Tolerancia: debilidad y fortaleza
Nacionales y extranjeros suelen preguntarse por qué la supuesta tolerancia o indiferencia del pueblo panameño frente al problema de los abusos del poder y la corrupción. Por mucho menos, las masas han copado las plazas y calles en otros países, generando cambios. En todos los casos, eso no ocurre como una explosión espontánea e inesperada, sino que es producto de un progresivo proceso de deterioro y hartazgo.
Todas las caídas de regímenes democráticos que se han dado últimamente en Sudamérica y el advenimiento de liderazgos radicales en esa región han tenido por denominador común la concurrencia previa de uno o sucesivos regímenes corruptos. Así ocurrió en Ecuador, Perú, Argentina, Paraguay, Venezuela y Brasil.
Lo anterior ha hecho concluir a los estudios que la democracia no es un objetivo en sí misma, sino más bien un sistema o instrumental, que si bien es imperfecto, es el mejor inventado hasta ahora, para dotar a una nación de reglas de orden y convivencia organizada que procure la prosperidad de la mayoría en un ambiente armónico. Pero el hecho es que el sistema no ha funcionado en el Cono Sur y quizás tampoco en Panamá.
Los mismos mecanismos de la democracia propician el abuso del poder y la corrupción sin límites sin posibilidad de rectificación o cambio sino cada cinco años.
Siendo así, esto significa, que el sistema es incapaz de dotar sus propios mecanismos de saneamiento, siempre está el peligro de que cualquier cambio sobrevenga por vía de una ruptura que de la ruta del diálogo. La crisis de credibilidad de los partidos políticos, con sus cacicazgos y libros cerrados, un poder Ejecutivo que somete a todos los demás órganos del Estado, un sistema electoral monopolizado por los políticos que garantiza el triunfo de los peores, un aparato burocrático que se cierra, crece, retroalimenta e institucionaliza tras el escudo de las carreras públicas y sindicatos. El sistema de pesos y contrapesos ha fracasado.
Así las cosas, pareciera que como nación debiéramos hacer un alto para meditar sobre esta problemática que toca las puertas de países hermanos, de la cual no somos inmunes, para aprender de la experiencia ajena y discutir soluciones que contribuyan a consolidar nuestra joven democracia. Para hacerlo, tenemos que empezar reconociendo que el problema existe y amar a este país para superar el natural egoísmo de los intereses individuales, conforme al cual nos movemos bajo las reglas del "sálvese quien pueda". Podemos tal vez salvarnos algunos, mas no las generaciones futuras de nuestros hijos, nietos y biznietos. Debemos actuar en conjunto.
En la respuesta a la pregunta inicial subyace la esperanza y nuestra fuerza. Nuestra tolerancia, que es debilidad, es también fortaleza, porque nos permite agotar la senda de la meditación y el diálogo. Ella nos posibilitará salir adelante y hallar las soluciones para allanar nuestras diferencias, poner un alto a los abusos y conducir nuestra amada Patria por los senderos que un día soñaron nuestros próceres, de "alcanzar por fin la victoria, en el campo feliz de la unión".
Todas las caídas de regímenes democráticos que se han dado últimamente en Sudamérica y el advenimiento de liderazgos radicales en esa región han tenido por denominador común la concurrencia previa de uno o sucesivos regímenes corruptos. Así ocurrió en Ecuador, Perú, Argentina, Paraguay, Venezuela y Brasil.
Lo anterior ha hecho concluir a los estudios que la democracia no es un objetivo en sí misma, sino más bien un sistema o instrumental, que si bien es imperfecto, es el mejor inventado hasta ahora, para dotar a una nación de reglas de orden y convivencia organizada que procure la prosperidad de la mayoría en un ambiente armónico. Pero el hecho es que el sistema no ha funcionado en el Cono Sur y quizás tampoco en Panamá.
Los mismos mecanismos de la democracia propician el abuso del poder y la corrupción sin límites sin posibilidad de rectificación o cambio sino cada cinco años.
Siendo así, esto significa, que el sistema es incapaz de dotar sus propios mecanismos de saneamiento, siempre está el peligro de que cualquier cambio sobrevenga por vía de una ruptura que de la ruta del diálogo. La crisis de credibilidad de los partidos políticos, con sus cacicazgos y libros cerrados, un poder Ejecutivo que somete a todos los demás órganos del Estado, un sistema electoral monopolizado por los políticos que garantiza el triunfo de los peores, un aparato burocrático que se cierra, crece, retroalimenta e institucionaliza tras el escudo de las carreras públicas y sindicatos. El sistema de pesos y contrapesos ha fracasado.
Así las cosas, pareciera que como nación debiéramos hacer un alto para meditar sobre esta problemática que toca las puertas de países hermanos, de la cual no somos inmunes, para aprender de la experiencia ajena y discutir soluciones que contribuyan a consolidar nuestra joven democracia. Para hacerlo, tenemos que empezar reconociendo que el problema existe y amar a este país para superar el natural egoísmo de los intereses individuales, conforme al cual nos movemos bajo las reglas del "sálvese quien pueda". Podemos tal vez salvarnos algunos, mas no las generaciones futuras de nuestros hijos, nietos y biznietos. Debemos actuar en conjunto.
En la respuesta a la pregunta inicial subyace la esperanza y nuestra fuerza. Nuestra tolerancia, que es debilidad, es también fortaleza, porque nos permite agotar la senda de la meditación y el diálogo. Ella nos posibilitará salir adelante y hallar las soluciones para allanar nuestras diferencias, poner un alto a los abusos y conducir nuestra amada Patria por los senderos que un día soñaron nuestros próceres, de "alcanzar por fin la victoria, en el campo feliz de la unión".