo país el catálogo de derechos humanos tiene cada vez menos peso argumentativo; a la luz de la emergencia de la sociedad globalizada y la materialización de una "sociedad civil transnacional" que rebasa fronteras artificiales construidas en tiempos pasados.
En los tiempos que corren desde el 11 de septiembre de 2001, día en que según algunos empezó el siglo XXI desde el punto de vista histórico-político, ha cobrado importancia en el debate contemporáneo a consecuencia de los hechos precitados, la prevención de ataques terroristas a nivel mundial, sobre todo en los países más poderosos del mundo occidental. Estos países, como Estados Unidos (EU) y sus aliados de Europa y Asia, han experimentado una sensación generalizada de inseguridad y vulnerabilidad ante el avance de fuerzas políticas, ideológicas y étnico-culturales que han logrado acumular poder tecnológico y sofisticación en tácticas de ataque terrorista a sus estructuras de poder.
Es a raíz de estos eventos en donde cobra fuerza la preservación de la democracia y los derechos humanos en la lucha contra el terrorismo.
El problema es definir, ¿quién o qué es terrorismo? La muerte de 3,006 personas en Nueva York y Washington, y la amenaza con ello de la tranquilidad mundial, la libertad y la democracia no sólo de EU, sino del mundo civilizado, creando crisis económica incluyendo a las poblaciones de los países que se buscan reivindicar supuestamente con esos actos; y el uso de la violencia utilizada premeditadamente como ideología antidiálogo y tolerancia; o la muerte no programada ni deseada de tres mil personas en un país cuyos gobernantes asesinan durante años millones de sus compatriotas y etnias marginadas del Estado que gobiernan; y que desde el momento de una intervención humanitaria o militar, como sea el caso, dejan de morir de allí en adelante miles de ciudadanos de ese país por esas causas. Así como debe fortalecerse la institucionalidad y el Derecho Internacional por medio de cortes penales de jurisdicción universal, también debe existir, para casos muy específicos, una fuerza multinacional o el acuerdo entre varios países para lograr corregir situaciones que son flagrantemente denigrantes para todo ser humano.
No obstante, lo que se ve y escucha con cierta frecuencia es la justificación ideológica de porqué ocurren actos terroristas como el del 11 de septiembre u otros como en Colombia o Cuba. El argumento de la relatividad cultural no tiene cabida en ninguno de estos casos como tampoco el de la redención política de grupos oprimidos. Esto se observa como tradición en instituciones supuestamente llamadas para salvaguardar la paz como la ONU y la OEA.
Semanas atrás el delegado de la ONU para Colombia dijo que los grupos guerrilleros como las FARC y el ELN, están compuestos por personas ideológicamente comprometidas. También se admitió a Libia, país terrorista, en la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Se dice, además, que la revolución cubana tiene que ser defendida encarcelando y fusilando a personas que desean huir del infierno castrista. El problema aquí surge desde el momento en que se trata colocar en un plano de igualdad moral ambas situaciones. Lo mismo sucede con el concepto "fuerzas beligerantes", obsoleto a la luz de los hechos del auge de organizaciones terroristas aliadas con la delincuencia transnacional y que comprobadamente demuestran inflexibilidad y el no tener fines nobles y civilizadores. La imbecilidad moral impide verlo de otra manera.
El terrorismo es una actividad política que usa como sustento ideológico la pobreza y la opresión en diversas formas según el grupo que tome su bandera. El justificativo último, expresan quienes practican o apoyan estos grupos terroristas, es que se trata de reivindicaciones que deben ser atendidas a cualquier precio sin medir consecuencias.
Muchas veces se parte de premisas que se creen moralmente superiores, como la redención de la discriminación y la marginalidad ante una potencia imperial o una cultura impositiva.
No creo que la culturización sea un fenómeno de una vía: Estados Unidos es un imperio abierto y que ha llegado a esa cimera posición en función de incorporar culturas y etnias de toda clase, por lo que los argumentos de los antiglobalizadores son pura resistencia ideológica distorsionadora de los hechos.
(eduardo25@cwpanama.net)

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