Tiempos difíciles para Venezuela
Descalificar el resultado del referendo revocatorio del domingo pasado argumentando que fue producto de un megafraude, ha dejado a la oposición hablando sola. Estados Unidos, su principal soporte internacional, ha tenido que aceptar a regañadientes la coexistencia con un Hugo Chávez afianzado precisamente por el referendo impulsado por la oposición.
La confirmación del resultado de las urnas por parte de la OEA y del Centro Carter, los mismos que en el 2000 ratificaron la reelección de Alberto Fujimori en Perú, dio por cerrado ese capítulo. La oposición peruana demostró, dos meses después de las elecciones, que efectivamente Fujimori había fraguado el fraude. Los opositores venezolanos han presentado 2,200 actas en las que se repite la cifra tope del sí lo cual, por lo menos, deja dudas acerca de un resultado que no correspondería al voto ciudadano. La convicción de que el régimen chavista siempre arregla las cartas para no perder, es el ingrediente que puede acabar con la confianza de un sector de los venezolanos en el voto como forma pacífica para producir cambios políticos. Lo determinante, más allá de las denuncias de fraude, hay que encontrarlo en la forma cómo el régimen chavista ha creado un vínculo emocional con los marginados, haciéndoles abrigar esperanzas, y sentido de pertenencia.
Hay que reconocer que Chávez es un productor de imágenes y encantamientos. Su lenguaje mordaz, provocativo, casi histriónico, lo convierten en un manipulador de las reacciones colectivas de un sector de la población que nunca había recibido nada concreto del anterior sistema político, corrupto y opulento, que se repartió el poder por 40 años. Sin empleo estable, ni expectativas de mejorar sus condiciones de vida, para los marginados el dinero en la mano y la solución a necesidades inmediatas significa la diferencia entre promesas abstractas de crecimiento económico y creación de fuentes de trabajo.
En Venezuela y en América latina, seis de cada 10 habitantes no ocultan su frustración frente a la democracia tradicional. Si tienen sus necesidades básicas satisfechas, frente a la desigual distribución del ingreso, no hay duda de que respaldarán casi a ciegas a un encantador de multitudes y una especie de fascismo confuso del que habla Umberto Eco. Si hay mejoras en el ingreso familiar, algunas sociedades son capaces de olvidarse de todo, incluso del atropello a las libertades públicas y del terror.
La historia futura de Venezuela está en manos de Chávez. Su determinación a continuar concentrando todos los poderes del Estado alrededor de sí mismo, podría incrementar los riesgos de violencia y alejar las posibilidades de conciliar gobernabilidad con pluralismo. Tiene frente a sí dos países separados. Lo sensato sería reconocer el espacio legítimo de disconformidad que representa el 40% de la población, crear el ambiente adecuado, y dedicarse a gobernar para todos los venezolanos y no solamente para el sector que aplaude su demagogia.
Los llamados iniciales a la reconciliación, fueron enterrados bajo su acostumbrado lenguaje necrofílico con el que llamó imbécil a la oposición y demandó que sea eliminada del mapa democrático del continente. Al atizar la polarización y la ingobernabilidad, Chávez pone su legitimidad en entredicho. Su incapacidad para respetar la disidencia política, ignorando a casi la mitad del país que está en su contra, puede llevar a que se entronicen los extremismos. Ante tal escenario, la oposición debería centrarse en exigirle a Chávez la recomposición de la convivencia, demandarle que se dedique a gobernar el país, pues ha demostrado ser completamente ineficiente en la administración de los recursos del Estado, repitiendo los vicios y la corrupción del pasado, como si los altos precios del petróleo duraran para siempre.
Junto con organizar una campaña de desobediencia civil no violenta, la oposición debería dedicarse a fortalecer los partidos políticos, sus líneas ideológicas y encontrar figuras legítimas y renovadas que marquen una clara diferencia del modelo político del pasado. Así podrían asegurarse cuotas de poder en las elecciones regionales y municipales de septiembre, mientras se preparan para los comicios generales del 2007.
Ante las veleidades autoritarias de Chávez, la oposición debería plantear una visión pragmática de la realidad sin abandonar el escenario democrático. Quizá sea pedir demasiado ante un régimen que se avizora más represivo y que ha encontrado que, por el momento, su fórmula para mantenerse en el poder es dejar fluir hacia los depósitos de EU 1.4 millones de barriles diarios de petróleo.
La confirmación del resultado de las urnas por parte de la OEA y del Centro Carter, los mismos que en el 2000 ratificaron la reelección de Alberto Fujimori en Perú, dio por cerrado ese capítulo. La oposición peruana demostró, dos meses después de las elecciones, que efectivamente Fujimori había fraguado el fraude. Los opositores venezolanos han presentado 2,200 actas en las que se repite la cifra tope del sí lo cual, por lo menos, deja dudas acerca de un resultado que no correspondería al voto ciudadano. La convicción de que el régimen chavista siempre arregla las cartas para no perder, es el ingrediente que puede acabar con la confianza de un sector de los venezolanos en el voto como forma pacífica para producir cambios políticos. Lo determinante, más allá de las denuncias de fraude, hay que encontrarlo en la forma cómo el régimen chavista ha creado un vínculo emocional con los marginados, haciéndoles abrigar esperanzas, y sentido de pertenencia.
Hay que reconocer que Chávez es un productor de imágenes y encantamientos. Su lenguaje mordaz, provocativo, casi histriónico, lo convierten en un manipulador de las reacciones colectivas de un sector de la población que nunca había recibido nada concreto del anterior sistema político, corrupto y opulento, que se repartió el poder por 40 años. Sin empleo estable, ni expectativas de mejorar sus condiciones de vida, para los marginados el dinero en la mano y la solución a necesidades inmediatas significa la diferencia entre promesas abstractas de crecimiento económico y creación de fuentes de trabajo.
En Venezuela y en América latina, seis de cada 10 habitantes no ocultan su frustración frente a la democracia tradicional. Si tienen sus necesidades básicas satisfechas, frente a la desigual distribución del ingreso, no hay duda de que respaldarán casi a ciegas a un encantador de multitudes y una especie de fascismo confuso del que habla Umberto Eco. Si hay mejoras en el ingreso familiar, algunas sociedades son capaces de olvidarse de todo, incluso del atropello a las libertades públicas y del terror.
La historia futura de Venezuela está en manos de Chávez. Su determinación a continuar concentrando todos los poderes del Estado alrededor de sí mismo, podría incrementar los riesgos de violencia y alejar las posibilidades de conciliar gobernabilidad con pluralismo. Tiene frente a sí dos países separados. Lo sensato sería reconocer el espacio legítimo de disconformidad que representa el 40% de la población, crear el ambiente adecuado, y dedicarse a gobernar para todos los venezolanos y no solamente para el sector que aplaude su demagogia.
Los llamados iniciales a la reconciliación, fueron enterrados bajo su acostumbrado lenguaje necrofílico con el que llamó imbécil a la oposición y demandó que sea eliminada del mapa democrático del continente. Al atizar la polarización y la ingobernabilidad, Chávez pone su legitimidad en entredicho. Su incapacidad para respetar la disidencia política, ignorando a casi la mitad del país que está en su contra, puede llevar a que se entronicen los extremismos. Ante tal escenario, la oposición debería centrarse en exigirle a Chávez la recomposición de la convivencia, demandarle que se dedique a gobernar el país, pues ha demostrado ser completamente ineficiente en la administración de los recursos del Estado, repitiendo los vicios y la corrupción del pasado, como si los altos precios del petróleo duraran para siempre.
Junto con organizar una campaña de desobediencia civil no violenta, la oposición debería dedicarse a fortalecer los partidos políticos, sus líneas ideológicas y encontrar figuras legítimas y renovadas que marquen una clara diferencia del modelo político del pasado. Así podrían asegurarse cuotas de poder en las elecciones regionales y municipales de septiembre, mientras se preparan para los comicios generales del 2007.
Ante las veleidades autoritarias de Chávez, la oposición debería plantear una visión pragmática de la realidad sin abandonar el escenario democrático. Quizá sea pedir demasiado ante un régimen que se avizora más represivo y que ha encontrado que, por el momento, su fórmula para mantenerse en el poder es dejar fluir hacia los depósitos de EU 1.4 millones de barriles diarios de petróleo.