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Tiempos perdidos: educación y cultura


Aquellos años de la escuela primaria siempre estarán dentro de mis gratos recuerdos. Se usaba camisita mangas cortas de color blanco y pantaloncito corto gris. Luego cambiaron los colores: camisa tirando a amarillo con pantalón chocolate. En los primeros años se iba a la escuela para cumplir con dos turnos. Era bastante el tiempo que los muchachos pasábamos en la escuela. Cuando entraba una persona al salón todos los estudiantes nos poníamos de pies y solo nos podíamos sentar si el maestro o la maestra daba la orden. Antes de dar inicio a las clases primero se rezaba la oración del Padre Nuestro. No había alumno o alumna que no conociera o supiera recitar el Credo, el Padre Nuestro, el Ave María. Qué decir de la Oración del Buen Niño plagada de promesas de buen comportamiento: no escupir en los lugares públicos, no tirar basura en la calle, no decir palabras sucias, respetar a padres y maestros, ser cortés, en fin.

Se nos enseñaban cantos llenos de armonía y enseñanzas positivas. Recordamos el canto de La Tentación: “Qué linda en la rama la fruta se ve¡. Si lanzo una piedra tendrá que caer. No es mío este huerto, no es mío lo sé: mas yo de esa fruta quisiera comer. Mamá está lejos, papá no me ve, no hay aquí otros niños… ¿quién lo ha se saber? Mas no, no me atrevo; yo no sé por qué, parece que siempre unos ojos me ven… papá no querría besarme otra vez mamá lloraría de pena también. Los maestros dirían tal vez: “¡qué niño tan malo, no jueguen con él”. No quiero, no quiero; yo nunca he de hacer sino lo que haría si todos me ven.

Estas mismas prácticas se hacían manifiestas en los tiempos del primer ciclo y hasta de la secundaria. La formalidad se imponía y exigía presencia en toda nuestra conducta frente a nosotros mismos y ante los demás. El aseo era norma de conducta a seguir diariamente: se examinaban las uñas, el nudo de la corbata, lo largo o corto de las faldas en las muchachas, la forma de la basta en los pantalones de los jóvenes –ay que fuera la llamada “boca de rifle”-, el corte del cabello, el cepillado de los dientes, las uñas no pintadas en las muchachas, nada de colorete ni polvos de maquillar en ellas, en fin.

Lo bueno y más importante, nada de esto nos hizo daño. Aquellas niños y niñas que crecimos en este sistema, hoy hombres y mujeres que rondamos por encima de los cuarenta, seguimos recordando, con cierta nostalgia, aquellos años.

Hoy, nos interrogamos también si es que se produjo un terrible impase al que pudiéramos llamar “Rebelión de las Masas”, recordando aquella obra filosófica de Ortega y Gasset. Luego se les dijo a los muchachos que Dios no existía y que había que sacarlo de las escuelas porque indigestaba la ciencia y la enseñanza objetiva. Vaya, cómo ha decaído nuestro mundo. Aún estamos a tiempo de formar el carácter y la educación de los muchachos. Aun no todo esta perdido. Creo que hay que retornar a las cosas sencillas que formaron a hombres y a mujeres de personalidades fuertes.

101 años de Panamá América

 
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