default

Terrorismo, Washington y Chávez


Caracas (AIPE).- Los ataques terroristas de hace un año generaron una paradoja: por un lado Estados Unidos percibió su vulnerabilidad ante una nueva forma de guerra, pues si bien el terror es un arma antigua, el potencial destructivo de la tecnología moderna transforma el panorama para agresores y agredidos. Por otra parte, el derrumbe de las torres gemelas trajo como consecuencia una revisión fundamental de la política exterior y de seguridad norteamericana, y ha puesto de manifiesto con claridad que en el mundo existe un sólo superpoder, ahora dispuesto a defenderse a toda costa. Por los momentos, y en el futuro previsible, las visiones multipolares son espejismos.
Estados Unidos cambió después del 11 de septiembre; al respecto sería errado abrigar dudas. Pero el mundo sigue mostrando un horizonte de amenazas y peligros, agravados por los dolores de parto que implica el paso gradual hacia un nuevo esquema en las relaciones internacionales. El fin de la guerra fría nos dejó sin un principio de orden. Washington intenta ahora desarrollar otro en torno a la guerra contra el terrorismo. Este proceso, que apenas empieza, será complejo y en ocasiones traumático, como ya puede verse en el debate en torno al "cambio de régimen" en Irak.
Al respecto caben dos observaciones. En primer término, la guerra contra el terrorismo, con el posible uso de armas de destrucción masiva, es un tipo de guerra heterodoxo y no-convencional. Para Washington resultaría irresponsable confiarse exclusivamente en los mecanismos tradicionales del sistema basado en la ONU y sus herramientas de contención. Es importante que lo tome en cuenta, que lo acompañe hasta donde sea razonable, que se apegue al derecho en todo lo que quepa. Pero en esta guerra las acciones preventivas no pueden jamás descartarse. En segundo lugar, el enemigo (el fundamentalismo islámico y otros sectores radicales antioccidentales) no funciona de acuerdo a los conceptos de "racionalidad" acostumbrados. De hecho, su guerra es no-clausewitziana, pues su propósito no es hacer de la guerra -como pedía Clausewitz- un instrumento racional con un claro fin político ("la continuación de la política por otros medios"). La idea, enunciada por al-Queda, de "destruir a los Estados Unidos" es una imagen apocalíptica, no una guía racional.
Esto lo han entendido algunos miembros del gobierno y comentaristas norteamericanos, aunque todavía muchos se resisten, en Estados Unidos y el resto del mundo, a comprender el verdadero significado de los cambios a partir del 11-S del 2001. Las sorpresas apenas empiezan, y en este duro camino el desafío clave para Washington es preservar un equilibrio entre los imperativos de su seguridad y los principios y valores de su tradición democrática. En tal sentido, pienso que Washington debe dejar de lado las ambigüedades en su evaluación de otros regímenes. Así como numerosos dirigentes europeos, en especial los socialdemócratas alemanes, parecen estar hoy más preocupados por Estados Unidos que por el oprobioso régimen de Saddam Hussein, del mismo modo Washington y sus representantes en Venezuela a veces parecen más preocupados por la oposición que por el canallesco régimen de Hugo Chávez, que nos hunde cada día más en un foso de miseria y degradación institucional.
En efecto, si bien Washington ha mantenido cierta distancia crítica con respecto a Chávez y su patética "revolución", le ha proporcionado también una medida de legitimidad democrática que hace rato no es más que una farsa y una impostura, atribuyendo a la oposición toda suerte de males, y desconociendo por completo los enormes esfuerzos que millones de venezolanos comunes y corrientes hacen para resistir el oprobio chavista. En ocasiones, el embajador de Estados Unidos no es capaz de ocultar su desagrado e impaciencia ante las luchas de la oposición democrática, y su mensaje pareciera ser: déjenle tranquilo a Chávez, él envía el petróleo y nos complace. Si Washington cree que con esa línea va a garantizar la estabilidad en Venezuela, se equivoca. Al igual que en el Medio Oriente, la estabilidad no se logra dejando a personajes como Saddam o Chávez hacer de las suyas. Eso es lo que quisiera la monarquía saudita, y por eso se opone a la guerra contra Irak: paralizar las cosas como están. Acá en Venezuela, es bueno que lo sepa la embajada norteamericana, no vamos a permitir que el funesto "orden constitucional" chavista, que ni es orden ni es constitucional, se prolongue, si podemos evitarlo.
*Profesor de ciencia política, Universidad Simón Bolívar.
(c)www.aipenet.com

Y me pregunto: ¿Sabrá el Gabinete de la presidenta Mireya Moscoso el exabrupto en que han incurrido los tecnócratas de la Dirección General de Ingresos del MEF? Si no lo saben es tiempo de reconsideran el caso. Si lo saben en toda su magnitud, entonces "perdonémosles porque no saben lo que hacen".

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América