TLC y otros cuentos
Los panameños vivimos con la impresión de que somos un país importante para los norteamericanos. Esta ilusión nace de la supuesta "relación especial" que hemos mantenido con ellos, dada su presencia permanente en los acontecimientos de nuestra historia republicana y, sobre todo, por lo de la Zona del Canal.
Lo que los panameños tendemos a olvidar es que esa "relación especial" usualmente, si no siempre, ha sido de una sola vía: hacia ellos. Esta realidad queda bien demostrada durante la reciente visita de nuestra presidenta a Washington. Para la prensa panameña y nuestros gobernantes, la visita fue todo un éxito y las declaraciones de Bush de respaldar los esfuerzos panameños hacia el logro de un Tratado de Libre Comercio (TLC), una clara manifestación de la aludida "relación especial". Sin embargo, durante la visita de la nutrida delegación panameña busqué infructuosamente en el Washington Post, New York Times y Los Angeles Times referencias a la misma y sus resultados, especialmente sobre lo del TLC, y no las encontré, lo cual aumenta mi escepticismo hacia la cacareada "relación especial".
No tengo la menor duda de que Bush dijo lo que dijo acerca del TLC, y que eso representa un logro político importante para nuestra presidenta, hay que reconocerlo. Para nuestro gobierno, la visita fue importante y exitosa; indiferente para los norteamericanos, como lo demuestra la ausencia de cobertura por parte de los medios norteamericanos. No les somos tan importantes, como se nos quiere hacer ver localmente.
Debemos aceptar realidades, somos un país pequeño y pobre, con una población que es menor a la de decenas de ciudades en Estados Unidos (EU). No somos un mercado importante para ellos. Nuestra importancia geopolítica ha disminuido con los adelantos científicos en comunicación y transporte. Además, los norteamericanos siempre terminan imponiéndonos sus leyes y reglas del juego. Aún no hemos logrado detener su imperialismo cultural. El ejemplo más palpable ha sido la gradual imposición de medidas legales anglosajonas ajenas a nuestra tradición jurídica romano-napoleónica relacionadas con la legislación bancaria y fiscal, situación que he venido criticando por muchos años.
Mas, volviendo el tema del TLC ante le euforia del logro político (observen que hablo de logros políticos no económicos, pues como decía mi abuela: "Del dicho al hecho hay mucho trecho", y los logros económicos se verán cuando en realidad se concrete, si en realidad se concreta, el bendito TLC), mi instinto me indicaba que algo había detrás de la "buena voluntad" de Bush y una vez más mi instinto no me traicionó. Ahora resulta que detrás de todo estaba un Tratado bilateral, poco divulgado, negociado en secreto por nuestro embajador en Washington. Además oigo rumores de que se está negociando su acceso al aeropuerto de Howard y la creación de un centro de adiestramiento en la selva para sus tropas. "Cosas veredes Sancho". ¡Ahora sí entiendo la buena voluntad de Bush!
Estoy convencido que lo del TLC, sin lugar a dudas, está relacionado con el arreglo bilateral donde nos comprometemos a no someter a militares norteamericanos a ser juzgados como criminales de guerra ante la Corte Penal Internacional y las otras "cositas" que están debajo del tapete. Lo doloroso es el alto precio a nuestro honor nacional que dicho tratado bilateral representa, ya que Panamá es signataria de dicha Corte, y si recordamos respaldó con éxito el nombramiento de una juez costarricense. Obviamente que esta situación afecta nuestra credibilidad ante el resto de la comunidad internacional, sobre todo, ante la Unión Europea.
Por el otro lado, aplaudo la actitud de otros países latinoamericanos al actuar con honor al sacrificar ayuda militar antes que violar su compromiso con la Corte Penal Internacional.
Con lo otro, acceso a Howard y la escuela en la selva, conceptualmente no tengo problema con una negociación sobre estos temas, pero eso sí, bien conducida, con pleno conocimiento de la población, sin agendas secretas, como están habituados a hacerlo; y que al final, si se llega a acuerdos, que paguen bien por los servicios y privilegios que les ofrezcamos.
Siempre he mantenido la tesis de que los gringos no respetan a las personas o a los gobiernos que ceden con facilidad a sus siempre hambrientas aspiraciones de ejercer poder sobre otros. El tamaño no importa, lo que les importa y respetan es cómo la contraparte defiende sus valores y la fortaleza moral con que se les enfrenta. Ellos respetan a los que se hacen respetar; desgraciadamente en nuestras relaciones con ellos, son pocas las experiencias en las cuales nos hemos encarado con firmeza ante ellos. Y cuando lo hemos hecho con dignidad y de cara al país, hemos salido triunfantes.
Los comportamientos antes los norteamericanos de Harmodio Arias, Ernesto de la Guardia, Nino Chiari y Omar Torrijos son los mejores ejemplos que saltan a mi memoria. Imitémoslos y veremos cómo los gringos nos respetan; y logramos verdaderas ventajas para ambos y no una situación de una sola vía, hacia ellos, como suele suceder. Además de verdaderas ventajas económicas, una negociación seria, profesional y patrióticamente bien llevada contribuirá con creces a restaurar nuestro honor nacional como lo hicieron los gobernantes antes mencionados con lo cuales la patria continúa en deuda.
Cada uno de ellos, fue medio de expresión de aspiraciones y frustraciones profundas del pueblo en diferente etapas de su desarrollo como sujeto colectivo de nuestra historia. En vez de aportarle soluciones o de estimularlo a participar en la búsqueda de ellas, con frecuencia ellos exacerbaron y manipularon sus sentimientos y deseos, para compensar por su falta de soluciones, pero manteniendo su propio poderío sobre el pueblo, y en esa medida fueron populistas. Su personalismo presidencialista y populista dejó al pueblo, en un grado mayor de adolescencia cívico-política que el que sería tolerable para el propio bien del país. Si el pueblo maduró bajo un caudillo-gobernante no fue por su adhesión a él o a su movimiento, sino gracias al esfuerzo y a veces a la lucha por superar su predominio sin dejar de aprovechar su obra. Porque los tres dejaron una obra.
Junto con los demás políticos de esta etapa y a la cabeza de ellos, Porras convirtió el Departamento de Colombia en la República de Panamá, aunque su obra estuvo fuertemente comprometida por su legado de caudillismo presidencialista y populista. A su partido lo dejó agotado y fragmentado y al Estado en crisis de desprestigio y expuesto eventualmente a un golpe de estado. Después de un caudillo-gobernante los pueblos suelen experimentar un diluvio. En el caso de Porras el diluvio fue el golpe de estado de 1931.
(La semana próxima comienzo a considerar la segunda etapa de nuestro primer siglo como República independiente: Desarrollo hacia el estado nacional, 1931-1968).
(ariyan@sinfo.net)
Lo que los panameños tendemos a olvidar es que esa "relación especial" usualmente, si no siempre, ha sido de una sola vía: hacia ellos. Esta realidad queda bien demostrada durante la reciente visita de nuestra presidenta a Washington. Para la prensa panameña y nuestros gobernantes, la visita fue todo un éxito y las declaraciones de Bush de respaldar los esfuerzos panameños hacia el logro de un Tratado de Libre Comercio (TLC), una clara manifestación de la aludida "relación especial". Sin embargo, durante la visita de la nutrida delegación panameña busqué infructuosamente en el Washington Post, New York Times y Los Angeles Times referencias a la misma y sus resultados, especialmente sobre lo del TLC, y no las encontré, lo cual aumenta mi escepticismo hacia la cacareada "relación especial".
No tengo la menor duda de que Bush dijo lo que dijo acerca del TLC, y que eso representa un logro político importante para nuestra presidenta, hay que reconocerlo. Para nuestro gobierno, la visita fue importante y exitosa; indiferente para los norteamericanos, como lo demuestra la ausencia de cobertura por parte de los medios norteamericanos. No les somos tan importantes, como se nos quiere hacer ver localmente.
Debemos aceptar realidades, somos un país pequeño y pobre, con una población que es menor a la de decenas de ciudades en Estados Unidos (EU). No somos un mercado importante para ellos. Nuestra importancia geopolítica ha disminuido con los adelantos científicos en comunicación y transporte. Además, los norteamericanos siempre terminan imponiéndonos sus leyes y reglas del juego. Aún no hemos logrado detener su imperialismo cultural. El ejemplo más palpable ha sido la gradual imposición de medidas legales anglosajonas ajenas a nuestra tradición jurídica romano-napoleónica relacionadas con la legislación bancaria y fiscal, situación que he venido criticando por muchos años.
Mas, volviendo el tema del TLC ante le euforia del logro político (observen que hablo de logros políticos no económicos, pues como decía mi abuela: "Del dicho al hecho hay mucho trecho", y los logros económicos se verán cuando en realidad se concrete, si en realidad se concreta, el bendito TLC), mi instinto me indicaba que algo había detrás de la "buena voluntad" de Bush y una vez más mi instinto no me traicionó. Ahora resulta que detrás de todo estaba un Tratado bilateral, poco divulgado, negociado en secreto por nuestro embajador en Washington. Además oigo rumores de que se está negociando su acceso al aeropuerto de Howard y la creación de un centro de adiestramiento en la selva para sus tropas. "Cosas veredes Sancho". ¡Ahora sí entiendo la buena voluntad de Bush!
Estoy convencido que lo del TLC, sin lugar a dudas, está relacionado con el arreglo bilateral donde nos comprometemos a no someter a militares norteamericanos a ser juzgados como criminales de guerra ante la Corte Penal Internacional y las otras "cositas" que están debajo del tapete. Lo doloroso es el alto precio a nuestro honor nacional que dicho tratado bilateral representa, ya que Panamá es signataria de dicha Corte, y si recordamos respaldó con éxito el nombramiento de una juez costarricense. Obviamente que esta situación afecta nuestra credibilidad ante el resto de la comunidad internacional, sobre todo, ante la Unión Europea.
Por el otro lado, aplaudo la actitud de otros países latinoamericanos al actuar con honor al sacrificar ayuda militar antes que violar su compromiso con la Corte Penal Internacional.
Con lo otro, acceso a Howard y la escuela en la selva, conceptualmente no tengo problema con una negociación sobre estos temas, pero eso sí, bien conducida, con pleno conocimiento de la población, sin agendas secretas, como están habituados a hacerlo; y que al final, si se llega a acuerdos, que paguen bien por los servicios y privilegios que les ofrezcamos.
Siempre he mantenido la tesis de que los gringos no respetan a las personas o a los gobiernos que ceden con facilidad a sus siempre hambrientas aspiraciones de ejercer poder sobre otros. El tamaño no importa, lo que les importa y respetan es cómo la contraparte defiende sus valores y la fortaleza moral con que se les enfrenta. Ellos respetan a los que se hacen respetar; desgraciadamente en nuestras relaciones con ellos, son pocas las experiencias en las cuales nos hemos encarado con firmeza ante ellos. Y cuando lo hemos hecho con dignidad y de cara al país, hemos salido triunfantes.
Los comportamientos antes los norteamericanos de Harmodio Arias, Ernesto de la Guardia, Nino Chiari y Omar Torrijos son los mejores ejemplos que saltan a mi memoria. Imitémoslos y veremos cómo los gringos nos respetan; y logramos verdaderas ventajas para ambos y no una situación de una sola vía, hacia ellos, como suele suceder. Además de verdaderas ventajas económicas, una negociación seria, profesional y patrióticamente bien llevada contribuirá con creces a restaurar nuestro honor nacional como lo hicieron los gobernantes antes mencionados con lo cuales la patria continúa en deuda.
Cada uno de ellos, fue medio de expresión de aspiraciones y frustraciones profundas del pueblo en diferente etapas de su desarrollo como sujeto colectivo de nuestra historia. En vez de aportarle soluciones o de estimularlo a participar en la búsqueda de ellas, con frecuencia ellos exacerbaron y manipularon sus sentimientos y deseos, para compensar por su falta de soluciones, pero manteniendo su propio poderío sobre el pueblo, y en esa medida fueron populistas. Su personalismo presidencialista y populista dejó al pueblo, en un grado mayor de adolescencia cívico-política que el que sería tolerable para el propio bien del país. Si el pueblo maduró bajo un caudillo-gobernante no fue por su adhesión a él o a su movimiento, sino gracias al esfuerzo y a veces a la lucha por superar su predominio sin dejar de aprovechar su obra. Porque los tres dejaron una obra.
Junto con los demás políticos de esta etapa y a la cabeza de ellos, Porras convirtió el Departamento de Colombia en la República de Panamá, aunque su obra estuvo fuertemente comprometida por su legado de caudillismo presidencialista y populista. A su partido lo dejó agotado y fragmentado y al Estado en crisis de desprestigio y expuesto eventualmente a un golpe de estado. Después de un caudillo-gobernante los pueblos suelen experimentar un diluvio. En el caso de Porras el diluvio fue el golpe de estado de 1931.
(La semana próxima comienzo a considerar la segunda etapa de nuestro primer siglo como República independiente: Desarrollo hacia el estado nacional, 1931-1968).
(ariyan@sinfo.net)