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Tormentas en la política


Desde hace muchos meses atrás, los personeros y defensores del actual Gobierno, han venido haciendo inveterado uso de la expresión "Las encuestas son de carne y hueso" y a ella añaden, "No creemos en las encuestas". Aquellas que publicitan los diversos medios de comunicación social y que hacen grandes empresas dedicadas a este tipo de actividad, son desestimadas y atacadas con el argumento de que no son representativas y que no obedecen a la real voluntad popular; que solamente abarcan a ciertos sectores o personas de cierto nivel social, etc. Es así como vienen, del mismo modo, argumentando que el 2 de mayo del 2004 los resultados reflejarán las verdaderas encuestas de carne y hueso. Pareciera, en ese sentido, que los defensores del status quo no tienen otro argumento para esgrimir ante el claro y evidente resultado de las encuestas de opinión y tan sólo se satisfacen con responder, "Las encuestas son de carne y hueso".
Tanto ha sido sopeteada esa respuesta que, en alguna medida, me ha generado cierto nivel de suspicacia política. ¿Acaso se pretenderá desconocer la voluntad popular en los comicios generales del 2 de mayo que se le dirá a la nación entera que el candidato del oficialismo ha salido victorioso y que, como ello ya lo venían anunciando hablaron, efectivamente, las encuestas de carne y hueso? ¿O tal vez el argumento de que "Las encuestas son de carne y hueso" constituye la expresión, en apretada síntesis, de un fraude electoral anunciado? Estas y otras muchas interrogantes surgen a nuestra mente y debo confesar que, realmente, no encuentro el panorama político panameño bien definido ni esclarecido.
Por otra parte, en algunos círculos políticos se habla de la supuesta existencia de un "Plan B" que desarrollará el Gobierno Nacional con tal de no reconocerle el solio presidencial al candidato ganador de las elecciones y que consiste en llamar, inmediatamente, a la formación de una constituyente a la panameña; es decir, improvisada, y de esta manera el actual gobierno seguir gobernando por dos años más hasta que se convoque a la celebración de nuevos comicios. Para ello, el solio presidencial estaría representado por un hombre hecho a la medida de los voraces apetitos políticos del actual gobierno y que, según se sostiene, ha sido objeto y sujeto de galardones y reconocimientos por parte del gobierno. En lo personal tengo sobradas razones para dudar de la existencia de tal plan. Quienes lo hayan conjeturado, o están locos o les falta un tornillo.
Las condiciones políticas de la región y nuestras propias relaciones con los Estados Unidos de América constituyen dos factores determinantes en el comportamiento político de nuestros hombres y mujeres como también de los propios partidos. Nada puede hacerse, en la forma como supuestamente se está pensando, a la ultranza ni de espaldas al pueblo panameño que para el día de las elecciones cuidará el destino del voto que con tanto deseo depositará en las urnas.
Todo plan, de la naturaleza como el que se indica, está condenado a la repulsa social. Ningún panameño está dispuesto a tolerar más desgobierno y mucho menos tipo alguno de imposición a través de la cual se pretenda truncar o hacer nula la democracia y la institucionalidad del Estado de Derecho en nuestro medio. En ese orden de ideas, el Tribunal Electoral está llamado, por Constitución y por Ley, a ser el gran garante de la eficacia, honestidad y transparencia en el ejercicio del sufragio.
Quienes creen que dicho plan sí se está fraguando a hurtadillas y en reuniones muy subrepticias son del criterio que los arnulfistas "sí se atreven" y que la historia pasada da fe notarial de lo que son capaces. Tal vez debemos responderle que "fueron otros tiempos", sobre todo plagados de ignorancia, indiferencia, autoritarismo y todavía el mundo político no había adquirido la connotación democrática y jurídica que ostenta, en la actualidad, sobre todo merced a la especial consideración que se viene haciendo de la relación Estado y Derechos Humanos, categoría ésta dentro de la cual ingresan los derechos políticos de los pueblos a tener buenos gobiernos y a la plena vigencia de sus instituciones jurídicas, sociales, culturales, democráticas, económicas, etc.
Lo que sí, a pesar de todo, está claro es que los panameños ya hemos superado los tiempos de la "Patria boba"; que hay en esta nación hombres y mujeres preparados que hablaremos en nombre de los que no se atreven hacerlo o que por cualquier otra circunstancia no puedan expresar sus ideas o criterios.
Panamá no puede seguir de tumbo en tumbo por los derroteros del caos gubernamental y de la anarquía. Tampoco podemos permitirnos las imposiciones de presidentes carentes del carisma necesario como para gobernar y dirigir a nuestro pueblo hacia los senderos del progreso y el desarrollo social. No podemos seguir, merced al pasionismo perverso, poniendo más mediocres e incompetentes en el Palacio de las Garzas.
Es necesario que a quien ubiquemos en la presidencia tenga sangre fresca, savia honesta, corazón de pueblo y que quiera, realmente, hacer las cosas bien, debiendo empezar con sancionar y condenar, de modo ejemplar, a todos aquellos que practiquen actos de corrupción.
Hay, en consecuencia, que predicar con el ejemplo. Basta de entendimientos políticos en los que el gran ausente es el pueblo panameño. Todo gobierno está llamado a gobernar para las grandes mayorías de la nación y no para una especie de clan o de clase social determinada. Se requiere, luego, un compromiso de adecentamiento y de moralidad de toda nuestra nacionalidad y de la Patria.
Convoquémonos, todos juntos, para defender el voto que sepultará toda pretensión de arbitrariedad y autoritarismo el día 2 de mayo próximo, de manera que el gran triunfador sea el pueblo panameño.

101 años de Panamá América

 
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