Todo bajo control
El Gobierno de Ricardo Martinelli Berrocal debe tener un gran plan para Panamá. Debe ser de dimensiones gloriosas o apocalípticas, según sea el caso, porque de otra manera no se explica la determinación oficial por controlar todos los poderes del Estado. Se percibe una de esas políticas que sólo puede llevarse a cabo con personas de entera confianza, que compartan el programa, admiren al líder, lo protegen, lo justifiquen y que le hayan jurado lealtad sin precio ni dudas. El problema de hoy es que la manera como ha ido rompiendo sus promesas de campaña indican que no hay programa, pero sí la presencia aplastante de un jefe.
Lo ocurrido la semana pasada, a raíz de la expulsión de Ana Matilde Gómez de la Procuraduría General, deja en evidencia la frágil posición de la sociedad civil ante un presidencialismo aplastante, y ante un cuerpo de leyes que se presta para todo, hasta para inculpar a jueces y encumbrar personas de dudosa reputación. Pero nada de ello parece importar, si los beneficiados han jurado, ante el gran líder, lealtad incondicional. El Presidente Martinelli no deja lugar para las sospechas. Hay certeza en que su estilo de mandar conoce a carta cabal a cada grupo de poder, económico, social o político que compone el prisma de fuerzas en la sociedad panameña. Lo que parece dejar por fuera, sin embargo, es el conocimiento de la forma discreta con que el pueblo va registrando estos eventos.