¿TLC, bueno o malo?
Se dice sandeces del tratado de libre comercio que se negocia con Estados Unidos. Se afirma que traerá la ruina y el desempleo. Esa es una tontería. Pero igual lo es sostener que será una panacea.
En verdad estos tratados no son ni buenos ni malos, más bien depende de lo que se negocie. En la polémica, uno debe prestar atención a los especialistas, que pueden darnos una idea global de los pro y los contras, porque de eso se trata, de un dar y recibir, en el que se procura que para ambas partes el saldo resulte positivo. Está bien atender las razones de los directamente afectados, comerciantes, productores y consumidores; pero ellos arrojan una visión parcial, puesto que cada uno habla de la fiesta según como le vaya.
Hay que escucharlos a todos, pero sacando uno su propia conclusión. Nadie tiene la razón y, al mismo tiempo, todos la tienen. Los arroceros y porcinocultores pueden temer a la importación de arroz de grano perfecto y de carne de cerdo baja en grasa, a precios inferiores. Pero las amas de casa y los amigos del buen comer, deben estar encantados. Para unos el tratado es malo y para otros bueno. Lo mejor es tener una visión integral y objetiva. Esto es difícil porque hay intereses.
Cuando un hombre tan inteligente y preparado como el ex presidente Ernesto Pérez Balladares critica el tratado con el argumento superficial de que poco tenemos que vender, no está siendo objetivo. Pero peor lo hace el canciller Samuel Lewis Navarro descalificando el argumento porque aquél no tiene visa. El pueblo merece más respeto de ambos, porque los dos son conocedores del tema. Y con argumentos mediocres están siendo egoístas.
Un buen tratado nos permitiría atraer inversiones de exportación, hoy ausentes por nuestro reducido mercado. Esa inversión genera trabajo y riqueza. Si no lo hacemos, nuestros vecinos de Centroamérica, que ya tienen su tratado, nos sacarán ventaja. Al mismo tiempo, tendremos acceso a productos y servicios más baratos y variados, que reforzarán nuestra posición de Miami latinoamericano, como centro internacional de compras. Obviamente, hay que proteger a nuestros productores contra la competencia desleal y darles plazo para que sean eficientes y migren hacia rubros de exportación. Pero hay que hacerlo. Quedarse afuera, no es una opción.
En verdad estos tratados no son ni buenos ni malos, más bien depende de lo que se negocie. En la polémica, uno debe prestar atención a los especialistas, que pueden darnos una idea global de los pro y los contras, porque de eso se trata, de un dar y recibir, en el que se procura que para ambas partes el saldo resulte positivo. Está bien atender las razones de los directamente afectados, comerciantes, productores y consumidores; pero ellos arrojan una visión parcial, puesto que cada uno habla de la fiesta según como le vaya.
Hay que escucharlos a todos, pero sacando uno su propia conclusión. Nadie tiene la razón y, al mismo tiempo, todos la tienen. Los arroceros y porcinocultores pueden temer a la importación de arroz de grano perfecto y de carne de cerdo baja en grasa, a precios inferiores. Pero las amas de casa y los amigos del buen comer, deben estar encantados. Para unos el tratado es malo y para otros bueno. Lo mejor es tener una visión integral y objetiva. Esto es difícil porque hay intereses.
Cuando un hombre tan inteligente y preparado como el ex presidente Ernesto Pérez Balladares critica el tratado con el argumento superficial de que poco tenemos que vender, no está siendo objetivo. Pero peor lo hace el canciller Samuel Lewis Navarro descalificando el argumento porque aquél no tiene visa. El pueblo merece más respeto de ambos, porque los dos son conocedores del tema. Y con argumentos mediocres están siendo egoístas.
Un buen tratado nos permitiría atraer inversiones de exportación, hoy ausentes por nuestro reducido mercado. Esa inversión genera trabajo y riqueza. Si no lo hacemos, nuestros vecinos de Centroamérica, que ya tienen su tratado, nos sacarán ventaja. Al mismo tiempo, tendremos acceso a productos y servicios más baratos y variados, que reforzarán nuestra posición de Miami latinoamericano, como centro internacional de compras. Obviamente, hay que proteger a nuestros productores contra la competencia desleal y darles plazo para que sean eficientes y migren hacia rubros de exportación. Pero hay que hacerlo. Quedarse afuera, no es una opción.