Tigres de papel
Si algo quedó de manifiesto de la reciente huelga del transporte, es que la altanera dirigencia del sector no es más que un "tigre de papel", tal cual llamaban los chinos comunistas a Estados Unidos durante la Guerra Fría. Es una fiera temible que ruge pero no muerde. Dos días de fracasado paro fue más que suficiente para demostrar este aserto que tuvo durante el gobierno del presidente Guillermo Endara una primera muestra.
Un tigre de papel es cierto, pero en ambos casos, se vio frente a un adversario igual de débil y carente de objetivos. Tras el paro ejecutado contra Endara y una nueva ley de transporte, los dirigentes del sector lograron mediatizar la última con fórmulas que, marginando la participación de los usuarios, propició el desorden y la situación de corrupción generalizada que conocemos.
El paro recientemente levantado, reflejó iguales carencias y debilidades por parte de los transportistas. Un primer día de fortaleza relativa, seguido por un segundo día en que el movimiento se derrumbó en medio de disensiones y acusaciones recíprocas entre distintos grupos de transportistas. Pero igual que aconteció con Endara, no aprovechó el gobierno la ocasión para sentar las bases para una reestructuración total del sector.
Por el contrario, aún vencidos, o más bien rendidos por sus propias debilidades, más que por las fortalezas del Gobierno, los transportistas se salieron con la suya. En efecto, consiguieron un compromiso del Ejecutivo para flexibilizar el decreto sobre concesiones para la importación y distribución de combustible, aspiración de vieja data de los grandes propietarios de vehículos que controlan a las principales organizaciones de transportistas.
Bajo el concepto de flexibilización de las concesiones de distribución, los gamonales transportistas pretenden crear su propia distribuidora y luego guardar para sí las ganancias, mediante el relajamiento de los controles de calidad y garantías de responsabilidad por daños a terceros, y solvencia financiera, contemplada en la actual reglamentación, lo cual constituye un riesgo para los propietarios de vehículos particulares respecto a un nuevo distribuidor que seguramente venderá combustible bajo inferiores criterios de calidad.
Un tigre de papel es cierto, pero en ambos casos, se vio frente a un adversario igual de débil y carente de objetivos. Tras el paro ejecutado contra Endara y una nueva ley de transporte, los dirigentes del sector lograron mediatizar la última con fórmulas que, marginando la participación de los usuarios, propició el desorden y la situación de corrupción generalizada que conocemos.
El paro recientemente levantado, reflejó iguales carencias y debilidades por parte de los transportistas. Un primer día de fortaleza relativa, seguido por un segundo día en que el movimiento se derrumbó en medio de disensiones y acusaciones recíprocas entre distintos grupos de transportistas. Pero igual que aconteció con Endara, no aprovechó el gobierno la ocasión para sentar las bases para una reestructuración total del sector.
Por el contrario, aún vencidos, o más bien rendidos por sus propias debilidades, más que por las fortalezas del Gobierno, los transportistas se salieron con la suya. En efecto, consiguieron un compromiso del Ejecutivo para flexibilizar el decreto sobre concesiones para la importación y distribución de combustible, aspiración de vieja data de los grandes propietarios de vehículos que controlan a las principales organizaciones de transportistas.
Bajo el concepto de flexibilización de las concesiones de distribución, los gamonales transportistas pretenden crear su propia distribuidora y luego guardar para sí las ganancias, mediante el relajamiento de los controles de calidad y garantías de responsabilidad por daños a terceros, y solvencia financiera, contemplada en la actual reglamentación, lo cual constituye un riesgo para los propietarios de vehículos particulares respecto a un nuevo distribuidor que seguramente venderá combustible bajo inferiores criterios de calidad.