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Terrorismo y poder nuclear


Decenas de miles de iraníes, convocados por las principales autoridades religiosas y civiles, en la ciudad de Teherán se tomaron las calles y plazas con proclamas de reconcentrada virulencia. Respaldaban la amenaza públicamente hecha por el actual presidente de ese país, Mahmud Ahmadineyad, en el sentido de que "hay que borrar a Israel del mapa", siguiendo las atronadoras proclamas de aquel clérico que incitaba al odio, al revanchismo y la guerra, el ayatolá Jomeini, de tan mala recordación para la paz en el mundo, en razón de que patrocinó a los más rabiosos grupos de asesinos.
Las fulminantes declaraciones de aquel mandatario merecieron repulsa mundial y actualizaron las previsiones respecto a la línea inclinada a la destrucción de los jerarcas iraníes.
El asunto no es para despreocuparse si se analiza que Irán busca con obsesión adquirir o producir armas atómicas. ¿Qué pasaría si los fundamentalistas islámicos tuvieran en sus manos poderío nuclear? Simplemente, proseguirían, con mayor alevosía, su actividad terrorista, a escala planetaria y sin ningún remordimiento, arrasarían con las principales ciudades de quienes consideran sus enemigos. Ya han amenazado lo que acontecería a Israel y eso sin poseer aún los artefactos de muerte colectiva.
No se trata de algo distante para los latinoamericanos y caribeños, en razón de que han sido detectadas, en nuestras latitudes, células del fundamentalismo islámico que estarían realizando subterráneas actividades, en contubernio con narcotraficantes y pandilleros, para aprovecharse de sus ilegales rutas y conexiones. Además, no debe olvidarse que en Buenos Aires, hace algunos años, fueron voladas las sedes de la Embajada de Israel y de la Asociación Mutual Israelita, con centenares de muertos, heridos y cuantiosos destrozos materiales. En estos atentados estuvo presente la siniestra mano de extremistas iraníes camuflados como diplomáticos.
En el libro Narcoterrorismo (Ediciones Nowtilus, España, 2005) del coronel Luis Alberto Villamarín Pulido, se denuncia, con pruebas, las conexiones de las FARC con grupos armados y mafias de por lo menos 18 países, entre ellos con terroristas de Hezbollah y de Al Qaeda, con el propósito de negociar armas y drogas, entrenar expertos en explosivos y coordinar movimientos de lavado de dinero, oro y diamantes, en Panamá, Costa Rica, las Bahamas, Venezuela, Ecuador, Perú, Bolivia, Chile, Paraguay, México, República Dominicana, advirtiéndose que corren igual riesgo los demás países del área centro y sudamericana.
¿No son suficientes motivos para que los latinoamericanos sigamos de cerca las acciones de los extremistas musulmanes?

101 años de Panamá América

 
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