Todos somos Nicaragua
Más de dos semanas después de las elecciones municipales en Nicaragua, no existe un consenso en ese país sobre la validez de los resultados que reportan un triunfo masivo para el partido liderado por Daniel Ortega y su esposa, Rosario Murillo. A las protestas por fraude de la oposición, se suman las preguntas de la comunidad internacional y las voces silenciosas de miles de nicaragüenses que reclaman transparencia. Lamentablemente, la duda en el resultado reportado oficialmente se ha instalado como un cáncer que carcome la democracia en Nicaragua, y que abre un escenario de incertidumbre con eventuales consecuencias funestas para la patria de Sandino y para Centroamérica en general.
Hay que recordar que hace tan solo 30 años atrás el fraude era el mecanismo electoral predominante en Centroamérica. El llamado a ejercer el voto era una farsa política y una burla para los ciudadanos. Los gobiernos electos se sucedían unos a otros buscando la legitimidad a través de las armas y no de las urnas. Sin legitimidad electoral, los gobiernos se mantenían en el poder por medio de la represión y la violencia. Un hecho del pasado que, pensábamos muchos, no podía volver a suceder en Centro América.
Pero la duda electoral en Nicaragua ha abierto la Caja de Pandora y la posibilidad de tener que lidiar nuevamente con gobiernos ilegítimos de acuerdo a las reglas democráticas. En este contexto, solo una auditoría internacional de los resultados de las elecciones municipales puede disipar los fantasmas del pasado. Y los presidentes centroamericanos deberían ser los más interesados en que se dé dicha verificación, ya que el futuro de la democracia en el istmo puede depender de la efectiva solución a esta controversia electoral.
Es posible que para algunos los resultados de unas elecciones municipales en Nicaragua les parezca muy poca cosa. Pero en este caso estamos frente a un proceso cuyo impacto de largo plazo puede bien superar la dimensión específica de los gobiernos locales. Es por ello que los presidentes del istmo deben elevarse inequívocamente a la altura del momento político. Guardar silencio y no actuar es una irresponsabilidad histórica frente al futuro democrático de Centroamérica. Porque en este momento hay que comprender que todos los centroamericanos somos Nicaragua.