Tiempo para retirarse
Carlos Menem ha puesto el punto final a su carrera política, aunque él o su esposa no lo quieran reconocer. No tiene nada más que hacer sino resignarse. Pero es que en el campo político, y casi me atrevo a decir que en todos los campos, es difícil aceptar que ya se ha llegado al final.
Todos conocemos casos de boxeadores que fueron imbatibles, pero que al pasar los años, por sus desórdenes y excesos, volvieron a enfrentamientos tardíos que sólo produjeron dolor y tristeza en sus nostálgicos fanáticos. Lo mismo puede suceder a la bella mujer que, después de muchos años de lucir sus encantos, no quiere aceptar que sus mejores momentos ya pasaron, y se expone a la burla de quienes ven su imposible retorno.
El gran novelista francés Honorato de Balzac, que escribió en menos de veinte años su inmensa obra La Comedia Humana, murió agotado al cumplir los 50 años. Y el enorme poeta y prosista Víctor Hugo, que murió a los 83, desde los 70 escribió solamente obras mediocres que más bien desmerecieron sus libros inmortales.
El tenor italiano Luciano Pavarotti (67) ha anunciado que se retirará de la música dentro de dos años, porque le llegó el momento “en que quiero decir basta. Ningún artista es inmortal, ni siquiera yo”.
El soberbio escritor colombiano Vargas Vila, en una de sus últimas obras señalaba: “Si me he detenido y, hago detener la atención de los otros ante este libro, no es porque él valga más que los otros míos, sino por el valor que le da la hora de mi vida en que ha sido escrito. Porque a esta hora en que otros retroceden, yo avanzo; porque a pocos metros de mi tumba, yo no alzo los ojos al cielo, para buscar a Dios, ni los bajo sobre la tierra, para buscar consuelo”.
La verdad es que cuando Vargas Vila escribió esto, estaba liquidado física y mentalmente. Para él ya todo había terminado, como decía Bolívar en sus últimos momentos.
222Todos conocemos casos de boxeadores que fueron imbatibles, pero que al pasar los años, por sus desórdenes y excesos, volvieron a enfrentamientos tardíos que sólo produjeron dolor y tristeza...
Pero volviendo a la política: no hay retorno al fulgor y la gloria. A veces los pueblos insisten en reverdecer los laureles marchitos de sus líderes, y se produce el regreso, por ejemplo de Perón. El viejo caudillo vivía tranquilo en su mansión de Madrid; no quería volver a su país porque sabía, íntimamente, que sus mejores tiempos habían pasado; pero su esposa y sus ambiciosos asesores en el destierro querían tomarse el poder a su costa, y se produjo su retorno. El viejo y cansado líder no podía controlar la borrascosa situación que produjo su regreso, y ante el desastre, dicen, se hacía el enfermo para no ir a la Casa Rosada, donde sólo le esperaban problemas que sabía no podía resolver. El pobre viejo, al volver, no hizo más que echar leña al fuego que desembocó en una trágica dictadura militar.
Me adelanto a los que citarían excepciones como las de Winston Churchill, De Gaulle y el casi seguro retorno al poder de Endara en nuestro país. Pero estoy hablando de la mayoría que quiso volver al poder y no pudo, y que si lo logró, su regreso pasó con más penas que glorias.
Recordemos el triste y fatal retorno de Napoleón, que volvió para quedar destruido en Waterloo. “Pasa una generación, y llega otra generación”, dice el Eclesiastés.
Durante más de veinte años mantuve una columna diaria en varios periódicos de nuestro país. Todos los días, fácilmente, redactaba aquellos artículos. Pero, cuando hace poco me hablaron de un posible retorno a la columna diaria, reconocí que, posiblemente, no me resultaría fácil cumplir con esa responsabilidad. Sigo manteniendo un programa radial todos los días, y sumarle a este compromiso el escrito que me exigiría el periódico, resultaría agotador.
Me gustaría volver con una crónica semanal, como hacen sensatamente los viejos y aguerridos colegas Guillermo Sánchez Borbón y Carlos Iván Zuñiga. Debemos reconocer el momento en que el tiempo y las energías nos dicen ya no más.
Todos conocemos casos de boxeadores que fueron imbatibles, pero que al pasar los años, por sus desórdenes y excesos, volvieron a enfrentamientos tardíos que sólo produjeron dolor y tristeza en sus nostálgicos fanáticos. Lo mismo puede suceder a la bella mujer que, después de muchos años de lucir sus encantos, no quiere aceptar que sus mejores momentos ya pasaron, y se expone a la burla de quienes ven su imposible retorno.
El gran novelista francés Honorato de Balzac, que escribió en menos de veinte años su inmensa obra La Comedia Humana, murió agotado al cumplir los 50 años. Y el enorme poeta y prosista Víctor Hugo, que murió a los 83, desde los 70 escribió solamente obras mediocres que más bien desmerecieron sus libros inmortales.
El tenor italiano Luciano Pavarotti (67) ha anunciado que se retirará de la música dentro de dos años, porque le llegó el momento “en que quiero decir basta. Ningún artista es inmortal, ni siquiera yo”.
El soberbio escritor colombiano Vargas Vila, en una de sus últimas obras señalaba: “Si me he detenido y, hago detener la atención de los otros ante este libro, no es porque él valga más que los otros míos, sino por el valor que le da la hora de mi vida en que ha sido escrito. Porque a esta hora en que otros retroceden, yo avanzo; porque a pocos metros de mi tumba, yo no alzo los ojos al cielo, para buscar a Dios, ni los bajo sobre la tierra, para buscar consuelo”.
La verdad es que cuando Vargas Vila escribió esto, estaba liquidado física y mentalmente. Para él ya todo había terminado, como decía Bolívar en sus últimos momentos.
222Todos conocemos casos de boxeadores que fueron imbatibles, pero que al pasar los años, por sus desórdenes y excesos, volvieron a enfrentamientos tardíos que sólo produjeron dolor y tristeza...
Pero volviendo a la política: no hay retorno al fulgor y la gloria. A veces los pueblos insisten en reverdecer los laureles marchitos de sus líderes, y se produce el regreso, por ejemplo de Perón. El viejo caudillo vivía tranquilo en su mansión de Madrid; no quería volver a su país porque sabía, íntimamente, que sus mejores tiempos habían pasado; pero su esposa y sus ambiciosos asesores en el destierro querían tomarse el poder a su costa, y se produjo su retorno. El viejo y cansado líder no podía controlar la borrascosa situación que produjo su regreso, y ante el desastre, dicen, se hacía el enfermo para no ir a la Casa Rosada, donde sólo le esperaban problemas que sabía no podía resolver. El pobre viejo, al volver, no hizo más que echar leña al fuego que desembocó en una trágica dictadura militar.
Me adelanto a los que citarían excepciones como las de Winston Churchill, De Gaulle y el casi seguro retorno al poder de Endara en nuestro país. Pero estoy hablando de la mayoría que quiso volver al poder y no pudo, y que si lo logró, su regreso pasó con más penas que glorias.
Recordemos el triste y fatal retorno de Napoleón, que volvió para quedar destruido en Waterloo. “Pasa una generación, y llega otra generación”, dice el Eclesiastés.
Durante más de veinte años mantuve una columna diaria en varios periódicos de nuestro país. Todos los días, fácilmente, redactaba aquellos artículos. Pero, cuando hace poco me hablaron de un posible retorno a la columna diaria, reconocí que, posiblemente, no me resultaría fácil cumplir con esa responsabilidad. Sigo manteniendo un programa radial todos los días, y sumarle a este compromiso el escrito que me exigiría el periódico, resultaría agotador.
Me gustaría volver con una crónica semanal, como hacen sensatamente los viejos y aguerridos colegas Guillermo Sánchez Borbón y Carlos Iván Zuñiga. Debemos reconocer el momento en que el tiempo y las energías nos dicen ya no más.