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TLC con Estados Unidos: mucho apuro trae cansancio


Preocupa enormemente el apuro que se traen los gringos en hacernos firmar un Tratado de Libre Comercio (TLC). Me pregunto: ¿Qué se traen a tan poco tiempo de cambio de gobierno? ¿Cómo explicar ese súbito interés en nosotros? ¿De dónde surge tanta admiración y aprecio? Rebasa mi imaginación, pero de lo que estoy seguro es que no está centrado en nuestros mejores intereses. Como diría mi abuela: “Sal quiere ese huevo”. ¿Cómo explicar su intención de anunciar la apertura de la negociación en abril, a sólo un mes de las elecciones y, sobre todo, con un gobierno que ante todas las probabilidades se convertirá,, en pocos días de iniciado el diálogo, en lo que ellos denominan un gobierno “lame duck” (“pato cojo”: gobierno que tiene sus días contados). Lo menos que se puede catalogar la intención es de ser ilusa e imprudente, pero ellos de tontos no tienen un pelo. Entonces ¿por qué lo hacen? Se puede inferir con toda lógica que buscan influenciar los resultados electorales por las ventajas políticas que le conceden al partido en el poder. Y, por lo tanto, se podría considerar como una burda interferencia en nuestros asuntos internos. Otra consideración sería que apuestan a negociar con ventajas, contado que el evidente entusiasmo que rodea el anuncio en círculos oficiales en lograr un pronto acuerdo (que ellos estimulan), obscurezca la visión de nuestros negociadores y que la pronta firma del tratado se convertirá en su objetivo principal y no su contenido. Las dos posibilidades son factibles. Ustedes juzguen.
El momento escogido para el anuncio, el apuro demostrado, le resta credibilidad a las supuestas buenas intenciones del “buen vecino”. Yo la defino más como una nueva evidencia del poco respeto que nos tienen, ya que estoy seguro que no se atreverían a un acto similar durante una campaña política en Europa o en Brasil o cualquier otro país que le guarden respeto.
Lo cierto es que negociar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos no es tarea para tomarse a la ligera. Aparte de su poderío, no es fácil negociar con un país que aboga por el libre comercio, la liberación de todo tipo de barreras arancelarias y no arancelarias, por un lado; y por el otro, protege mediante subsidios y barreras no arancelarias a su sector agrícola (al acero, también). Para un país como el nuestro, con alta dependencia en una economía agrícola, es particularmente importante medir los efectos en ese sector de la apertura a competencia subsidiada de Estados Unidos. Fíjense lo que pasó con el sector agrícola en México y a los porcinocultores recientemente en El Salvador. ¿Qué decir de los servicios y las profesiones? ¿Estamos preparados para la dura tarea? Lo dudo. ¿Hemos medido las consecuencias? ¿Han participado en la elaboración de la estrategia de negociación los grupos agrícolas mayormente afectados? ¿Existe algún plan para confrontar las indudables consecuencias negativas para algunos del TLC con los gringos? Si todo esto se ha hecho, debe ser un secreto muy bien guardado, pues yo no lo percibo.
¿Qué hemos hecho? Para empezar, nombrar asesores gringos. ¿Ustedes creen sinceramente que firmas consultoras norteamericanas, que esencialmente dependen de su bienestar económico de empresas de su país, negociarán para favorecer intereses extranjeros? ¿Qué les parece? Hubiese tenido mayor sentido escoger asesores chilenos, mexicanos, centroamericanos o singapurenses, más afines a los nuestros.
Mi aprensión aumenta exponencialmente cuando escucho a los proponentes del TLC decir promesas de prosperidad y bienestar social (“aumentarán las inversiones y los empleos”). Igual que el tema de los cambios o reformas a la Constitución, nos lo están vendiendo como otra solución mágica. No les oigo hablar de las indiscutibles consecuencias traumáticas sociales y económicas a corto plazo, ni de las gotas de sacrificio que indudablemente habrá que derramar con la expectativa de logros futuros, ni mucho menos cuáles son nuestros planes para los sectores que serán afectados, especialmente el sector agropecuario, las profesiones y el sector financiero.
Aconsejaría frenar el optimismo desbordado, ejercer mayor prudencia y empezar a preocuparnos por las consecuencias de corto plazo, seguramente no muy gratas. Apresurarnos a negociar es sumamente peligroso. Depender de consultores extranjeros, aumenta el riesgo. Ya nos llevamos un chasco con Buneau Varilla. Al final lo único que lograrán es confirmar el adagio popular de que “tanto apuro trae cansancio”.
Les aconsejo que se lean la carta que por ley ha enviado al Congreso de su país el Sr. Robert Zoellick, Negociador de Estados Unidos (ojalá copiáramos esa iniciativa). La pueden encontrar en www ustr.gov, busquen Panama Letter.
Observarán, que como bien lo dijo un distinguido economista panameño, se trata más de un Tratado Jurídico y no Comercial, ya que de los 37 puntos, sólo seis tienen que ver con intercambio comercial.
Dejaré para otra ocasión la carta de Zoellick, pero les adelanto será muy interesante ver qué proponen nuestros flamantes negociadores (¿quiénes son?) ante los temas de control de corrupción, transparencia en el manejo de la cosa pública, inseguridad personal y jurídica, protección de marcas, régimen laboral, trato preferencial para empresas norteamericanas en las obras de expansión del Canal, asuntos de alta prominencia en el TLC de marras.

101 años de Panamá América

 
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