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Tiempos de incertidumbre


Fue, con toda seguridad, el sociólogo ecuatoriano Agustín Cuevas quien, en un libro premonitorio, denominó a nuestra época "tiempos conservadores". Fallecido prematuramente sólo logró atisbar la tendencia de lo que se nos venía encima. Era, realmente, una llamada de alerta más que una visión pesimista. Luego y sólo para contrastar, leí en un historiador, cuyo nombre se me escapa ahora, que "el presente era la suma de todos los errores del pasado", perspectiva de un ultra-pesimismo que me afectó por mucho tiempo. Porque crecí, intelectualmente, con la visión de progreso y de que nosotros éramos los sujetos de la historia, que encarnábamos la racionalidad de la historia.
Salí de ese estado por causa de una frase infantil de mi nieto mayor que, con la sinceridad que da la inocencia, me preguntó ¿abuelo, tú eres capitalista, comunista u optimista?, a lo que no tuve más remedio que responderle que optimista. A pesar de la historia de los últimos 50 años de América Latina y del mundo, los socialistas no tenemos derecho a ser pesimistas y, muy por el contrario, tenemos la obligación de ser optimistas. A pesar de que en ello se nos vaya la vida. Todo esto viene a cuento de que al analizar el panorama mundial (la escena mundial la llamaría el gran José Carlos Mariátegui) parece ineludible concluir que aún no ha terminado la derechización de Occidente. Mucho menos que ha concluido la ofensiva del imperialismo y del capital globalizado. Lo que no implica ni una visión derrotista ni una perspectiva fatalista.
Empezando con la vieja Europa, el panorama no parece alentador. El fascismo ha aparecido con su mismo rostro en varios países del viejo continente. La última guinda del pastel la representa Francia con dos hechos de gran relevancia: la derrota inesperada del socialismo en la primera vuelta electoral y el triunfo, también asombroso, de Jean Marie Le Pen que lo coloca en segundo lugar y en la segunda vuelta electoral. Muchas explicaciones habrá, sin lugar a dudas, de lo ocurrido, todas válidas. Pero de lo que no cabe duda es que una de los ejes centrales es la poca diferenciación de los candidatos mayoritarios y el cansancio de la población de un sistema político agotado. Ello explicaría, en parte, la alta votación de la otra izquierda y de la extrema derecha. Lo mismo ocurre con la coalición gobernante en Italia, de claro corte fascista o con la derechización de la sociedad española. Sólo para hablar de casos conocidos en nuestros lares. A su vez, ello explicaría la derechización del laborismo inglés o las dificultades de la socialdemocracia alemana. Al parecer, la burguesía europea ha perdido la fe en su propia democracia.
No ocurre cosa distinta en el Oriente medio. Nos hacemos la pregunta en voz alta ¿Qué expresa la política de Ariel Sharon, sino la expresión de los intereses más extremistas de la sociedad israelita?. Ha sido inequívoca la política norteamericana de sostener a Israel como punto clave y gendarme de la región.
La ofensiva sobre América Latina se ha incrementado para terminar cualesquiera foco de resistencia a la política global del imperialismo norteamericano o la menor disidencia de ella. Naturalmente el eje principal lo es Cuba, a la que agreden permanentemente, con la complicidad de los gobiernos serviles del continente. He allí a Uruguay, a México, a Costa Rica, a Perú, a la Argentina, promoviendo resoluciones contra Cuba en razón de derechos humanos que ninguno respeta para sus mayorías empobrecidas. El caso de Vicente Fox es patético. Si no conociéramos la miseria del sur del hermano país, pensaríamos que el actual gobierno mexicano ha resuelto los problemas de pobreza y democracia de todo el país. Sobre Argentina ya todo parece estar dicho. ¿Qué moral puede blandir la cleptocracia gobernante en Argentina para hablar de derechos humanos?. Afortunadamente en Uruguay se han concentrado en la Plaza de los Constituyentes más de 100 mil personas para exigir un cambio político.
La dignidad fue expresada por el voto de Venezuela (junto a Cuba) y por la abstención del Ecuador y Brasil. ¿Y Panamá?. Aquí se presentó una situación risible, por decir lo menos. Panamá no es miembro de la Comisión de Derechos Humanos y, por tanto, no participa ni vota en ella. No obstante solicitó patrocinar la resolución contra Cuba. ¿Por qué razón?. Habrá que preguntarles a los que dirigen nuestra política exterior. Un colofón parece imprescindible. A pesar de todo lo dicho, las fuerzas de resistencia a la ofensiva imperialista crecen aunque aún de manera inorgánica. No cabe duda que los latinoamericanos vivimos en un continente terco. Más temprano que tarde, parafraseando a Salvador Allende, se abrirán las anchas alamedas por donde caminará un hombre nuevo y, digo yo, en un continente nuevo.
(simgonp@sinfo.net)

101 años de Panamá América

 
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