Testigo
Hablar de Arrupe, del Padre Pedro Arrupe, ex general de los jesuitas, ya fallecido en el aniversario de su nacimiento y víspera de la congregación General 35, suscita mucho interés en sus admiradores.
Plurales son los aspectos de su vida que son motivo de comentarios; pero en la historia va quedando como el gran Profeta del Vaticano II.
Me limito a recordar un pasaje intransferible de su vida religiosa totalmente entregada a Dios cuando estuvo de Maestro de Novicios en Japón.
En 1937, al llegar al Japón, se fragua el Arrupe Misionero que quedará abierto al mundo entero para siempre. Su visión del mundo lo desoccidentaliza y le prepara para el diálogo con todas las religiones. Frente al puerto de Yokohama exclamará: ?Me encuentro aquí entéramente en mi centro?. La brutal experiencia de Hiroshima (1945) le dejará marcado para siempre. Citemos sus propias palabras del libro ?Ese Japón increíble: Memoria del padre Arrupe?, publicado por el Siglo de las Misiones, Bilbao 1965, pp. 173-175: ?8:15 a.m. Catarata que a lo lejos rompe? aterradora?aquella fuerza gigantesca que creíamos iba a desgarrar el edificio por los cimientos, nos tiró por el suelo con la bofetada de su empuje.
Vimos el solar arrasado de lo que fue Hiroshima? nos quedamos clavados en el suelo. Un avión B-29, una columna roja de llamas, cayó rápidamente y estalló de nuevo? trueno espantoso? insoportables ondas de calor cayeron sobre la ciudad arrasándolo todo?. Al día siguiente, una gigantesca montaña de nube se arremolinó en el cielo. En el mismo centro de la explosión apreció un globo de cabeza terrorífica. Y con él una ola gaseosa, a 5,000 millas por hora de velocidad, barrió todo lo que encontraba en un radio de seis kilómetros. Por fin diez minutos más tarde una especie de lluvia negra cayó en el noroeste de la ciudad. Los gritos de todo sufrimiento humano serían eco de aquellos escuchados en Hiroshima, ?ecos de un inmenso aullido?.
Son las expresiones emocionadas de este misionero vasco que, como testigo presencial, sobrevivió el holocausto atómico de Hiroshima que para nosotros, olvidadizos, nos recuerda hoy todavía lo que ha hecho el ser humano con los poderes científicos que ha alcanzado. Que la memoria de Arrupe nos lleve a luchar por la paz como prioridad ineludible.