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Tesoros de la pobreza y oración por la patria


Como chiricanos que somos, al llegar al poblado de La Chorrera en el año 70, veníamos procedentes de la comunidad de Manaca Civil, en ese entonces un villorrio que tal vez contaba, hasta donde la memoria me alcanza, con unos veinte ranchos. Aún recuerdo aquella "escuelita" a la que en mis primeros años de primaria, todas las mañanas, antes de iniciar las clases, cantábamos "Mi escuelita (bis) yo la quiero con amor, porque en ella (bis), yo me aprendo la lección". Veníamos procedentes de una pobreza extrema; sin embargo, nuestros padres fueron iluminados por Dios para que salieran de aquella tierra y sin ver lo material de por medio buscaran nuevos horizontes. En La Chorrera, aparentemente, no había nada para mis padres ni el resto de la familia: once hijos los acompañaban y dos de ellos con mujeres procreando. Mi padre empezó a trabajar en una gallinera en donde le pagaban dos dólares por día y sin horario de trabajo de ocho horas, de allí que muchas jornadas eran de seis de la mañana hasta que el sol se ocultara, al menos se garantizaba una comida al día. Nuestra madre enfermó de bronconeumonía y ello porque, al igual que nosotros, dormía en el frío piso de un cuarto de alquiler. En medio de miles de peripecias y angustias, fueron los días, los meses y los años, transcurriendo sin darnos cuenta.
Ramiro fue guardia de seguridad a la tierna edad de 17 años; Anselmo encontró trabajo de lector de medidores en el IDAAN; Delia, una de nuestras hermanas, trabajó como empleada doméstica y durante varios años compró nuestros uniformes escolares y sufragaba nuestra educación para completar la escuela primaria; Venero, uno de los hermanos mayores, se enlistó en la Guardia Nacional; Armando ayudaba a nuestro padre en cualquier "camarón" que saliera (ayudante de un albañil, de un plomero, tirando machete, en fin); los demás, como niños, dependíamos de todos ellos. Dios hizo de nuestra madre una mujer fuerte. Superó la enfermedad y, dando previas gracias a Dios, nuestros progenitores nos acompañan todavía.
Mamá, durante más de doce años, vendió chances clandestinos y con el rédito de ese juego de azar, cuando le quedaba algún "bil", cosa que era muy esporádica, podíamos almorzar macarrones con tuna y desayunar hojaldres con "recolao". La infancia, tampoco la adolescencia, fue fácil para nosotros. De seguro tampoco para cientos de profesionales que hoy se enorgullecen de ser lo que son: hombres de bien para la Patria, Dios y la Familia.
Ramiro estudió leyes; luego lo hice yo; siguió Anselmo y finalmente Luis. Venero llegó a ser oficial de la Guardia Nacional y Armando es el corregidor nocturno de Policía del Distrito de La Chorrera. Otros hermanos no pudieron estudiar, pues como ya lo advertí, desde edades muy tempranas conocieron la fatiga del duro bregar y trabajo. Fuimos creados en un hogar en donde el respeto, la honestidad, la seriedad, la transparencia y la disciplina constituyeron y lo seguirán siendo las bases fundamentales de nuestra formación humana y espiritual. Se me olvidaba hacer mención de nuestra abuela Felipa (q.d.e.p.), madre de nuestro papá, quien todas las mañanas, desde horas muy tempranas, en una vieja banca, casi de modo imperturbable, daba concentrada lectura a la Biblia. Como niños curiosos por saber, cuestión que aún no hemos perdido, la interrogábamos constantemente para que nos diera explicaciones de la Palabra de Dios. Ello explica nuestro indeclinable y reverente temor y respeto a Dios. Nada decimos o hacemos si antes no lo consultamos con el Señor. Hemos procurado, en todo los sentidos, honrar a quienes hicieron de nosotros seres de bien.
Hoy, cuando advertimos, la descomposición social que agobia a la nación entera; cuando vislumbramos que se ha perdido todo respeto por la dignidad y condición humana; que a los niños ya no se les enseña en las escuelas la Oración del Buen Niño; que alumnos y maestros se equiparan en actos y lenguaje irrespetuosos; que el maestro ha dejado de ser el segundo padre para mutarse en "uno más del salón"; cuando miramos con tristeza profunda cómo se vilipendia a la Patria y ésta ya no es la madre nacional por la cual damos la vida y ofrendamos un poema de amor; cuando podemos ver, con nuestros propios ojos, que el niño aprende a delinquir y a ser inmoral porque no recibe buenos ejemplos por parte de la población adulta; confesamos que gemimos por nuestra nación.
Es hora ya de emprender una campaña, permanente, de promoción por la validez, vigencia y respeto de los valores humanos; de hacer entender a nuestros niños que el esfuerzo y la dedicación al estudio, sí tienen sus réditos buenos y positivos; que los futuros hombres y mujeres que habrán de gobernar al país en los años venideros sepan que conducirse con transparencia y moralidad en cada acto público o privado tiene sus premios como lo son la honra, el respeto y la admiración de nuestros congéneres.
La Patria siempre estará agradecida por todos aquellos que han sabido transitar por los senderos de la lealtad y la probidad; nunca ella menospreciará actos de tesón y empeño, pues como buena madre, sabe interpretar que los buenos hijos honran a sus progenitores y en consecuencia ella les devuelve, igualmente, honra y respeto.
La Patria sufre con cada acto bochornoso de uno de sus hijos. ¡Cuánto más si ellos ejercen el poder político de la República! Ante el Altar de la Patria, los compatriotas serios, conjuramos a quienes les han venido haciendo tanto daño a Panamá. ¡Nunca antes se había observado tanta angustia y pobreza en nuestro pueblo; tanto desempleo y miseria; es el colmo de los colmos: que sean nuestros propios connacionales quienes subyuguen con la incapacidad y la mediocridad rampante a nuestro propio pueblo¡ ¡Toda subyugación sea conjurada, desde ya y por siempre¡ ¡Basta señora Presidenta de tratarnos como comensales de su hacienda! Ya lo dijo el Dr. Carlos Iván Zúñiga en histórico salvamento de voto cuando se juzgó al ex presidente Marcos Robles por coaccionar el voto en plenas elecciones: "Esa conducta del Presidente de la República, de parcialidad política, genera un estado colectivo de temor en el empleado público, que sólo encuentra abrigo para su estabilidad, en la sumisión política al candidato del mismo Presidente. Esa sumisión política es el fruto de la coacción que prohíbe y sanciona la Constitución Nacional".

101 años de Panamá América

 
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